El aniversario del escultor del pueblo

Ricardo Flecha reivindica un trabajo monográfico sobre la obra de Barrón

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Cien años después de su fallecimiento, las bibliotecas de arte no tienen en sus estanterías una monografía cuidada y completa de la obra de uno de los artistas zamoranos más reconocidos, Eduardo Barrón. En el aniversario de su muerte, otro escultor, Ricardo Flecha, demanda este estudio «como el mejor homenaje que se le podría hacer»

B. BLANCO GARCÍA La obra de Eduardo Barrón carece todavía de una edición monográfica en la que se desgrane su trabajo. Esa es la reivindicación que ayer realizó el artista Ricardo Flecha en la conferencia que impartió en el Club LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA dentro del homenaje particular que se confeccionó desde el diario con motivo del centenario de su muerte. «No existe ni un escrito completo sobre la obra de Barrón, nadie lo ha estudiado en profundidad y se podría, por ejemplo, crear una beca para que se haga», sugiere Flecha, quien añade que este trabajo «sería, sin duda, el mejor homenaje que se le podría hacer, ya que hay mucha obra de Barrón que desconocemos».


En su conferencia, Ricardo Flecha describió la vida del artista nacido en Moraleja del Vino a través de sus obras, cada una de ellas «creada bajo unas circunstancias y situaciones socioeconómicas concretas», explica. Así, por ejemplo, una de las esculturas más conocidas del zamorano, Viriato, es representado por primera vez como un héroe «y no como un hombre primitivo y con poco cultura, ya que, hasta entonces, los civilizados eran los romanos», revela. Además, el trabajo se realizó en una época donde en España existía «una pelea cultural y sociológica con Portugal por reivindicar su lugar de nacimiento. Y Barrón participó en esta reivindicación con esta obra», asegura Ricardo Flecha.


Por otra parte, la obra del zamorano se enmarca entre de los cánones de la época, «una escultura histórica y reivindicativa del pasado, pero con posos religiosos, donde aparecen los grandes desnudos clásicos pero revestidos de cristianismo», explica. Aun así, también tiene sus características propias. «Primero, el plasmar figuras sosegadas que apenas tienen movimiento, ya que, a excepción del monumento a Castelar en Cádiz, son tallas que parecen estar posando. Y también destaca su gusto exacerbado por el detalle», analiza Flecha, quien destaca que todo el trabajo de Barrón «es muy personal, porque no tuvo taller y no fue como sus coetáneos Agustín Querol o Mariano Benlliure, que vomitaban cerca de una veintena de obras al año. Barrón apenas hacía una». Junto a ello, la caracterización de personal de las figuras de Barrón también se apoya en que el artista se encargaba de realizar todo el proceso, «desde el modelado hasta el vaciado».


Por otra parte, Flecha lamenta la repentina muerte del artista de Moraleja del Vino en 1911, a los 53 años, ya que, según él «el periodo más creativo de todos los escultores es a partir de los cincuenta años, así que nos perdimos al mejor Barrón», lamenta, aunque asegura que dejó un legado muy importante, y no solamente artístico, ya que cuando fue nombrado conservador restaurador del Museo del Prado en 1892, fue capaz de catalogar todas las obras escultóricas que había en esa época allí. «Las puso en valor y su trabajo de catalogación se ha convertido en la columna vertebral de todos los inventarios de escultura que ha habido después en el museo», afirma Flecha, quien también desvela que uno de los proyectos de Barrón antes de fallecer era «crear un museo de escultura en Madrid a la par del Prado, que podría haberse ubicado en el Hospital de San Carlos, que ahora alberga el Reina Sofía, donde ya se guardaba material escultórico por entonces». De hecho, a Barrón ya lo habían capacitado para hablar con cabildos y ayuntamientos para llevar a la capital lo mejor que tuvieran de escultura. «Su muerte nos impidió ver esta obra de Barrón, que habría sido, sin duda, una de las más interesantes», reconoce.


También le gusta subrayar a Flecha los orígenes humildes de Barrón, huérfano de un zapatero, y cómo fue uno de los pocos artistas que se vio ayudado por el pueblo, «desde Anastasio Cuesta, un banquero filántropo de Zamora que le dio tres pesetas para que pudiera estudiar, hasta la adopción de Ramón Álvarez, que le dejaba dormir en su taller, pasando por la Diputación de Zamora, que lo becó para que estudiara en Madrid», ejemplifica.


El pueblo de Moraleja del Vino también se ha sentido siempre orgulloso de este vecino. «Los mismos habitantes pagaron distintas cantidades para que estudiara en Roma, desde una peseta hasta cien, que por aquel entonces era un dineral, algo que él siempre agradeció».


Por último, Flecha admite que la obra de este artista «no es muy conocida», aunque remarca con orgullo que «si abres un libre de arte, es uno de los pocos zamoranos que se encuentran el él. Lo de que Zamora es tierra de artistas es un lema falso, la gran mayoría somos mediocres, pero de la poca gente que pudo salir de aquí y triunfar, está, junto a Baltasar Lobo, Eduardo Barrón y es uno de los pocos estandartes que podemos enarbolar los artistas zamoranos, del que me siento orgulloso de ser paisano», sentencia.

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