JUDIT CALVO.
Las oportunidades para recibir una educación de calidad no fueron siempre como en la actualidad. La precariedad de la sociedad española de posguerra no dejaba muchas ocasiones para que los niños de la época asistieran a la escuela. Muchos de ellos, como es el caso de María, no llegaron a ir nunca. De padres de dedicados al transporte de lanchas de piedra dentro y fuera de la provincia ayudados por una pareja de burros, María tenía que quedarse en la casa que la familia tenía en el barrio de Pinilla para cuidar de sus ocho hermanos varones. Su vida pasaba entonces muy lejos de las aulas donde los niños de su edad, incluso sus hermanos, aprendían lo básico para defenderse en la vida: leer y escribir, algo que ella nunca pudo conseguir.
María tiene ahora 66 años y toda su vida ha transcurrido dependiendo de otras personas para realizar cualquier trámite, «me siento muy cohibida cuando tengo que hacer un papel y no puedo porque no sé escribir, mis hijos vienen conmigo y lo hacen, yo sólo estampo la firma, que es lo único que he aprendido», explica María que sin embargo se defiende muy bien con las cuentas, «para ir de compras no tengo ningún problema, hasta 200 euros me defiendo sin problema y también para las vueltas». Otra de sus limitaciones es la lectura, «ahora sé lo poco que he ido aprendiendo yo sola con el paso de los años, puedo leer, pero muy despacio y cuando termino no he comprendido nada», asegura.
El día a día para María no le resulta un problema, pero se siente «impotente» cuando no puede comprender una revista, los letreros de la televisión o una carta del banco. «Me hubiera gustado que las cosas hubieran sucedido de otra manera pero una no puede cambiar la historia y estas son las consecuencias».
Magdalena Prieto vivió una infancia distinta, hija de un Guardia Civil asistió al colegio de Moraleja del Vino y tuvo cartillas para aprender a leer y pizarras para la escritura, pero eso no fue suficiente. La rebeldía de la niñez hizo que pasara más tiempo fuera del aula que dentro, «me escapaba y me escondía en los corrales del pueblo y aunque me ponían continuos castigos, al día siguiente volvía a repetirlo», recuerda arrepentida de la oportunidad que perdió. Hoy en día Magdalena no puede valerse por sí misma y necesita la compañía de un tutor legal para cualquier gestión que realice porque tampoco sabe plasmar su firma en un papel, unas funciones que desempeña uno de sus sobrinos que vive con ella en Pereruela.
Una jornada cotidiana de compras en la capital es toda una odisea para Magdalena, «no voy sola a ningún lugar fuera del pueblo, no puedo ni coger el autobús porque tampoco me manejo con las cuentas ni con los letreros», explica Magdalena.
Ambas tuvieron la oportunidad de aprender a lo largo de su vida lo que no consiguieron cuando aún eran unas niñas, «pero ni las circunstancias ni la cabeza son ya las mismas», reconoce María que asistió a clases durante un tiempo un día a la semana, «lo que aprendía se me olvidaba porque no lo volvía a practicar».
Dos vidas distintas pero con una característica común que no les permite vivir con la autonomía que desearían, sin embargo, y gracias al apoyo de sus familias tanto María como Magdalena pueden llevar una vida digna, aunque las circunstancias les recuerdan que ellas son distintas porque la vida, a veces, tiene capítulos injustos.
José Isidro Bécares: «Lo esencial es motivar a las personas»
Aunque las personas que llenan hoy las aulas de adultos proceden la mayoría de minorías étnicas o son inmigrantes que desconocen el español por completo, también acuden personas, normalmente de edad elevada, que quieren adquirir los conocimientos básicos que no pudieron recibir en su día. «Estas personas responden muy bien a los contenidos que les enseñamos aquí y valoran mucho nuestro trabajo. Sus logros son una alegría que no encuentras en otro tipo de educación porque se emocionan con cualquier pequeño avance que consiguen», comenta José Isidro Bécares, director del Centro de Adultos «Viriato» de Zamora, quien insiste en la necesidad de que «las personas sepan que por muy mayores que sean aún tienen la oportunidad de conseguir lo que quieren. Nunca es tarde y aquí hemos tenido la experiencia de bastantes alumnos que nos lo han demostrado a nosotros y a ellos mismos, que es lo más importante».
Muchos de estos alumnos estudian por el simple gusto de aprender cosas nuevas y «los tenemos en el mismo nivel dos o tres años porque preguntan, se esfuerzan y quieren progresar».
También acuden al centro los llamados «analfabetos funcionales», es decir, aquellos que conocen el sistema de lectura y escritura pero que son incapaces de aplicarlos a las situaciones habituales de la vida cotidiana. Para estas personas lo más importante es la motivación, encontrar un aliciente que les anime a seguir adelante con el curso, porque «la mayoría de ellos vienen obligados por los Centros de Acción Social (CEAS) que los remiten al centro y si no asisten a las clases no les pagan», asegura el director que reconoce, sin embargo, que la continuidad en este tipo de alumnado es muy inestable.