Experto en emigración de la Universidad de Luján  
Alejandro E. Fernández

«En Zamora la emigración comenzó más tarde, pero se extendió con rapidez»

«En Buenos Aires los fermosellanos fueron más visibles que otros, entre otras cosas porque crearon su propia asociación, algo excepcional»

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Alejandro Fernández, en su despacho.
Alejandro Fernández, en su despacho. Foto cedida por Alejandro Fernández

BEGOÑA GALACHE Especialista en emigración y profesor en la Universidad argentina de Lujñán, Alejandro Fernández es uno de los integrantes del comité científico del congreso que a partir del próximo jueves reunirá en Zamora a los más destacados expertos mundiales en la materia.
—¿Es imposible analizar la emigración de Castilla y León y del resto del país sin hablar del asociacionismo en el exterior?
—La emigración castellana y leonesa, y en general la española, está estrechamente unida con el asociacionismo. Este movimiento asociativo asumió distintas características, según las regiones de origen de los emigrantes y sus destinos en el exterior, pero las asociaciones españolas o regionales están o estuvieron en todas partes, incluso en localidades muy pequeñas de algunos de los países de destino.
—¿Hasta qué punto estas agrupaciones han permitido mantener hasta hoy en día la identidad de los hombres y mujeres que abandonaron la región?
—Las asociaciones contribuyeron a mantener la identidad, y en algunos casos a construirla, porque el grueso de los emigrantes eran campesinos que, antes de cruzar el Atlántico, habían tenido poco contacto con el mundo externo a la aldea de origen y su entorno. Además, contribuyeron a mantener un contacto fluido con el terruño, sobre todo en el caso de las asociaciones más pequeñas. Pero otros dos factores, al menos, fueron erosionando esa identidad en muchos casos: las fuerzas asimilacionistas de los países receptores, sobre todo cuando las diferencias culturales no eran tan acusadas con España, como ocurre en los países latinoamericanos, y la sucesión de generaciones, es decir el paso de la generación de los emigrantes a las de sus hijos y nietos.
—Ayudas económicas, sanitarias, culturales... ¿Mas que asociaciones eran una forma de subsistencia en territorios en ocasiones hostiles con los forasteros?
— Todo en el caso de las asociaciones de socorros mutuos. Se trataba de lo más parecido a un sistema de previsión social de la época. En el caso de las mutuales, a cambio de una cuota mensual se lograba asistencia médica, farmacéutica, subsidio por los días de paro por enfermedad, seguro de sepelio y, cuando se trataba de entidades de mayor alcance, subsidios para viudas y huérfanos durante algunos meses e internaciones en los sanatorios sociales. Además, era muy frecuente que estas asociaciones tuvieran convenios entre sí y con el Hospital Español o similar, según los países de destino, por lo cual existía una verdadera red de amparo. Eso ocurría aun cuando las actitudes no fueran hostiles hacia los inmigrantes peninsulares, como fue el caso de los principales países de destino, una vez superadas las etapas de hispanofobia de la primera mitad del siglo XIX.
—En lugares como Argentina, sobre todo a mediados de los años cincuenta, prácticamente existía una asociación de emigrantes en cada localidad. ¿Cómo influyeron estas en los países receptores?
—La influencia en muchas localidades fue enorme, tanto de las asociaciones españolas como de las italianas, que era la otra colectividad siempre presente. El cine, por ejemplo, se difundió principalmente en los salones de estas entidades, lo mismo que el teatro independiente. Dada la elevada proporción de ambas colectividades en amplias zonas de la región rioplatense, no eran en rigor instituciones «extranjeras», sino que tenían una gran integración con el resto de la vida social. Cuando se celebraban las fiestas patrias en la plaza del pueblo, allí estaban presentes y activas las delegaciones de españoles e italianos con sus banderas y sus conjuntos de danza o coros. Además, sus dirigentes solían encabezar al mismo tiempo las instituciones de la propia sociedad receptora, como los clubes deportivos, las cooperadoras escolares, los centros de jubilados o las comisiones de fomento de determinada obra de infraestructura, como la usina eléctrica, el asfaltado o los caminos rurales.
—¿Cuánto hubo de necesidad y cuánto de idealismo en la emigración española de principios del primer tercio del siglo pasado?
—La emigración respondió a una necesidad económica precisa en el primer tercio del siglo pasado. Frente a las crecientes dificultades que presentaba la pequeña propiedad campesina en amplias zonas del norte de España, potenciadas en provincias como Zamora por la crisis de la filoxera, el traslado de uno o más miembros de la familia a América suponía una vía para mejorar los ingresos y disminuir los gastos, aliviando así la difícil coyuntura. A partir de allí se abrían diferentes posibilidades, una de las cuales, muy frecuente, era que la emigración terminara convirtiéndose en definitiva e implicara a otros parientes, amigos o paisanos. Zamora no se incorporó al lote de las provincias españolas de intensa emigración transatlántica hasta comienzos de siglo, pero cuando lo hizo el proceso se extendió con gran rapidez, precisamente porque respondía a una necesidad muy concreta y se veía facilitado por las mejores posibilidades para viajar.
—¿Cómo se insertaban en las sociedades europeas o americanas los zamoranos y castellanoleoneses?
—Los emigrantes se insertaron en su mayoría en sectores de la economía urbana, en parte porque el arribo relativamente tardío supuso quedar excluidos de procesos de colonización anteriores y en parte porque en las ciudades abundaba la oferta de empleo de baja calificación. Además, la presencia de parientes y paisanos llegados previamente a las ciudades americanas, situación muy frecuente, permitía contar con información actualizada sobre esas posibilidades de empleo, al mismo tiempo que facilitaba la inserción en los primeros tiempos.
—Pocos consiguieron realizar en los países de destino el mismo trabajo que desempeñaban en sus lugares de origen, sobre todo vinculados a la agricultura y la ganadería. ¿A qué se dedicaron?
—Como decía, el empleo fue en su mayor parte urbano, lo cual significa que el proceso emigratorio no solamente era de España a América, sino también del campo a la ciudad. El sector terciario es sin duda el que más atrajo a esta mano de obra: comercio, transporte, hotelería, incluso empleo público. Pero también sabemos, al menos en algunos ejemplos de Argentina y Uruguay, que había castellanos y leoneses como obreros de fábrica, en las industrias alimenticia, textil, metalúrgica.
—¿Los pueblos de los que partían se beneficiaron de los años de bonanza gracias a las aportaciones y donaciones de sus vecinos en el exterior?
—Es un tema que todavía necesita de estudios en profundidad, pero tengo la impresión de que los pueblos de la meseta castellana se beneficiaron bastante menos que los de Galicia o Asturias con la emigración, ya que ésta fue más tardía y limitada en el tiempo. Otro factor que pudo haber reducido el beneficio fue que la proporción de emigración definitiva fue elevada, lo mismo que la del conjunto de la familia, sea ésta simultánea o, más frecuentemente, diferida. De manera que unas formas de beneficio que suelen estar muy presente en otras situaciones, como el envío de remesas de ahorros a la parte de la familia que permaneció en la tierra de origen, o el retorno de los emigrantes con ahorros acumulados al cabo de su ciclo laboral, aquí debió ser menos frecuente.
—¿Por qué se emigraba más desde determinadas zonas, como puede ser en Zamora el ejemplo concreto de Fermoselle, el pueblo emigrante por excelencia?
—En realidad, desde gran parte de las localidades de Sayago se emigraba con intensidad, no sólo desde Fermoselle. Una medición que hice para 1910, en base a las listas de pasajeros de los barcos que iban a la Argentina, me mostró que la tasa emigratoria –o sea, cantidad de emigrantes por cada mil habitantes- de Bermillo, Gáname o Palazuelo era superior a la de Fermoselle, lo mismo que la de varias localidades del Valle del Tera, de Sanabria y de Aliste, aunque es verdad que muchos fermosellanos iban por entonces a Cuba, por lo que no están registrados en Argentina. En todos estos lugares incidían fuertemente los factores que mencionaba antes, o sea los problemas del minifundio, la atracción de los salarios que se pagaban en América y la mayor circulación de informaciones. Es probable que la franja de los arribes del Duero haya sido más impactada por la pérdida de viñedos y que eso haya potenciado la emigración desde Fermoselle. Lo que sí es cierto es que en Buenos Aires los fermosellanos fueron más visibles que otros zamoranos porque crearon su propia asociación, lo cual sí era excepcional.
—El papel de las asociaciones ha cambiado en la actualidad, sobre todo si se analizan los métodos de unión que tiene el colectivo de inmigrantes. ¿Cuáles son las principales diferencias?
—El mutualismo como sistema casi ha desaparecido, o bien está constituido, en las grandes ciudades, por entidades en las que pueden participar tanto los emigrantes y sus descendientes como cualquier otra persona que pague la cuota correspondiente. La realidad de las asociaciones culturales y recreativas depende mucho de cada colectividad, pero en gran parte el panorama es de entidades que se han vuelto menos representativas que en la época de la emigración masiva, menos específicas de la colectividad nacional o regional que en teoría les da vida y más dependientes de los apoyos que llegan de la propia España.
—¿Por qué se miran con cierto recelo estas agrupaciones de inmigrantes cuando durante décadas los españoles hicieron lo mismo en el extranjero?
—Si se refiere a las agrupaciones actuales de quienes viven en España, diría que parte del recelo puede provenir del hecho de que fue en pocos años que cambió la situación, de ser un país de emigración a uno de inmigración, con el agregado de que ésta ha sido intensa y con orígenes geográficos bastante variados. Esto sin dudas potencia el recelo y hasta las tendencias racistas, como ocurrió en cierto sentido en la Argentina hace un siglo, cuando ya no sólo llegaban los tradicionales emigrantes españoles e italianos, sino también los polacos, los judíos rusos, los sirios o los serbios. Ahora bien, no creo que ese recelo sea la actitud normal o generalizada, ni hoy en España ni hace un siglo en Argentina.
—La emigración a América o a Europa: ¿Respondió a distintos perfiles?
—No creo que el perfil sea muy diferente, teniendo en cuenta que los pueblos de Castilla y León desde los cuales se emigraba no mostraban una gran diversificación socio-ocupacional. Es posible sí que los estratos más pobres, que no podían emigrar hace un siglo a América simplemente porque no podían solventar el coste del pasaje y la instalación inicial en el lugar de destino, hayan tenido más posibilidades en la emigración a Europa, que en términos comparativos era más barata y permitía una recuperación de costes más rápida.
—¿Cree que la crisis que se vive a nivel mundial, y que padecen en especial países como España, ha truncado las expectativas de emigrantes zamoranos que tuvieran en su horizonte inmediato regresar a sus localidades de origen?
—Puede que esto ocurra, aunque para los emigrantes en América ya no debe ser una situación frecuente, debido al paso del tiempo. Tengamos en cuenta que hace varias décadas que no hay emigración en cantidades significativas y que quienes deseaban volver, si lograban las condiciones, lo hicieron antes de ahora, sobre todo cuando la situación de los países anfitriones fue más crítica. Sí puede ser que las expectativas de algunos de los descendientes de los emigrantes, que obtuvieron la nacionalidad española, puedan haberse visto truncadas en algún caso. Pero eso no significa que hubiesen vuelto a las mismas localidades de las que salieron sus padres o abuelos.
—¿Cómo valora las modificaciones legales que han permitido obtener la nacionalidad a decenas de descendientes de emigrantes?
—Considero que al hacer esas reformas España ha respondido con justicia a una situación en la que se encontraba mucha gente que había quedado al margen de modificaciones previas. Esto ha sido positivo, aunque también es verdad que en países como Argentina o Uruguay hoy hay menos premura que antes para acceder a estos derechos.

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