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Una iniciativa para la puesta en valor del patrimonio del siglo XX 

Los artífices de la ´Edad de Oro´

El Modernismo llegó a la ciudad de la mano del catalán Ferriol, un gran arquitecto que supo adaptar la corriente arquitectónica y abrió un período de esplendor urbanístico

 
 Edificio en la Plaza de Sagasta, claro ejemplo del Modernismo.
Edificio en la Plaza de Sagasta, claro ejemplo del Modernismo.  Foto Sergio Campano.
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MARISOL LÓPEZ. La inclusión de Zamora en la Ruta del Modernismo atiende a una justa reivindicación de la arquitectura de principios del siglo XX en la capital, considerada por los expertos una auténtica "Edad de Oro" en el urbanismo de la ciudad. El Modernismo de Zamora no es ninguna imitación del estilo que marcó toda una época en Barcelona, sino que vino de la mano de un arquitecto catalán, Francesc Ferriol, que adaptó al gusto castellano la riqueza estilística del movimiento. En rigor, la capital zamorana es la única manifestación del Modernismo catalán en Castilla y León, de ahí la singularidad señalada por el doctor en Historia del Arte, Alvaro Avila de la Torre, autor de "Arquitectura y urbanismo en Zamora: 1850-1950". La plenitud que alcanzó la corriente arquitectónica en la primera década del siglo XX en Zamora se debe no sólo a la obra realizada directamente por el catalán, sino por la poderosa influencia que ejerció en sus coetáneos, como Gregorio Sánchez Arribas, Antonio García Sánchez-Blanco o Segundo Viloria.
Francesc Ferriol (nacido en Barcelona el 3 de mayo de 1871), había colaborado con el precursor del estilo modernista, Lluis Doménech i Montaner y ya había firmado proyectos de envergadura en su ciudad natal. La salud de su hijo, afectado de una severa minusvalía, obligó al arquitecto a buscar una plaza en la administración en lugar de trabajar por libre. Cuando se traslada a Zamora, en 1908, Ferriol había evolucionado de las técnicas aprendidas con su maestro y había sabido crear su propio lenguaje. Ocupó la plaza de arquitecto municipal, de la que había dimitido Pérez Arribas.
En la ciudad es autor de una veintena de inmuebles que distinguen ese período y que constituyen «excelentes ejemplos de la arquitectura modernista española», en opinión de Avila de la Torre. Pero, para entender el éxito del barcelonés en la Zamora de principios del XX hay que tener en cuenta otros factores que, junto a su valía profesional, lo convertiría en el personaje más sobresaliente de la arquitectura de la ciudad. Como ahora, Zamora era una pequeña capital de provincia, alejada de los grandes centros económicos y políticos. Existía una burguesía comercial e industrial, enriquecida en particular con el negocio harinero, que promovió la construcción de un importante número de edificios. Pero los medios, tanto materiales como económicos, eran menores que en otros municipios.
La mayoría de las obras de Ferriol se desarrolló siempre en solares pequeños e irregulares del casco antiguo, siempre condicionado por el espacio disponible. Por eso concede tanta importancia a las fachadas, en las que desarrolla su altísima capacidad profesional y su profundo conocimiento de las claves modernistas.
Eso no podía pasar desapercibido para los colegas de la época. «Poseedor de un nuevo lenguaje más efectista y lleno de originalidad, obligó al resto de arquitectos, especialmente a Gregorio Pérez Arribas, a buscar soluciones compositivas y ornamentales más arriesgadas, que pudieran competir con el trabajo del barcelonés. A partir de ese momento, la labor de todos ellos contribuyó a enriquecer la arquitectura zamorana, dándole un nuevo impulso y provocando que el patrimonio edificativo de la ciudad entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras de la siguiente centuria, adquiriera un altísimo nivel que la singulariza dentro de su ámbito regional», describe Alvaro Avila en su obra sobre Ferriol.
Uno de los frutos más destacados de esa sana competencia es la plaza de Sagasta, un conjunto arquitectónico de relevancia que aúna obras de Pérez Arribas, Sánchez Blanco y el propio Ferriol. El estilo ecléctico había dominado hasta la llegada del catalán la arquitectura zamorana. Claro ejemplo fue la apertura de la calle Viriato diseñada por Segundo Viloria. Con Ferriol, cuya primera obra fue la casa para el farmacéutico Gregorio Prada en la confluencia de las calles Renova y Quebrantahuesos, llegarían los aires mediterráneos que tanto éxito consiguieron en plena Meseta, además de una forma de entender la ciudad que trascendía la concepción de un edificio como una acción aislada y que buscaba un nuevo horizonte urbanístico justo cuando nuevos derribos de muralla daban origen al Ensanche de la ciudad.
La huella modernista se extiende de la Plaza Mayor al extremo opuesto en Santa Clara, con salvedades como el antiguo edificio del Jarama, en la Puerta de la Feria, aunque es Sagasta, por su interés formal, la que mejor concentra la muestra de aquella "Edad de Oro". En la que antiguamente se denominara plaza de la Hierba confluían los caminos que conducían desde las Puertas de San Torcuato y de Santa Clara hasta la Plaza Mayor. Era una zona de gran tradición comercial y muy transitada, en cuyas cercanías se asentó el mercado de frutas hasta la apertura del Mercado de Abastos proyectado por Segundo Viloria.
Los edificios de Sagasta corresponden a esa etapa de bonanza económica de principios de siglo que lleva a los comerciantes enriquecidos a manifestar su nuevo estatus a través de la vivienda. En los edificios proyectados vivían los comerciantes, que dedicaban al negocio la planta baja. En el mencionado inmueble proyectado por Ferriol para la familia Prada, se utilizan por primera vez en Zamora motivos ornamentales vegetales y geométricos, rematando el mirador con cerámica vidirada en forma de escamas.
La construcción obligó a esmerarse en intervenciones posteriores, como es el caso de las viviendas contiguas obra de Pérez Arribas. En el conjunto destaca el número 3, conocido como de Las Cariátides, por las cuatro figuras situadas en la planta primera. En la Guía de Arquitectura de Joaquín Hernández, se apunta la autoría de Pérez Arribas, aunque no documentada, «a juzgar por las coincidencias estilísticas con otras obras de este arquitecto» en torno a la fecha de ejecución, 1910. Sánchez Blanco, Segundo Viloria y Enrique Crespo (aunque la obra del primero es de la década de 1880 y en el segundo caso, el edificio que cierra la plaza se construyó en 1953) también dejaron su impronta en este espacio que tiene como particularidad «la correcta integración de los diferentes estilos de los cinco arquitectos activos en la ciudad a principio del siglo XX».

Acto de justicia que ha tardado un siglo en cumplirse
Ferriol permaneció en Zamora hasta 1916. Se trasladó a Cádiz, obligado nuevamente por razones familiares, ya que ni su mujer ni su hijo podían adaptarse al duro clima de la Meseta. A pesar de su buena relación con la burguesía incipiente, Ferriol apenas contactó con las clases más acomodadas, con lo que nunca llegó a realizar ninguna gran obra de fábrica o residencial. Dejó proyectos que nunca llegaron a ver la luz, como el matadero municipal. También es autor de planos de alineación, que desvelan un espléndido trabajo para ampliar la Plaza Mayor, en 1908. También firmó algunos edificios públicos en los que optó por un lenguaje más contenido o claramente clasicista, como el Laboratorio Municipal o el Teatro Ramos Carrión. En esos ocho años como arquitecto municipal, la labor de Ferriol con el resto de los profesionales de su época, labró la huella de un nuevo urbanismo en la ciudad. La distinción de integrarla en la ruta modernista no es más que un simple acto de justicia y reconocimiento para el que ha tenido que pasar un siglo de arquitectura.

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