Patología y profesión Patología y profesión

14.09.2010 | 00:00
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La deuda, piensa uno, debería ser la excepción, no la regla. Sin embargo, es la regla. Todos nuestros ayuntamientos deben dinero, igual que todas nuestras comunidades, igual que el Estado central. A la deuda pública (y de usted y mía por lo tanto) hay que añadir la privada (la de nuestro vecino, la de nuestro hermano, la propia). Ignoramos la cifra total, pero debe de ser estremecedora. La cultura de Occidente es la de la deuda mientras que la de Oriente es la del ahorro. Una parte del cerebro nos empuja a firmar letras de cambio y la otra a engordar el calcetín. Ambos impulsos circulan del hemisferio izquierdo al derecho a través del cuerpo calloso y ahí es donde se producen las interferencias o los atascos, el caso es que el mundo -tal como señala la publicidad de ING Direct- se divide en ahorradores y gastadores. China e India son ahorradoras mientras que Europa y EE UU son gastadoras.

Crecí en un ambiente donde nos enseñaban que si ganabas 100 debías ahorrar 10. A veces no se podía ahorrar ni cinco, pero en todas las casas había una hucha en la que se guardaban los céntimos. Al final de año, la suma de esos céntimos servía para comprar el turrón de navidad. La cultura de la deuda no florece, curiosamente en los países pobres, sino en los ricos. Uno empieza a endeudarse cuando no lo necesita. Muchos lectores recordarán los comienzos y la posterior explosión de la venta a plazos en España. Parecía un chollo comprarse una tele o un coche desembolsando sólo, de momento, una entrada. La deuda engancha al modo de la droga. La pruebas una vez para adquirir, no sé, un traje, y a los pocos meses te preguntas que por qué no una nevera de dos cuerpos. Y ahí es donde empieza el círculo vicioso compuesto por la díada «tolerancia/adición». Cuando te quieres dar cuenta, debes más de lo que ganas.

La teoría de que uno puede endeudarse de acuerdo a su capacidad es eso, una teoría. La realidad demuestra que controlar la adición a la deuda es más difícil que salir de la heroína. Muchos ayuntamientos no podrían pagar las nóminas sin hipotecarse. Somos una sociedad deudora, insolvente, quizá quebrada, una sociedad que se desayuna con la deuda y se acuesta con ella. Ya no podríamos ahorrar ni aunque nos sobrara la pasta.


La deuda, piensa uno, debería ser la excepción, no la regla. Sin embargo, es la regla. Todos nuestros ayuntamientos deben dinero, igual que todas nuestras comunidades, igual que el Estado central. A la deuda pública (y de usted y mía por lo tanto) hay que añadir la privada (la de nuestro vecino, la de nuestro hermano, la propia). Ignoramos la cifra total, pero debe de ser estremecedora. La cultura de Occidente es la de la deuda mientras que la de Oriente es la del ahorro. Una parte del cerebro nos empuja a firmar letras de cambio y la otra a engordar el calcetín. Ambos impulsos circulan del hemisferio izquierdo al derecho a través del cuerpo calloso y ahí es donde se producen las interferencias o los atascos, el caso es que el mundo -tal como señala la publicidad de ING Direct- se divide en ahorradores y gastadores. China e India son ahorradoras mientras que Europa y EE UU son gastadoras.

Crecí en un ambiente donde nos enseñaban que si ganabas 100 debías ahorrar 10. A veces no se podía ahorrar ni cinco, pero en todas las casas había una hucha en la que se guardaban los céntimos. Al final de año, la suma de esos céntimos servía para comprar el turrón de navidad. La cultura de la deuda no florece, curiosamente en los países pobres, sino en los ricos. Uno empieza a endeudarse cuando no lo necesita. Muchos lectores recordarán los comienzos y la posterior explosión de la venta a plazos en España. Parecía un chollo comprarse una tele o un coche desembolsando sólo, de momento, una entrada. La deuda engancha al modo de la droga. La pruebas una vez para adquirir, no sé, un traje, y a los pocos meses te preguntas que por qué no una nevera de dos cuerpos. Y ahí es donde empieza el círculo vicioso compuesto por la díada «tolerancia/adición». Cuando te quieres dar cuenta, debes más de lo que ganas.

La teoría de que uno puede endeudarse de acuerdo a su capacidad es eso, una teoría. La realidad demuestra que controlar la adición a la deuda es más difícil que salir de la heroína. Muchos ayuntamientos no podrían pagar las nóminas sin hipotecarse. Somos una sociedad deudora, insolvente, quizá quebrada, una sociedad que se desayuna con la deuda y se acuesta con ella. Ya no podríamos ahorrar ni aunque nos sobrara la pasta.

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