El Prado se rinde a Barrón

El Museo trasladará la restaurada «Nerón y Séneca» a Zamora el próximo otoño para celebrar el centenario del escultor local

 
Aspecto de la obra tras la intervención, situada en la sala 74 del Museo del Prado.
Aspecto de la obra tras la intervención, situada en la sala 74 del Museo del Prado. 
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JOSÉ MARÍA SADIA En la emblemática «Rotonda de Ariadna» del Museo del Prado, la princesa griega ha cedido su lugar a «Nerón y Séneca», el diálogo de yeso entre el emperador y su consejero con el que el zamorano Eduardo Barrón obtuvo la medalla de oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1904. Dos años de restauración han rejuvenecido la escultura casi un siglo, pero el Prado no sólo ha acometido la empresa por la excepcional calidad de la obra, sino como pago «moral» al autor del primer catálogo de escultura de la pinacoteca. En el centenario de su fallecimiento -23 de noviembre de 1911-, «Nerón y Séneca» regresarán a la tierra natal de Barrón, donde el Museo de Zamora espera la pieza para el otoño.


«La escultura dominó completamente su vida». Con esta y otras frases de halago define Leticia Azcue, jefe de Conservación en el Prado, la figura de Eduardo Barrón, que «fue una parte excepcional de la plantilla», cargo materializado en la creación del citado catálogo de 400 obras, esculturas de la época romana al siglo XVIII -las del XIX y XX residían entonces en el Museo de Arte Moderno de Madrid-. «Era la primera vez que el Prado realizaba un catálogo y él fue una persona fundamental en esta labor», añade Azcue, en referencia a una tarea que completó con «la restauración de muchas piezas de primera categoría en mármol y marfil».


La deuda que la galería madrileña -una de las más importantes del mundo- tenía con el artista de Moraleja del Vino se ha cristalizado en la recuperación de una de sus mejores piezas. Amén de las cualidades técnicas, Leticia Azcue califica de «alucinante» el diálogo del emperador romano Nerón con el filósofo y asesor Séneca. Sobre todo, por las generosas proporciones de una escultura que se conserva en el material original, escayola parcialmente policromada «excepcionalmente acabada». La obtención de la medalla de oro garantizaba que la obra ganadora fuera trasladada a material definitivo -mármol o bronce-, pero «desafortunadamente no se hizo», recuerda la conservadora, quien rescata otro detalle: «Nunca sabremos qué material hubiera preferido él para la escultura definitiva».


A este respecto, es preciso apuntar que la fundición en bronce la llevó a cabo el Ayuntamiento de Córdoba en el año 2007, con el fin de colocar la copia en la plaza Llanos del Pretorio. Las malas condiciones en las que se encontraba expuesta la original en el vestíbulo del Consistorio de Córdoba -de donde era originario Séneca- llevaron a los responsables del Prado a recuperarla para someterla a una profunda restauración con la ayuda de las últimas tecnologías.


«Teníamos claro que era muy importante vincular la intervención al centenario de su muerte», recuerda la jefe de Conservación, acerca del prematuro fallecimiento del artista, que le sobrevino con tan solo 53 años. El objetivo: «Poner en valor» la figura de un artista cuyo nombre ha venido, frecuentemente, lastrado por el apodo de «escultor olvidado». La entrega de la pieza el próximo otoño al Museo de Zamora, facilitada por la «excelente relación» que le une con el Prado, viene a cumplir ese objetivo.


La plantilla de restauradores se encontraron con una obra realizada en un material «muy frágil», el yeso, y que «había sufrido mucho» al ser trasladada de un lado para otro en Córdoba. Restos de ceras, pintura, suciedad y hasta grafitis había acumulado una obra que, por otra parte, había experimentado múltiples pérdidas en zonas sobresalientes como el suelo, los dedos o los pliegues de las vestimentas de los protagonistas.


Para comprobar la salud de la estatua, el equipo del Prado estudió la estructura interna con rayos equis, que reveló la ubicación de las estructuras metálicas -clavos, pernos, tornillos o alambres- y también dejó al descubierto la utilización de papel de periódico y telas para dar mayor consistencia a cada elemento. La intervención «ha llegado a tiempo», se felicita Leticia Azcue, aunque precisa que el aspecto de «Nerón y Séneca» no es idéntico al que concibió Barrón. La purpurina empleada en algunos detalles de la vestimenta de Nerón «ha virado» y ahora presenta un tono verdoso.


La reconstrucción de algunos detalles, como los dedos en una de las manos de Séneca, ha sido posible gracias al boceto original de la obra -que se conserva en el Museo de Zamora- o a las reducciones que realizó el escultor zamorano. Una de ellas, la que Barrón regaló a Antonio Maura en 1907, también está expuesta en el Prado. Para dar mayor consistencia a la pieza, los restauradores han colocado en la base un palé de acero, que permitirá trasladarla sin riesgo de deterioro.


Los responsables del Museo del Prado concluyen que el resultado es «muy satisfactorio» y el viaje a Zamora viene a hacer justicia al origen del escultor. Mientras llegue esa fecha, el excéntrico Nerón seguirá escuchando los intentos de Séneca de persuadirle de sus extravagantes ideas, un esfuerzo inútil ante un trágico final anunciado que otros colegas de Barrón se encargaron de inmortalizar en pintura. Todavía allí, en la «Rotonda de Ariadna», donde los visitantes del Prado observan en silencio la escena.

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