TANIA SUTIL
Una papelera rodeada de pegotes, una arqueta de saneamiento en la que han intentado hacer diana sin éxito o hasta una pared con «adornos» en rosa son claros ejemplos que se pueden ver en cualquier ciudad por culpa de los chicles. Hace unos años, un grupo de arqueólogos halló en un yacimiento de Finlandia un chicle de más de cinco mil años de antigüedad que tenía incluso hasta las marcas de dientes. Cinco milenios después, los zamoranos conservan la misma tradición del neolítico que arrojó al suelo la golosina puesto que en la capital permanecen pegados hasta una veintena de chicles por metro cuadrado en baldosas, pavimento o mobiliario urbano.
Los residuos de la goma se hacen notar, sobre todo, junto a las heladerías, quioscos, salas de juegos recreativos, semáforos con pasos de cebra, paradas de autobuses y calles peatonales, según confirman desde la Concejalía de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Zamora. Su limpieza no es fácil y en «varias ocasiones» se ha llevado a cabo la retirada de chicles de estas zonas a través de una máquina de agua caliente a presión y productos desengrasantes. Además de arrancar gomas de mascar, estas máquinas sirven también para limpiar grafittis y hasta cristales. Funcionan con vapor de agua a presión que consiguen ablandar los chicles gracias a una potencia muy superior a la de un grifo normal. Pese a ello, la concentración de gomas de mascar en las calles zamoranas, sobre todo, en las peatonales, no pasa desapercibida. Transitar por Santa Clara, la plaza de La Marina o hasta por el casco histórico se convierte en un campo de «minas» oscuro y a lunares, sobre todo, en áreas peatonales o donde los ciudadanos pueden detenerse o pasear tranquilamente sin prisas de ningún tipo.
Pero Zamora no es la excepción. Pese a todo, la capital no es de las ciudades más sucias en este sentido si se tiene en cuenta que capitales como Barcelona o Murcia registran una cantidad de pegotes superior a la capital zamorana mientras que en las vías públicas de la capital de México se han llegado a contabilizar hasta un centenar de masticables.
La actual ordenanza ciudadana, aún en fase de debate, no hace una mención específica al consumo de chicles pero sí a arrojar papeles y, en general, ensuciar la vía pública. Esta infracción tendrá la naturaleza de multa y la categoría de «leve», con sanciones desde los 30 hasta los 750 euros.
La imposición de las sanciones previstas en esta ordenanza en desarrollo se guiarán por la aplicación del principio de proporcionalidad y, en todo caso, se tendrán n cuenta criterios relacionados con la gravedad de la infracción, la existencia de intencionalidad, la naturaleza de los perjuicios causados y la reincidencia, esta última entendida cuando se ha cometido en el plazo de un año más de una infracción con resolución firme.
El pago inmediato de la multa implicará una reducción del 50% si el pago se hace efectivo antes del inicio del procedimiento sancionador y del 30% si se abona antes de la resolución. No obstante, con el fin de reparar los daños causados como consecuencia de una conducta incívica, el infractor podrá solicitar la sustitución de la multa por trabajos o labores para la comunidad.
El concejal de Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Zamora explica, no obstante, que las multas impuestas por este motivo no son frecuentes y oscilan los 50 euros, «lo mismo que por orinar en la vía pública o causar cualquier tipo de acción que ensucie la calle», expone el edil del Partido Popular en referencia a precedentes previos.