JESÚS HERNÁNDEZ.
Tiene abundantes reconocimientos. El último: ese Premio Luso-Español de Arte y y Cultura, otorgado por los Ministerios de tal ámbito de ambos países. Perfecto Cuadrado, catedrático de Filología Portuguesa y Gallega de la Universidad de las Islas Baleares, es uno de los grandes traductores de esa literatura, tan rica y tan desconocida, y es también uno de los mejores especialistas en el surrealismo y en el modernismo.
- ¿Sólo hay una manera de acercarse a otra cultura: con humildad y con respeto?
- Con humildad, con respeto, con curiosidad. Lo del portugués fue fruto del azar. Sin embargo, como decían los surrealistas, el azar se puede objetivar. Y se le puede forzar a que se produzca. Se trata de ir por la vida, según apuntaba Bretón, en un "estado de permanente disponibilidad", con la mirada del niño, del forastero, del enamorado, del poeta. Y buscando, siempre, la realidad con los ojos del viajero, del que intenta apropiarse de aquello que va viendo y darse a aquello que va encontrando. Si se camina así por la vida, al final las cosas que deseamos y que soñamos acaban por manifestarse.
- ¿La cultura se defiende mejor con pasión?
- Sin pasión no se defiende nada.
- Usted nació en tierras de Zamora, vive en las Baleares y traduce a los mejores poetas lusos al español. ¿Eso, tan universalista, es el superior antídoto contra los estrechos nacionalismos?
- La nación te la dan. Y la patria te la imponen a veces. Yo aprendí un concepto de mi amigo Alonso Montero: el de "matria". Son personas, hombres, mujeres, paisajes, tierras, costumbres, ritos, liturgias, lenguas, que uno va conociendo, llevado de esa curiosidad infinita, y que uno se va apropiando poco a poco. Yo tengo muchas "matrias" (pequeños espacios de geografía afectiva). Y lamento no disponer de muchas más.
- ¿Y cómo las ha conseguido?
- Con mi propia pasión, con mi propio esfuerzo, con mi propia curiosidad. Y esas "matrias" me han dado muchas cosas. Yo también les he dado algo a ellas? Si algo quiero transmitir a los alumnos es la idea de enriquecerse, de llenarse constantemente de "matrias". Por eso debemos olvidar las cuestiones de estrecho nacionalismo e ir hacia este concepto, que es un territorio que no nos viene dado, ni impuesto, sino ganado con pasión, con esfuerzo, con amor.
- «Es maravilloso que hayamos nacido con una lengua, pero es un azar», nos decía Lledó. ¿Mitificamos la lengua materna?
- Yo creo que no se mitifica en exceso. Depende de la idea que cada uno tenga de la lengua. Soy de los que comparten la idea evangélica de que en el principio está el verbo. La palabra es lo primero. Y sin nombrar las cosas, éstas no acaban de existir para nosotros. Cuando hablamos, no sólo traducimos una visión del mundo, un fragmento de la realidad, sino que le damos auténtica consistencia. Por eso es fundamental el incentivo del estudio de la lengua con la que por primera vez has nombrado y dado realidad a las cosas. Y ese amor al idioma como algo creador, como algo enriquecedor, te lleva a apreciar a las otras.
- Ahora mismo, ¿somos más cultos cultos que ayer?
- Tenemos más conocimientos, y disponemos de más medios para adquirirlos. En ciertos aspectos, hemos avanzado, se ha producido una progresión. En otros sentidos, no. En la manera de entender nuestra razón de ser y de estar en la vida, de actuar sobre la naturaleza y las cosas, de comunicarnos y de convivir, seguimos tropezando en la misma piedra. Una y otra vez. Y ya es hora de que aprendamos de las lecciones del pasado para evitarlo.
- Pessoa, con tantos registros, hizo de los heterónimos un género literario. ¿Se acercó a la realidad a través de la paradoja?
- Es el gran poeta de la modernidad. Es el gran artista, el gran creador que, a través de la literatura, consiguió traducir los problemas, las preocupaciones, los deseos, las luchas de aquel proyecto ilustrado. Pessoa también representa la modernidad en todo lo que tiene de desasosegante, porque hemos aprendido a entender que la realidad nos sobrepasa, que sólo podemos aprehender fragmentos, vislumbres de ella mediante la intuición. Y esta observación fragmentaria, casi visionaria, de la realidad necesita y exige un lenguaje diferente. Y ése no es otro que el concretado en el aforismo, de la iluminación y de la paradoja. Por eso Pessoa es, no sólo en su manera de ver y de apropiarse de la realidad, sino en su modo de traducirla, la auténtica voz, aunque entrecortada, de la modernidad, el gran cantante épico de nuestro tiempo? El desasosiego es el estado de la persona que, en estos tiempos modernos, intenta explicarse el cómo, el qué, el por qué y el para qué de las cosas.
- ¿Acaso la democratización de la cultura ha rebajado el nivel de la cultura?
- Lo que suele llamarse cultura, decía Pessoa, es una cosa de una élite, de una minoría. No está constituida por títulos, cartas de crédito. Ni siquiera es un almacén de conocimientos, mayor o menor. Yo he conocido a campesinos, sin apenas formación, con una cultura extraordinaria. Se ha ampliado la instrucción... Es cierto que estamos en un momento difícil, de banalización de todo.
- De la realidad y del lenguaje que nombra esa realidad.
- Me gustaría que, lo mismo que se ha democratizado el acceso al conocimiento, se democratizasen actitudes, maneras de convivir y de ver las cosas que eran propias de comunidades pequeñas, rurales. Que se generalice, que se universalice un don, una virtud, que los clásicos tenían como primera y que yo viví y conviví con ella en mi infancia y después encontré en Portugal: la hospitalidad. Me gustaría mucho que se democratizaran algunos valores, más allá de ciertos conocimientos o de ciertos saberes. Esos valores morales, esa manera de entenderse uno mismo y de entender el mundo y a los otros.
- Hay muchos mundos, pero todos están en éste, que decía Eluard.
- Sí. No se trata de creer que existen dos realidades: una que se nos oculta, otra que no se nos oculta. Somos nosotros los que damos realidad a la realidad. Somos nosotros los que haceos de la realidad algo más hermoso, más humano, más verdadero y más noble. Ortega y Gasset decía aquello de «yo soy yo y mi circunstancia». Saramago recogía en su libro de cuentos "Objeto casi. Casi objeto" una frase: si es cierto que las circunstancias nos condicionan, nuestra obligación moral es condicionar humanamente las circunstancias. Y a eso intentamos dedicarnos.
- Libertad, justicia, bienestar? ¿Por qué lucharía en primer lugar?
- No se pueden entender las unas sin las otras. No me explico la existencia de libertad sin justicia. Justicia sin libertad, tampoco. Vivir en paz con uno mismo, vivir en paz con los otros, vivir la existencia en un estado de permanente entrega y de permanente intercambio es su único sentido.
- La vida debe vivirse con la curiosidad y la libertad del niño. Es su teoría? Qué pena: después viene la cadena.
- No es un hallazgo poético de Bretón. Yo lo he aprendido de mi hija? No deberíamos perder nunca la capacidad de sorpresa, de entusiasmo. Hay que ir por la vida en un estado de inocencia absoluta, y, entonces, esa realidad cotidiana, generalmente aburrida, por la que transitamos y en la que no reparamos, se transformará.
- Obama: cuántas expectativas, cuántos optimismos... A ver.
- Probablemente, sí. El problema es que, por un lado, resulta necesario que se creen y existan esas expectativas y, por otro, también sería bueno no confundir la dimensión de la posibilidad de cumplirse tales esperanzas? Asimismo, es un problema preocupante ese generar excesivas ilusiones, como ocurrió en Brasil con Lula. No debemos esperar que nos venga de fuera la redención, a través de un Mesías, sino que nosotros tenemos que ser nuestros propios mesías y trabajar y luchar por ello.
- ¿Por qué tenemos miedo a poner rostro a la pobreza?
- A lo mejor, si le ponemos rostro a la pobreza acabamos por convertirla en un espejo donde se reflejan nuestras miserias. Además, la pobreza no se mide tanto por la posesión de más o menos bienes materiales, sino que tiene que ver con la idea de humillación. La pobreza es real, es verdadera, cuando alcanza el nivel de la afrenta, cuando la gente se siente insultada. Yo recuerdo que le preguntaba a mi abuela si había hambre o no en la posguerra. Y ella respondía: "aquí nunca hubo pobres". Es una frase tremenda. Si no hay humillación, no existe verdaderamente esa sensación de pobreza. Pero ponerle cara a la pobreza es ponerle cara a la humillación, y eso es mostrar el espejo en el que nosotros aparecemos como los que herimos. Y eso no le gusta a nadie.
- ¿Qué palabras pronuncia con mayor veneración?
- La palabra. Por encima de todas, la palabra "palabra".
- Una hipótesis? El día que falten los ideales (ya sabe: solidaridad, justicia?), ¿qué pasará?
- No puedo imaginarme un mundo de hombres y mujeres sin ideales, sin sueños, sin pasiones, sin deseos. Ya no serían seres humanos. Yo creo que nunca ocurrirá eso. O desaparecemos definitivamente, o mientras permanezcamos aquí subsistirá siempre, en algunos hombres y mujeres, por lo menos esa necesidad, esa curiosidad, ese afán por salir de la caverna. Por salir de la oscuridad y encontrar la luz. Siempre.
- En estos momentos, ¿por qué siente desasosiego?
- Por las injusticias, por el miedo, por la insensibilidad, por el desprecio, por ver cómo seguimos cayendo en los mismos errores y no avanzamos. Hemos cambiado la manera de enfrentarnos a la vida, hemos cambiado la manera de cometer los errores. Sin embargo, continúan siendo los mismos yerros.
- Ya no se habla del espíritu, como hacían los antiguos filósofos. ¿Eso es señal de algo?
- Se habla poco, pero al mismo tiempo aparecen por todas partes charlatanes vendiendo propuestas que tienen que ver con el mundo espiritual, la necesidad de trascendencia. Hay que hablar de eso que desconocemos, pero que necesitamos conocer. Siempre hay que ver la vida como un camino de aprendizaje. Y aunque es difícil, y encontramos dificultades, muros, paredes?, vamos avanzando, poco a poco, y vamos encontrando, en medio de esas contrariedades, por lo menos, un motivo de placer y de alegría: el de ir progresando.
«Leer, camino de perfección, es una manera de desvendar los ojos»
- ¿Leer también es una forma de resistir?
- Siempre. Leer es un camino de perfección, de conocimiento. Es aprender lo que no aprendemos por nuestra experiencia directa, inmediata que siempre resulta precaria. Y aprender de aquellos que aprehendieron y, a través de sus escritos, nos enseñan todos esos mundos que están en éste, y que muchas veces no podemos o no queremos ver. Leer es una manera de desvendar los ojos, de obligarnos a ver la realidad de un modo más profundo y más rico a lo acostumbrado.
- Si alguien dijese: "Tengo un odio visceral a las utopías", ¿qué pensaría?
- La utopía se convierte a veces en pensamiento único, y ése es uno de los peligros. Yo me formé, como muchos otros, en un pensamiento utópico, de esos que llamamos de izquierdas, y cuando se derribó el Muro de Berlín (a algunos les cayó encima; otros ya se habían apartado y todavía están escalando puestos) la situación nos devolvió a don Antonio Machado, a aquel "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar". Nos volvió a la idea de que no se pueden vender sendas para llegar al paraíso como vías únicas, excluyentes. Eso son teorías que acaban derivando en dogmas y en dictaduras. ¿Utopía? Sí, pero hemos de ser conscientes de lo que es: una utopía. Tenemos que ser juiciosos: Itaca no existe y que, sin embargo, continúa siendo necesario navegar rumbo a Itaca.
- La verdad más sabia para ir por la vida: ¿la leyó o la escuchó a alguien?
- La verdad más sabia es un conjunto de pequeñas verdades, que yo fui aprendiendo por cualquiera de las vías posibles que tenemos para acceder al conocimiento de la realidad de las cosas. Aprendí de viva voz, con los relatos de mis mayores, en la tradición oral, en los libros, en el contacto con las gentes, con sus territorios, con sus hábitats, con sus costumbres, con sus lenguas, con sus modos de vivir. La he ido aprendiendo día a día, instante a instante de la existencia. Lo importante es esa actitud.