JUDIT CALVO
Los períodos de vacaciones son los más proclives a que los niños pasen sus horas de ocio «enganchados» al ordenador. Los juegos y las redes sociales representan actividades sanas, que favorecen la comunicación y el desarrollo mental de los estudiantes, pero siempre hay que pensar en la otra cara de la moneda. Las adiciones a los juegos y la dependencia a Internet son más comunes de lo que parece y las características responden al típico perfil de persona que padece una patología y que responde a unos patrones definidos y conocidos. El control paterno y la fijación de límites en el horario y las páginas que visitan los menores es fundamental para que los beneficios de la Red no se trastoquen por causas ajenas.
Jugar a la goma o a los cromos y quedar con los amigos para dar una vuelta ya no es lo que era.
La llegada de Internet a los domicilios particulares ha venido para quedarse y ha agitado las bases de las relaciones sociales y el ocio de las generaciones más jóvenes. Pensar en este cambio social no admite lecturas maniqueas, de positivo o negativo, sino que «en su justa medida representa una ventaja comunicativa y de información frente a épocas pasadas», señala la psicóloga zamorana Charo Gago, que se basa en su amplia experiencia sobre la conducta de niños y adolescentes ante las redes sociales y los juegos on-line para asegurar que «es necesario un control exhaustivo del tiempo y las personas con las que habla por parte de los padres, que han de hacer uso de la autoridad que tienen conferida como educadores de sus hijos para ponerles límites».
Los expertos lo dejan claro: los videojuegos no son actividades negativas, «desarrollan numerosas capacidades del individuo, como la memoria, la concentración, la capacidad de lógica o la rapidez mental, y sobre todo les sirven para asegurarse una base sustancial en torno a las nuevas tecnologías que van a ser indispensables en sus vidas». El problema llega cuando el uso se ve superado por el abuso, y las beneficios se vuelven en contra del usuario, «niños o adultos, sufrir una adicción a los juegos no es un problema exclusivo de los menores».
Reconocer un problema con los juegos es sencillo y cumple todas las pautas de lo que se considera una conducta adictiva, «enganche por parte del individuo, modificación de la conducta, tolerancia cada vez mayor a los juegos, que hace que la persona cada vez necesite más tiempo para paliar ese estado de ansiedad y incluso aparece el "mono", un cuadro de abstinencia cuando se le retira radicalmente de este tipo de conducta», advierte Gago.
Las redes sociales no suponen un problema cuando existe un control de las personas con las que se contacta y de la información personal que se comparte con el resto de usuarios, «los padres tienen que saber con quién hablan sus hijos porque nunca se sabe quién puede estar detrás del ordenador». Sin embargo, el beneficio es indudable: «las personas más tímidas y solitarias encuentran una manera excelente de relacionarse con otros», explica la psicóloga.
La sabiduría popular, aún creada antes de la aparición del mundo digital, ya tenía la solución, «en el punto medio está la virtud». Una conclusión sencilla para un mundo complejo.