SUSANA ARIZAGA
Dejó de ver a su hija cuando había cumplido dos meses y medio, y tardó otros ocho en volver a abrazarla, en pasar con su niña dos horas dos días a la semana, siempre en el punto de encuentro familiar, como solicitó él mismo para evitar más roces con su ex pareja, según explica. Fue necesario un auto del juez en el que fijó las visitas y el horario de las mismas para que la madre de la pequeña se aviniera a permitir el contacto entre la menor de veinte meses y su progenitor. Los informes de los técnicos que analizan la evolución de la relación padre e hija la evaluaron como favorable, el acercamiento entre ambos era cada vez mayor y observaban una progresiva aceptación de la niña hacia el padre, con el que jugaba y se le veía feliz. «Lo más bonito para un padre es ver crecer a tu hijo; en dos meses y medio en los que estuve viendo a la niña, me quería y me llamaba ya papá».
Pero la relación se ha vuelto a romper en abril pasado. Hace siete meses que el joven no disfruta de su hija. Y vuelta a empezar con la lucha, «es horrible y me siento impotente, sólo me queda esperar que la justicia actúe rápidamente» y su veintena de denuncias por el incumplimiento del régimen de visitas dé sus frutos: «Que pueda volver a estar con mi hija porque se le está negando el derecho a tener un padre y estar juntos. Su madre no está mirando por su bien, esta tensión puede afectarla en un futuro. Sólo pido que se agilice el caso porque se trata de una menor y si pasa tiempo sin verme, no me conocerá, perderemos el vínculo. No sabe ni como es mi familia». Las denuncias acumulan varios incumplimientos, todos los que ha habido desde el 29 de abril, cuando el juez amplió el régimen de visitas: Los miércoles de 17.00 a 20.00 horas; y los sábados, de 10.00 a 20.00 horas. «He ido al punto de encuentro cada día y mi ex pareja sigue sin presentarse, nadie la obliga a hacerlo. La llaman por teléfono y no la localizan».
Ya ha tenido lugar el primer juicio de faltas, que ha condenado a la madre a una multa de un mes con cuota diaria de seis euros y un día de privación de libertad (cárcel) por cada dos cuotas que no pague. El joven lleva cinco meses esperando a que se celebre otro por la segunda vez que le ha impedido ver a la menor. Y, mientras, la madre se mantiene firme en su postura. «Lo estoy pasando muy mal, angustiado, muy nervioso y triste. Me estoy perdiendo la infancia de mi hija, sólo pido disfrutar de ella y verla. La madre quiere quitarme el derecho de ver a mi hija, está haciéndome mucho daño psicológico».
Las discrepancias con su pareja llegaron al mismo tiempo que nació la niña, hasta entonces «fue muy buena». Su pareja «se negaba a que mis padres pudieran ver a mi hija», y las tensiones continuas terminaron por minar una relación sentimental de cuatro años. Los consuegros son vecinos del mismo portal y mientras la joven pareja acudía al domicilio de los abuelos maternos, los padres de él, que vivían unos pisos más abajo, no podían ver a la recién nacida. El joven cogió un buen día a su hija para enseñársela a sus padres, «porque es mi familia y me dolía que no estuvieran con su nieta. Llevaban mes y medio sin verla». Esa fue la última ocasión en la que se acercaron a ella: «La hemos visto el día que nació y dos veces más diez minutos». Aunque vive en el domicilio de los abuelos maternos, con su madre, en el mismo edificio que los paternos, a éstos les ha resultado imposible aproximarse a la menor. «No sé como es mi nieta», lamenta la madre del joven, «la sacan tapada hasta arriba y no puedo acercarme a ella. Cada vez que veo su sillita me hundo, no poder verla cuando vives al lado es duro».
Al cumplir dos años el juez estipula que la menor debe compartir la mitad de las vacaciones escolares con el padre y el verano se dividirá en quincenas para estar con sus progenitores. Los fines de semana serán alternos y pasará con el padre del sábado a las 10.00 al domingo a las 20.00 horas. En tres meses comprobará si el sueño es posible.