JOSÉ MARÍA SADIA.
Zamora también cuenta con una numerosa comunidad musulmana como consecuencia, principalmente, de que la mayor parte de los inmigrantes extracomunitarios proceden de Marruecos. Pero ellos no sólo quieren estar, sino también desarrollar una cultura, la suya, estrechamente ligada a la religión. A falta de mezquita en la ciudad, el pasado mes de abril acondicionaron un local en el barrio de San Lázaro que, desde aquella fecha, hace las veces de oratorio, verdadero núcleo de la vida musulmana en la ciudad.
Precisamente, pueden desarrollar la oración de forma autónoma a través de los voluntarios que dirigen las sesiones, visiblemente intensificadas con el inicio del Ramadán, que dio comienzo este sábado. Ahora bien, carecen de medios para el aprendizaje de la lengua árabe, fundamental para que sus hijos crezcan lejos de los países islámicos conservando las raíces culturales y los mandatos del Corán. De ahí que el núcleo más organizado de la ciudad, formado por una treintena de personas, acaben de solicitar al Ayuntamiento un aula y un profesor para dar clases de árabe.
«Lo único que nos falta es un aula en un colegio para dar clases de árabe y subvenciones para contratar un profesor. Las oraciones podemos hacerlas nosotros, pero un profesor que enseñe el árabe sólo nos lo puede facilitar el Ayuntamiento», argumenta el joven Anass, que hace las veces de imán, a la espera de que la comunidad prospere y puedan solicitar uno a cualquier país musulmán en el futuro. Las primeras gestiones están hechas, ahora sólo falta que «se abra el plazo», porque entonces «nos llamarán para que presentemos la petición», explica el marroquí.
De momento sólo tienen buenas palabras para definir el trato dispensado por los responsables municipales. «Tratarte, te tratan bien en todas partes. Otra cosa es que después te den algo», reflexionan, aunque confían en poder desarrollar el conocimiento de la lengua de sus países.
Es un paso más, necesario, para consumar una integración bastante avanzada a juicio de una comunidad de extranjeros, formada por marroquíes, sí, pero también por argelinos, saudíes o tunecinos. «Nos sentimos integrados, porque Zamora es una ciudad pequeña. Nunca hemos tenido problema. Lo peor era que carecíamos de un oratorio, y también de carnicería y otros productos musulmanes. Ahora, ha avanzado el tema, y nos sentimos más cómodos», concretan.
Un estudio en profundidad sobre las nociones de los zamoranos sobre los principios musulmanes revelaría, a buen seguro, un desconocimiento profundo, anclado a los tópicos. Entre los certeros, que no comen carne de cerdo, una circunstancia que es sólo una parte de una realidad más compleja. Porque, además, sólo pueden ingerir carne de animales sacrificados por el rito musulmán. En Zamora, una carnicería en la urbanización «Los Almendros» ya dispone de este servicio. Pero, lo más curioso, ¿de dónde traen la carne?
«Procede de mataderos que lo hacen así. En Zamora, los conseguimos a través de uno en Fuentesaúco», aclaran. Que el animal reciba un corte limpio en las principales arterias, que esté vivo en el momento de ser desangrado y que el nombre de Alá sea invocado en voz alta durante el sacrificio son algunos de los requisitos de este tipo de sacrificio.
Así las cosas, pueden desarrollar sus cultos y respetar la dieta de sus países de origen. Pero, en la cuestión de la integración, ¿cómo se porta Zamora? «A cada sitio que vayas, siempre habrá personas de todos los tipos, incluida gente a la que no le gusten los extranjeros, pero la mayoría de la población se porta muy bien con nosotros. Socialmente, no hemos tenido problema alguno en Zamora», responden sin ambages.
El racismo
De ahí a que el execrable fenómeno del racismo haya desaparecido de la sociedad, va un trecho. «El racismo tiene que existir, es normal. Lo que siempre hemos defendido nosotros es nuestro comportamiento. Eso ayuda también a que no haya racismo. No le echamos siempre toda la culpa a quien es racista. Intentamos comprender la situación de por qué se produce eso y cuáles son nuestros fallos», reflexionan en un notable ejercicio de inteligencia.
Y si no escapan al racismo, tampoco a la crisis económica. «La sufrimos más que la gente de aquí», se lamentan, pero lo razonan. «El empresario, en lugar de coger a alguien extranjero que tenga problemas de idioma, de integración o de religión, prefiere contratar a un señor de aquí que va a estar muy a gusto con él».
Aún así, sabedores de la realidad, se plantean aquí su futuro. Son unas trescientas personas, orgullosas de su religión y de sus países de origen. «Marruecos no está tan mal como lo pintan», se dicen, aun reconociendo que «allí, todos tenemos el sueño de vivir en Europa». Y Europa es Zamora, que no es Madrid, donde las oportunidades son mayores, pero en la que las dificultades crecen de manera exponencial. Por eso, si las cosas no se ponen cuesta arriba, seguirán disfrutando de esta ciudad.