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El acusado de embestir y matar a un guardia civil sufría un brote psicótico

Su novia afirma que llevaban días en el coche, donde él «se sentía más seguro»

 
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El acusado antes de declarar en el juicio celebrado en la Audiencia.<br />
El acusado antes de declarar en el juicio celebrado en la Audiencia.
 Foto Emilio Fraile
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SUSANA ARIZAGA Sólo el disparo de un guardia civil a una rueda trasera del vehículo que conducía logró detener la frenética huida que una hora antes había emprendido el acusado de matar a un guardia civil en la A-66, tras saltarse un control antiterrorista, envuelto «en un delirio persecutorio» en el que de pronto la situación parecía encajar con su percepción enferma de la realidad. Según los expertos que testificaron en el juicio celebrado ayer en la Audiencia Provincial sufría un brote psicótico. Se topó con un control antiterrorista y se lo saltó; fue perseguido durante más de 60 kilómetros por el motorista al que embistió y mató, su compañero y un coche patrulla, a velocidades que llegaron a alcanzar los 180 kilómetros por hora. Sólo aminoró la marcha minutos antes de ser detenido para que su novia pudiera dejar el coche: Ella fue la que echó el freno de mano para detener el coche y abandonarlo, tras quitar el seguro de la puerta que «siempre llevábamos bajado» porque así él se sentía a salvo. El motorista ya había muerto, «prácticamente descurtizado», diría el forense de Zamora.


Pablo A.F., llevaba tres días sin dormir, viajando casi constantemente de forma errante en el vehículo de su padre porque «dentro del coche me sentía más seguro, pensaba que sería más difícil» que le cogieran para hacerle daño; iba con su novia, a la que relató el estado de alerta en que se hallaba días antes. «Tenía la certeza de que me seguían, no sé porqué», contestó a preguntas de la acusación particular; ni «porqué creía que había gente que quería entrar en mi casa», dijo a su letrado. Tal era su convencimiento que detalló cómo días antes del fatídico suceso, en el piso que compartía con su novia en Sahagún, «me llené de jabón y agua para que en caso de una lucha cuerpo a cuerpo, yo fuera resbaladizo» para quien tratara de atacarle. Su compañera lo confirmó. También echó agua en el suelo para escuchar si entraba alguien en la casa. Se hallaba en pleno brote psicótico, coincidieron tres psiquiatras y la forense de Zamora cuyo informe determinó su ingreso en el penal psiquiátrico de Alicante. En lo único que no coincidieron fue en la causa: El consumo de cocaína, indicaron los médicos propuestos por la acusación; un brote por una situación de estrés al tratarse de un psicótico primario, en opinión del facultativo del penal, quien agregó que «el tiempo nos dirá si se agravará». El imputado admitió haber consumido cannabis, cocaína y éxtasis, pero negó que lo hubiera hecho en los cuatro meses anteriores al homicdio. Su novia concretó que lo había dejado «desde que supimos que yo estaba embarazada». El día anterior al homicidio creyó haber visto sombras en las ventanas de la cocina y el baño del piso. No dudó en golpear con su puño los cristales, lo que le provocó una profunda herida en un brazo que se negó a que le curaran cirujanos en León, «tenía miedo de que le metieran algo en la sangre», explicó su novia.


A su compañera sentimental le tranquilizaba diciéndole que no tuviera miedo, que «iban a por él» y que «no dejaría que me pasara nada». Ella no se separó de él porque creía que de ese modo le protegía, era la única que vivía la realidad. Y trató de que colocársela delante: Le ordenó que parara el vehículo, le dijo que se había saltado dos controles de la guardia civil, que les perseguían los agentes... Pero sus intentos fueron inútiles: «Iba fuera de sí, no escuchaba, ni reaccionaba ni contestaba», dijo ella. El joven conductor, natural de Palencia, permaneció «agarrado al volante y con la mirada fija al frente», indicó, nunca fue consciente, añadió, de que los guardias le hubieran mandado parar, sí de aminorar la marcha. Tampoco vio al motorista cuando le embestía, sólo le vio situarse delante del turismo y frenar, «yo también frené». Luego oyó «un golpe», pero continuó. Niega haber dado un volantazo para acorralarle contra la bianda.


Fiscal


En función de que se aplique la atenuante de enfermedad mental, pide entre 12 y 10 años de prisión por homicidio doloso; dos o cuatro por desobediencia a la autoridad, y seis meses o dos años por conducción temeraria.


Acusación


Exige 18 años por asesinato; 10 por dos intentos de homicidio; cuatro por conducción temeraria; y dos por desobediencia.


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