Propietario de «Almacenes Emilio Prieto», que cierra sus puertas tras 135 años de trayectoria
Mª JESÚS FERNÁNDEZ
«Almacenes Emilio Prieto» ha colgado en sus escaparates carteles que anuncian «liquidación por cierre definitivo». El emblemático comercio, situado en la Plaza Sagasta, cierra sus puertas el próximo mes de mayo tras 135 años de atención a los clientes zamoranos y tras un relevo generacional representado por el actual propietario, Ricardo Prieto, que heredó el negocio de su bisabuelo.
—«Almacenes Emilio Prieto» se suma a la larga lista de comercios emblemáticos de la capital que han ido cerrando sus puertas en los últimos años, ¿la crisis es la principal culpable o cree que hay otros factores causantes?
—No creo que la crisis sea la principal causa. Yo cierro porque ya tengo muchos años y ya no despacho tan bien como antes. Han sido muchos años de trabajo y ha llegado la hora de descansar y de disfrutar de la vida.
—¿No hay posibilidades de mantener el relevo generacional del negocio?
—Tengo cuatro hijos pero ninguno tiene intención de hacerse cargo de la tienda. El pequeño es ingeniero y está fuera, mientras que el mayor es profesor de dibujo. Tengo otra hija que es profesora, está casada, tiene un hijo de un año y vive en Salamanca. Tengo ese y otro nieto más mayor, que tiene 22 años y es violonchelista. Tengo otro hijo que tiene problemas de salud y vive en Madrid por lo que ninguno de ellos va a seguir con el relevo generacional del negocio. De todas formas yo creo que estos comercios están llamados a desaparecer.
—¿Por qué cree que comercios como el suyo están condenados a desaparecer?
—Yo creo que tal y como están las cosas no les queda otra salida. Sólo tienen posibilidades de salvarse los que tengan un producto o una marca muy definida. De hecho a mí ahora mismo me sale más rentable alquilar el local que mantener el negocio.
—¿Le da pena que haya llegado el momento de cerrar la tienda?
—Por supuesto y más después de tantos años y de tantas vicisitudes. Además todavía hay muchos buenos clientes que vienen estos días a preguntarnos por qué cerramos y que nos aseguran que no van a saber dónde comprar cuando no estemos. Nosotros teníamos incluso clientes portugueses y dentro de la provincia siempre hemos tenido un gran nombre y muchos clientes, que más que clientes eran amigos. Este comercio es muy grande y para que estuviera bien atendido tendría que tener cuatro dependientes y una cajera y hoy en día es imposible mantener a tantos trabajadores.
—¿A causa del descenso de ventas?
—Principalmente por el descenso de ventas, que ha sido muy grande en comercios como el mío como consecuencia de la aparición de cadenas como «Zara» o «Massimo Dutti», que te van quitando clientes. Yo tengo más surtido que ellos en prendas de caballero pero la gente prefiere esas otras marcas aunque suponga comprar prendas de peor calidad. De cada cuatro trajes que tienen estos establecimientos se compra uno y a mí me hace falta tener doce o catorce modelos diferentes para vender sólo uno. Eso a pesar de que yo tengo los precios tan baratos como ellos. La cuestión es que yo ahora ya no tengo las mismas ganas de luchar que tenía antes.
—¿El futuro del comercio pasa obligatoriamente por las grandes cadenas?
—No se puede negar. Antes ibas a Salamanca y alrededor de la Plaza Mayor había un montón de comercios como el nuestro. Había camiserías y tiendas de confección de caballeros o de señora y ahora han cerrado todos a pesar de que Salamanca tiene más ambiente que Zamora.
—¿El problema puede haber sido la falta de adaptación a los nuevos tiempos?
—Yo creo que no. «Zara» ha sido un fenómeno que nadie se explica pero ahí está y tiene presencia en un montón de países. Ha cambiado la mentalidad de la gente. Hay muchas personas que prefieren que les despaches personalmente pero otras muchas prefieren despacharse ellos solos. Nosotros siempre hemos apostado por el trato personal y para eso tienes que tener personal especializado. Las cuatro chicas que tienen en «Zara» no tienen ni idea de vender y se limitan a doblar ropa y a cobrar.
—¿En qué cree que se diferencia el cliente actual del que entraba en la tienda cuando usted empezó?
—El cliente no ha cambiado, yo creo que ahora es incluso mejor que el de antes. Yo empecé en el año 50 y por aquel entonces para vender a la gente de los pueblos tenías que ser un magnífico dependiente porque eran más reacios a gastar y tenías que convencerles. A veces tenías que estar media o una hora para venderle un traje, una americana o una gabardina. Ahora la gente viene sabiendo lo que quiere pero aún así hay gente a los que les guste que estés encima. Para eso tienes que tener buenos dependientes como los dos que tengo yo ahora, que son capaces de estar atendiendo a cuatro clientes a la vez. Los de cadenas como «Massimo Dutti» no saben convencer a la gente ni tratan de hacerlo. La mentalidad del comprador es diferente.
—Ha sido testigo de la evolución experimentada por el sector durante las últimas décadas, ¿considera que pasa por uno de sus peores momentos en la actualidad como consecuencia de la crisis?
—No recuerdo una época tan mala como la actual en el sector del comercio. Como yo ya había decidido dejar la tienda me he ido defendiendo gracias a que tengo mucho surtido y a que he ido poniendo cosas nuevas. Sin embargo mucha gente no ha tenido otro remedio que cerrar o que si abren, se ven obligados a cerrar a los tres meses ante el descenso de ventas.
—¿Cuántos trabajadores llegó a tener «Almacenes Emilio Prieto» en sus años de mayor bonanza?
—Hemos tenido diez personas trabajando en la tienda, entre la cajera, dos contables, cinco dependientes, dos aprendices y otro de grado medio. La época de mayor bonanza de la tienda fue a principios de siglo, cuando el comercio estaba en la Plaza Mayor y estaba regentado por mi abuelo. En el año 1923 se realizó el traslado a su ubicación actual en la Plaza Sagasta y en 1966 se realizó la gran reforma para darle un impulso al comercio y ofrecer el aspecto que tiene hoy en día.
—La poesía es una de sus grandes pasiones fuera de la tienda, ¿de dónde le viene esta afición?
—Me gusta mucho la música y la poesía. Con catorce años aparte de ir al cine y al circo ya iba a ver conciertos de ópera a San Sebastián porque tenía allí familiares e iba todos los veranos. Otra de mis grandes pasiones es la poesía y he escrito docenas de poemas. Cuando hice el Bachillerato se me daba muy bien escribir, me ponían dieces en todas las redacciones aunque en el resto de las asignaturas la verdad es que era un estudiante regular. Siempre me ha gustado mucho leer. En lugar de ir a los bares, el dinero que me daban lo gastaba en libros y cuando estudiaba quinto yo ya había leído a autores como Dostoievski o Shakespeare, que por aquel entonces no mucha gente solía leer. Un primo hermano de mi padre, Juan Manuel Prieto, también escribía pero no creo que fuera el quien me influyera, a mí me salía de dentro. Lo que sí me influyó más es que yo me casé con 24 años y a los 30 me quedé viudo. A partir de entonces es cuando creo que empecé a escribir más poemas. Luego me volví a casar a los 40 con mi actual mujer, con la que he tenido otros dos hijos y que ha sido mi principal sostén. La mayor parte de las poesías que he escrito son breves porque la mayor parte de ellas las he escrito en la propia tienda mientras trabajaba, cuando me venía algún momento de inspiración.
—Otra de sus facetas se enmarca dentro de la vida política, ¿cómo recuerda su etapa como concejal del Ayuntamiento de Zamora?
—Fui primer teniente de alcalde y me tocó quedarme al cargo de la ciudad accidentalmente muchas veces, siempre que Miguel Gamazo se marchaba a las Cortes de Madrid. Por aquel entonces yo estaba viudo e hice muchas amistades. Fui jefe de la Policía Municipal y de Fomento y en el tiempo que estuve no se quitó ninguna zona verde, después sí. Estuve en el Ayuntamiento entre los años 1968 y 1974.
—Supongo que la Zamora de aquellos años era totalmente diferente a la de hoy en día.
—No había una perra, por lo que no cobrábamos nadie absolutamente nada sino que yo creo que perdíamos dinero porque como cargos políticos no podíamos presentarnos a ningún concurso público ni a nada que nos beneficiara.
—La política actual tampoco tiene nada que ver con la de aquellos años.
—Ahora se cobra por todo y pasan muchas cosas. Antes no había corrupción porque no había dinero y todo lo hacíamos por amor a la patria chica.
—¿Cómo ve ahora mismo la situación de la ciudad?
—Zamora ha cambiado mucho para bien pero ha habido mucho dinero que no se ha gastado convenientemente y se podían haber hecho muchas más cosas. El principal problema que tiene la ciudad es que la gente joven se ve obligada a irse fuera y los pueblos se quedan sin población.