C. G.
Javier López Benéitez se sometió hace tres años a un transplante de médula ósea, donada por su propia hermana, para superar el linfoma que le habían detectado. Obdulio Bailador se libró hace nueve años de la máquina de diálisis a la que estaba pegado desde hace el doble de tiempo gracias a un riñón compatible con su caso. Y Pilar Fuentes Piorno lleva nada menos que 16 años con un corazón que le ha permitido superar la gravísima enfermedad cardiaca que reducía mucho sus posibilidades vitales. Son tres zamoranos que han pasado por una dura experiencia que les ha permitido, todos coinciden, valorar las cosas de la vida que realmente tienen importancia, disfrutar con cada instante de lo bueno que da la actividad cotidiana y no preocuparse tanto con las cuestiones menores con las que, a veces, otros se complican la existencia.
A Obdulio Bailador le detectaron en la adolescencia la insuficiencia renal, seguramente provocada por la espina bífida que padecía previamente. Desde el año 82 comenzó las sesiones de hemodiálisis, el tratamiento para limpiar las impurezas de la sangre que requiere sesiones de entre cuatro y cinco horas tres días por semana. Además, apenas podía orinar, con lo que los líquidos que ingería al beber o alimentarse se iban acumulando y los tenía que perder también con la diálisis. «Cuanto más líquido acumulas las sesiones son más duras y tu te encuentras peor durante ese tiempo». Implicado en el movimiento asociativo de los pacientes con insuficiencia renal, ocupó durante una década larga la presidencia provincial de Alcer y un año la nacional. «Lo dejé por problemas profesionales. Acabé Derecho Tributario, abrí un despacho y tenía que elegir entre una cosa y otra».
Obdulio entró en lista de espera para recibir un riñón, y previamente tuvo que pasar por el quirófano para conseguir una salida al intestino del posible órgano que podrían transplantarle. Fue precisamente cuando estaba en el despacho con un cliente cuando recibió la llamada del hospital Virgen de la Concha en su teléfono móvil que estaba las 24 horas del día disponible. Era el año 2000 y tenía 32 años. El transplante se hizo en Salamanca, en una operación que duró «cuatro o cinco horas». Luego, la recuperación fue lenta. «En mi caso, que camino con bastones, la recuperación fue un poquito más lenta, porque el volver otra vez a caminar supuso varios meses. Tuve que estar un tiempo en silla de ruedas antes de volver a recuperar la movilidad, pero es mi caso concreto y específico, porque normalmente se tarda menos».
Bailador cree que, hoy por hoy, la concienciación social sobre la necesidad de donar es la única salvación para casos como el suyo. «En su momento se abrieron expectativas con la posibilidad de conseguir órganos de animales transgénicos, como de los cerdos, y se hicieron experimentos en Inglaterra. Ahora el futuro puede venir de las células madre que posibilitarían regenerar órganos dañados y además evitarían todo el problema de medicación antirrechazo, con todas las consecuencias que lleva de efectos secundarios y demás, que cuando van pasando los años las empezamos a notar». Queda, sin embargo «mucho por andar y la mejor opción actual es la donación de cadáver».
Entre donantes vivos la legislación sólo permite a parientes consanguíneos que, además, han de ser compatibles para evitar el rechazo.
Obdulio destaca el hecho de que en España el transplante sea «gratis total en unos momentos en que parece que todo se mueve a través del dinero». En otros países se paga tanto la diálisis como el transplante. Obdulio puede manejarse perfectamente con su órgano prestado: «Vivir con un riñón se parece mucho a vivir con dos, pero no es lo mismo».
Más reciente tiene todo el proceso Javier López Benéitez que hace tres años, cuando tenía 26, empezó con unas paperas y un bulto que le salió cerca del cuello. Estuvo ingresado en el hospital Virgen de la Concha para buscar el origen de su dolencia, pero su estado empeoraba, «se me hinchaba la cara y el cuello cada vez más. Tenía una masa en el pecho y me oprimía los vasos sanguíneos». Lo trasladaron a Salamanca y allí le dieron el diagnóstico definitivo: linfoma. «Acababa de salir del quirófano, estaba aún un poco drogado. Pregunté, me dijeron que tenía un linfoma y yo no sabía muy bien qué era eso. Dije, "mientras no sea cáncer...", sin saber que eso era exactamente lo que tenía. El cirujano me dijo que en cuanto me abrió me salía ya por la raja la masa del pecho. Tenía un "pastel" elegante», relata el joven, dotado de un sentido del humor que le ha permitido sobrellevar con más ánimos la enfermedad, a pesar de que no ha sido lo que se dice un camino de rosas. «Un linfoma es lo peor que te puede tocar. Los linfocitos son las defensas del cuerpo, se vuelven contra él y hacen células malas que te atacan y te preparan ahí la guerra civil. Luego la doctora me explicó el tipo concreto y me dijo que era cien por cien curable». Dentro de lo malo, había tenido suerte, así como a la hora de encontrar un donante, una vez descartado el transplante autólogo (es decir, de su misma médula ósea). Su familia se hizo las pruebas y su hermana resultó compatible.
El proceso lo cuenta con su habitual gracejo («como es una enfermedad de la sangre, lo suyo es que te renueven el aceite»), pero hubo momentos muy duros, con las sesiones de radio y quimioterapia para bajar el tumor y el posterior aislamiento durante dos meses en una suerte de burbuja, «una cabina con una cama» totalmente aséptica, donde sólo podía tener compañía de un persona, bien su madre, bien su novia. Javier pasó duros momentos, tanto físicos como psicológicos derivados de los tratamientos necesarios. No del transplante en sí, que «es una operación sencilla. Donar médula ósea fue para mi hermana como donar sangre, aunque más largo, ya que tuvo que estar cuatro horas pegada a una máquina. Para ponerme las células fue lo mismo».
Javier sigue necesitando un control riguroso, aunque ya se encuentra relativamente bien. «Te da un pequeño rechazo, lo que llaman enfermedad de injerto contra huésped. Es mala si te da fuerte, pero buena si es débil, porque significa que el transplante ha salido bien y hace que no me crezca otra vez la enfermedad. Hay a gente que a lo mejor le sale una manchita en la piel; a mi me ataca el sistema digestivo».
Todo este proceso, reconoce el joven «ha cambiado mi manera de ver la vida: el mero hecho de salir a la calle, andar, trabajar y hablar con la gente no está pagado».
Pilar Fuentes Piorno es más veterana, ya que lleva ya dieciséis años transplantada de corazón. La fecha tiene su importancia, ya que este mismo mes se celebraba el 25 aniversario del primer transplante cardiaco realizado con éxito en España. Desde entonces los transplantes «han llegado a una situación de normalidad y se ha mejorado mucho», indica Pilar, una transplantada que a sus 67 años puede hacer una vida completamente normal: «Tienes algo más bajas las defensas por los medicamentos antirrechazo y tienes que tener más cuidado con enfermedades como la gripe y las causadas por virus». Considera que la sociedad es generosa a la hora de donar los órganos, aunque sean situaciones muy difíciles y confía en que la medicina encuentre remedios para curar este tipo de enfermedades.