JOSÉ MARÍA SADÍA
Desde hace catorce años, el zamorano Antonio Martín de Lera ha viajado a Tierra Santa más de medio centenar de veces. Conocedor de la historia, la tradición y la actualidad de Belén, localidad natal de Jesús, apunta a una realidad distinta a la idealizada en occidente, marcada por lo austero y la espiritualidad
Una Navidad sin espumillones, comidas pantagruélicas, anuncios de televisión o luces de colores en las calles. Así es allí, en Belén, el lugar que, según los Evangelios, vio nacer a Jesús y cuna del cristianismo. Ni siquiera los célebres belenes nos dan idea de la realidad de esta ciudad situada en Cisjordania bajo el mando de la Autoridad Nacional Palestina. Los cristianos que alimentan la llama de la iglesia cristiana son, en su mayoría, palestinos y no llegan al 2% de la población de Belén, que cuenta con unos 50.000 habitantes. Hay una mínima proporción de cristianos llegados de fuera. Entre ellos, un zamorano. Es Antonio Martín de Lera, recientemente nombrado delegado episcopal de Cáritas y perfecto conocedor de Tierra Santa, adonde ha peregrinado en más de medio centenar de ocasiones en los últimos 14 años.
«La mejor Nochebuena de mi vida la pasé en Belén cuando vivía allí. Nos invitaron los franciscanos y la cena fue una sopa y un muslo de pollo, pero la alegría, el optimismo y la esperanza con la que se vive te marca mucho más que nuestras celebraciones», reconoce Martín de Lera. Porque en la ciudad natal de Jesús, los visitantes no llegan como turistas. Sino, más bien, con la idea fuerza de vivir una experiencia plenamente espiritual. «Toda la visita a Tierra Santa, el quinto evangelio, suele ser una buena experiencia de fe. No conozco a nadie que haya venido defraudado e, incluso, gente fría acerca de la fe, ha experimentado un redescubrimiento importante».
Pero, ¿cómo es Belén? ¿Existe el lugar exacto del nacimiento de Jesús?¿Qué hay allí? Todas estas preguntas tienen sencilla respuesta. El lugar señalado por la tradición oral es la gruta de Belén, una pequeña cueva transformada en altar con una estrella, y a la que el paso de los siglos ha ido añadiendo elementos. Allí está la Basílica de la Natividad, lugar santo al que los cristianos católicos se acercan en Navidad para celebrar la misa del gallo. El resto de cristianos, los coptos, ortodoxos, asirios o armenios esperarán una semana para celebrarlo, como marca el calendario que siguen, el juliano.
Llama la atención que el 25 de diciembre no es día festivo para la población. No sin reproches, la Autoridad Palestina estableció una jornada especial para los cristianos, mientras que los palestinos musulmanes, al igual que hacen los judíos, pasan por alto una de las jornadas claves para el cristianismo.
Llegado el día, «la familia hace una cena austera, donde se permiten algún tipo de dulce especial. El turrón tiene un origen árabe, y ellos tienen algo muy parecido», explica Martín de Lera.
Nacida la tradición del belén en un pueblo italiano por obra de San Francisco de Asis, los vecinos de la localidad cisjordana poco o nada saben de esas representaciones. Y, sin embargo, cosas de la vida, es la ciudad en la que más exposiciones de este tipo se fabrican. «Los franciscanos, como una manera de vida, enseñaron a la comunidad cristiana la fabricación de belenes en madera de olivo y nácar, que posteriormente exportan a todo el mundo», apunta el delegado de Cáritas. Poco o nada se parecen esas figuras talladas en olivo a las que se realizan en occidente.
Y, ¿qué hay de los Reyes Magos? En cuanto a su celebración, nada. Las Escrituras hablan de magos, sí, y que posiblemente pisaron Belén. Poco más se sabe de ellos.
Por eso, cabe preguntarse qué opinan los cristianos de Belén sobre la celebración occidental, si es que tienen constancia de ella. «Ellos lo ven como una fiesta que se está paganizando, que se reduce al consumo y en la que se ha desvirtuado de la verdadera Navidad», apunta, conocedor de ello, Martín de Lera.