Mis apuntes sobre la Guerra de la Independencia en Zamora (V)

La crónica bélica de los Sánchez Arcilla

Puebla se constituye en base de retaguardia para las tropas hispano-luso-británicas y en zona de refugio

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ISAURO PÉREZ RATÓN Puebla fue tomada por los franceses del mariscal Nicolás Soult el 29 de julio de 1810. El día 3 del mes siguiente fue cercada por las tropas portuguesas que mandaba el general Francisco da Silveira Pinto da Fonseca, quien, pese a contar con fuerzas inferiores a las napoleónicas, consiguió la rendición de la plaza el día 10 de agosto. En su botín, las armas personales de los defensores, 9 piezas de artillería y el águila del batallón suizo que la defendía. Esta gesta del futuro conde de Amaralde figura con el nombre de "Acçao de Puebla de Sanabria" en el libro donde Arthur Ribeiro narra los episodios de la que, en Portugal, conocen como Guerra Peninsular.
A partir de este momento Puebla se constituyó en base de retaguardia para las tropas hispano-luso-británicas y zona de refugio para quienes no querían compartir su ciudad con los franceses. Este era el caso de D. Ramón Antonio Bustamante, vecino y regidor perpetuo de Toro, que el 5 de abril de 1812 escribe "con el motivo de haber los enemigos apoderádose de dicha ciudad y su territorio, le fue preciso retirarse de ella como verdadero español[…] se halla emigrado hace mas de seis meses y en la mayor y mas extrema necesidad…"
La ausencia de enemigos hizo más sencilla en esta zona la elección de representantes para participar en las tareas de gobierno de la nación. El 18 de agosto de 1813, D. Alonso González Rodríguez, vecino de Puebla, da poder a su yerno para que le administre los bienes en su ausencia pues tiene que desplazarse a Cádiz porque ha sido nombrado "Diputado de las Cortes extraordinarias de este Reino".

La venganza en Pinilla de Toro
El trece de enero, viernes, de 1809 este lugar, cercano a Toro, padeció "incendio general de orden de los franceses". No conocemos cuántas casas ardieron pero sabemos que al menos la parroquia de S. Martín –una de las dos que tenía entonces el lugar– perdió en el incendio los libros parroquiales donde se anotaban bautizos, bodas y entierros, además de una fanega de centeno y 5 arrobas de lana "que se abrasaron en la casa del curato". Por su parte, la otra parroquia –S. Esteban– perdió en el incendio catorce fanegas de trigo. En ambos casos, las reparaciones realizadas posteriormente nos indican que los dos edificios parroquiales sufrieron abundantes desperfectos.
Antes de esa fecha los vecinos de Pinilla ya habían conocido la presencia de tropas extranjeras en su pueblo. En 1808 pasaron por allí las tropas inglesas, aliadas de las españolas, y las dos parroquias contribuyeron, de mejor o peor grado, con 600 reales y 60 fanegas de cebada "para suministrar a la Caballería inglesa"; pero lo ocurrido en 1809 no admite comparación con el caso anterior.
Si hacemos caso a lo referido por Sánchez Arcilla, todo empezó el día 5 de enero cuando los vecinos de Pinilla tomaron dos cañones a una patrulla francesa y los llevaron a Toro. Al día siguiente un destacamento de veinte franceses se presentó en Toro, donde no fue bien recibido, como veremos al hablar de lo acontecido en esa población. Los toresanos culparon de los disturbios a los pueblos cercanos por lo que las tropas imperiales se dirigieron a Pinilla y dieron el pueblo a las llamas. No conocemos que hubiera daños entre las personas.

La astucia de los toresanos
La familia de los Sánchez Arcilla, arraigada en Toro, con varios miembros relacionados con oficios de leyes –abogados, procuradores, notarios,…– dejó escrita por varios de sus componentes una crónica de los acontecimientos más destacados ocurridos en su ciudad. Se inicia en 1756 y finaliza en 1870, ciento catorce años en los que retratan la historia más íntima de Toro. Vamos a resumir lo que cuentan de la estancia de las tropas francesas en esa ciudad:
Dije al hablar de su vecino Pinilla, que había llegado a las puertas de Toro un destacamento de veinte franceses el 6 de enero de 1809. Un coronel y un cirujano (Fernández Duro habla de un parlamentario y su corneta) se adelantaron para tratar sobre la rendición de la ciudad. Los exaltados toresanos mataron a uno e hirieron al otro. Al muerto lo desvalijaron y al vivo lo trataron compasivamente cuidando sus heridas. Tras este violento recibimiento, los franceses se retiraron y los toresanos, envalentonados, salieron de la ciudad en su persecución. En campo abierto, los franceses presentaron batalla haciendo huir a los toresanos tras dejar 75 muertos en el campo y libre el acceso de la ciudad. Entraron en ella al mediodía las tropas napoleónicas y el trato compasivo otorgado al herido impidió que fuera saqueada y que los franceses aceptaran el traspaso de la responsabilidad a los pueblos cercanos –para desgracia de Pinilla–.
Cuenta esta crónica que llegó a albergar la ciudad hasta 14.000 franceses cuando el sitio de Ciudad Rodrigo, y 2.000 heridos tras la batalla de Los Arapiles. Los precios de los productos más necesarios subieron astronómicamente: la fanega de trigo llegó a alcanzar los 420 rs, cuando su precio normal no alcanzaba los 100; pero los toresanos supieron resarcirse de estos incrementos subiendo en el mismo nivel los servicios que prestaban a la tropa extranjera: por lavar y planchar una camisa le cobraban 8 rs. y por confeccionar un pantalón la factura ascendía a 80. De igual forma que en Zamora, no hubo lucha frontal pero el enfrentamiento era constante y el francés que se descuidaba acababa muerto, incluso sin salir de su alojamiento. Tal fue el caso del soldado que guardaba la panadería y cuya muerte le costó la horca al panadero culpado de ella.
Mención especial merece la crueldad del superintendente de la ciudad: cargaba fuertes contribuciones sobre los toresanos y fustigaba personalmente con su látigo a los que no pagaban. Después los encerraba en la iglesia de S. Tomás llevándose la llave para su casa sin compadecerse de enfermos o parturientas. Al encierro pusieron fin los encerrados haciendo un "bujero" en la pared por el que consiguieron escapar.
La crónica toresana de esos tiempos finaliza con lo que bien podría ser un resumen de los sucesos españoles del siglo siguiente. Dice la crónica que en 1813 se proclamó la constitución con grandes festejos. En 1814 se derogó con gran alborozo. En 1820 se repone con bullangas, palos y venganzas. En 1823 se quita con bullas, golpes, insultos y muerte de una persona.

Escarnio y crueldad en San Martín de Valderaduey
San Martín de Valderaduey es un pueblo que hemos atravesado numerosas veces camino de León sin advertir de su presencia otra cosa que la impresionante torre de su iglesia mudéjar acompañada, desafortunadamente, de contenedores de basura pintados de llamativos colores.
Tardamos algún tiempo en percibir las bellezas interiores que cita De las Heras en su Catálogo: Tres retablos barrocos –en el mayor, la imagen del titular, S. Martín de Tours, junto a las de San Joaquín y San José; en los laterales, las de S. Roque y S. Blas– además de otras imágenes modernas y un crucifijo muy valioso del S. XV. El pueblo, sin casas que capten la atención del viajero, se protege de los vientos del Norte adaptándose a las faldas de un pequeño altozano desde el que se divisa la vega del Valderaduey. Este río, el viejo Aratoy, ha sido castigo de la villa en numerosas ocasiones. Las tres sufridas en el año 1823 fueron apuntadas en el libro de cuentas de la parroquia: "hubo tres enriadas o avenidas de agua muy crecidas con cuyo motivo se manaron las mas de las bodegas a pesar de su elevación". Ahora, alejado del lugar y encauzado entre altos malecones desde la crecida que en el año 1962 destruyó numerosas casas en San Martín y en todos los pueblos de su orilla, es mirado con mayor tranquilidad por los vecinos que aún siguen añorando los excelentes cangrejos que se cobijaban en sus antiguos meandros.
El censo realizado por los obispos para Felipe II en el año 1587 sitúa a San Martín con 50 vecinos (alrededor de 200 habitantes). Poco menos que Villárdiga, a la que atribuye 60, pero mayor que Toldanos, donde vivían 30 familias. Hasta 1768 la población aumentó notablemente de forma que el Estado del Vecindario, confeccionado por orden del Conde de Aranda, puede cifrar su población en 479 habitantes de los que pagaban impuestos 332 y estaban exentos 4 por pertenecer a la Iglesia, 39 por ser de la Nobleza y otros 4 por estar incluidos en la Milicia. Pocos años después, en 1790, cuando Floridablanca pide a los párrocos información de sus parroquias, D. Antonio Bustos Pedrejón no cita el número de fieles que tiene su parroquia pero da otros datos interesantes: Además de la iglesia parroquial, en el término local están las ermitas de San Antonio y de la Santa Cruz, y, en el común con Villárdiga, la de Nuestra Señora del Camino. De Toldanos todavía quedaban una torre y una casa vieja.
San Martín perteneció a las posesiones del Condestable de Castilla por lo que resultó anexionado temporalmente a la provincia de Burgos. Ahora está administrativamente incluido en la de Zamora y, por su geografía, en la Tierra de Campos. Tierra eminentemente cerealista que no conoció las plantas vinícolas hasta que D. Santos Represa, vecino de la villa, plantó el primer majuelo en 1797.
Esta es la situación que presentaba el pueblo cuarenta años antes de ser protagonista del acto más execrable, por su crueldad premeditada, de los muchos cometidos, por ambos bandos, durante la Guerra de la Independencia. Repasando las 82 estampas que pintó Francisco de Goya sobre los desastres de la guerra, no encuentro ninguna que me produzca la repugnancia de la escena que imagino en este pequeño pueblo que, de pronto, se ve asaltado, saqueado, entregado a las llamas y con 14 de sus hombres –todos los que pudieron detener– colgando del mismo árbol.
Documentos de los libros parroquiales conservados en el Archivo Diocesano y de los protocolos notariales que se guardan en el Archivo Provincial nos informan y confirman la noticia.

isauroperez@hotmail.com

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