PEPE RODRÍGUEZ
Es dura la vida del fan del fútbol americano por estos pagos: al igual que los demás seguidores de deportes más europeos, son ruidosos y muy pesados, pero no tienen gente en los bares, en los trabajos, con los que discutir, y por eso discuten ellos solos, enfadándose consigo mismos si es necesario, por aquello de llevar la contraria. En dos palabras, bichos raros.
El mismo domingo de la Super Bowl, tal que anteayer, no hablan de otra cosa. La suegra les pone el cocido con cara de susto. El suegro sólo quiere hablar de la expulsión de Piqué, pero no hay manera: hoy toca Peyton Manning.
Con la oscuridad, como murciélagos, estos locos del balón ovalado comienzan a disfrutar con lo suyo. Todo comienza, siempre, con una señora cantando el himno americano y alargándolo en gorgoritos absurdos para regocijo de la parroquia de Miami. El grado de inmersión de nuestro protagonista en este acto es tal que, de la emoción, ya ha ido a la nevera a por una tercera (o cuarta) cerveza.
Una de las cosas que distinguen a los que llevan aquí toda la vida viendo Super Bowls es que las grandes jugadas se celebran en silencio, mordiéndose las uñas. Éste es un deporte de colisión.
Las celebraciones han de ser proporcionales: rudas, ruidosas, varoniles, del tipo de pegar un cabezazo a la mesa o romperse algún hueso. Este escenario natural, obviamente, se ve suplantado por un ligero movimiento de puños ante el televisor para no despertar al vecino.
Cuando Tracy Porter logra leer la mente de ese genio llamado Peyton Manning y sella el triunfo de los New Orleans Saints con una intercepción espectacular, se escapa un ligero gritito de satisfacción. La parienta se levanta para romper toda la magia: «¿Todavía tas levantáu con esa chorrada?».
Sí, todavía, porque nuestro héroe tiene que ver a las cinco de la madrugada cómo Bourbon Street, en pleno barrio francés de New Orleans, celebra a todo trapo el primer título de su historia.
El despertador sonará a las ocho de la mañana, pero la vigilia mereció la pena. Ya sólo queda un año por delante para volver a disfrutar.