El domingo que reluce más que el sol

Cien millones de televidentes vieron la final de la liga de fútbol americano, un acto tan deportivo como social y con el que los publicistas se frotan las manos

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FRANCO TORRE ,LOS ÁNGELES Los Ángeles, «Super Sunday», el domingo de todos los domingos, el día de la «Super Bowl».
Podía caerse el mundo en este día pero la portada del «Los Angeles Times» no se la roba nadie a un tal Peyton Manning de los Colst de Indiana, al parecer lo más de lo más en fútbol americano, lo que no fue suficiente. Salió derrotado contra todo pronóstico frente a Nueva Orleans. La final del campeonato de fútbol americano volvió a ser un espectáculo grandioso, uno de los acontecimientos con mayor audiencia del mundo. Sólo unos miles de privilegiados pudieron acudir al estadio. El resto, los de aquí como los de ese lado del charco, tuvieron que conformarse con seguirlo en la pantalla.

Cada empresa tuvo que pagar entre 2,5 y 3,5 millones de dólares por los anuncios de 30 segundos

Un grupo cristiano aprovechó la audiencia para emitir una película comercial contra el aborto

Mediodía en el «Wilshire Live», oscuro bar con televisor de gran tamaño y bebidas a buen precio. Local animado, buen sitio para ver el partido. Un par de tipos con la camiseta de los Colts tienen ganas de dar marcha al cotarro. Los tipos de azul, seguros de la victoria, empiezan a confraternizar y a preocuparse más de ligar que del juego. Ambiente demasiado cargado, final del primer cuarto, buen momento para cambiar de escenario en busca de un lugar con los corazones más divididos.
En La Cienega Boulevard, un restaurante japonés exhibe un curioso cartel: «Super Bowl Sunday in HD. Half Price Drinks». Para los profanos: ofrecían la Super Bowl en televisores HD, y además las bebidas a mitad de precio. Exotismo y alcohol por un módico desembolso. Hay un sitio apañado en la barra y la camarera habla un mal inglés, así que es más fácil entenderse. Los Saints también ganan con el cambio: del sonrojante 10-0 del primer tiempo pasaron al 10-6 del descanso. Los de allí, televisor de por medio, ya nos habíamos aficionado a la cerveza «Sapporo», que pese al nombre japonés se envasa en Nueva York y se sirve en pintas.
Con el descanso llegó «The Who» y su animada macedonia de éxitos. Un camarero llamado Greison, o algo así, de pronunciados rasgos orientales y apodado «el chulapo» dice que tiene una madre argentina y un padre mexicano pero apenas sabe pronunciar en español ¿cómo estás? Una colombiana y una japonesa entran en el local durante el tercer cuarto y el partido pierde interés para el tal «Greison».
Llega el último cuarto. Los Saints, que iban uno abajo, le dieron la vuelta a la tortilla. Dos «touchdowns» consecutivos machacaron la defensa de Indiana y acercaron el triunfo a la maltrecha ribera de Nueva Orleans. Drew Brees, que en el descanso se veía hundido e impotente, acabó convirtiéndose en el mejor jugador de la final.
Los que aguantaron en el restaurante japonés salían tambaleándose. Las «Sapporo» y la euforia comenzaban a alcanzar la cabeza. Las gambas recocidas que el tal «Greison» ofrecía como tapa eran poca cosa para engullir los efectos de la cebada fermentada. Wilshire Boulevard arriba, camino de Orange Street, se escucha una vieja armónica, desgastada por el uso y por los años. La lengua busca el hueco número 5, el que marca la salida, y suena un viejo blues, homenaje a los ganaderos de Nueva Orleans.
Si hay un domingo que reluce más que en sol en América ese es el de la Super Bowl. Particularmente para los negociantes. Cien millones de personas siguieron el encuentro por televisión. Cada empresa tuvo que pagar entre 2,5 y 3,5 millones de dólares por los anuncios de 30 segundos emitidos en esa franja. Toyota se dedicó a tranquilizar a los agobiados conductores americanos que sufren un problema con el acelerador de su coche japonés y hasta un grupo cristiano «Focus on the family» aprovechó tan privilegiada audiencia para emitir una película comercial en contra del aborto. Eso es América, aquí todo, hasta la moralidad, se acaba midiendo por la cartera.

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