LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, ANTONIO G. GONZÁLEZ
«Va a más. Y encima si los bandidos cobran...». Elena Valenciano, portavoz de relaciones exteriores del PSOE, expresa de esta manera algo en lo que, por otra parte, coincide plenamente su homólogo en el PP, Gustavo de Arístegui. La industria del secuestro de ciudadanos occidentales en el Sahel, la franja amplísima de países subsaharianos muy pobres que hace de frontera entre el Magreb y el África negra, que va de Mauritania hasta Eritrea y que ha sido, además, nido histórico de contrabando y bandidaje en sus regiones más aisladas, no ha hecho probablemente más que comenzar. Y España, al igual que otros países europeos, se halla actualmente estableciendo mecanismos para, en el nivel más urgente, gestionar la liberación los secuestrados, como, sin ir más lejos, los cooperantes catalanes capturados ahora por Al Qaeda en Mauritania.
A España le ha tocado, además, por partida doble. En el Este, aunque algo por debajo del Sahel, en las costas de Somalia, hace nada el secuestro del barco atunero «Alakrana» por una de las emergentes bandas de piratas. Ahora, en el este de Mauritania, uno de los platos favoritos de los grupos armados integristas islámicos, que han penetrado en un área en la cual no tenían antecedentes: los cooperantes europeos. Éstos son vistos, además, como una avanzadilla del dominio de Satán, como la perversa cara buena de la dominación occidental. Igualmente Valenciano y Arístegui coinciden en la vulnerabilidad que la inestabilidad del Sahel representa para España, frente a la lejana Afganistán.
Grado de penetración. «Era cuestión de tiempo que el Sahel albergara campamentos terroristas en un número de varios ya por país. Y que Al Qaeda crease su red propia [llamada Al Qaeda del Magreb Islamista] más allá de la franquicia de sus operaciones en África», subraya Arístegui. «Y, francamente, haber ignorado esta realidad ha sido una enorme irresponsabilidad».
El desplazamiento de las bases del terrorismo islamista que azota Argelia desde hace ya veinte años y, en menor medida, a Marruecos hacia las zonas más aisladas de Mauritania, Malí, Níger, Burkina y Chad, es un hecho. Sin embargo, sobre la infiltración terrorista en el Sahel existen dos grandes versiones contrapuestas. Una, la del discurso occidental, que Europa matiza pero que Estados Unidos infla, señala directamente que esta franja se está convirtiendo en un nuevo Afganistán. Y Washington, no en vano, ha creado un cuerpo de Ejército para África (Africom), aún pendiente de despliegue definitivo. La versión contraria, sostenida por los movimientos altermundialistas, viene a decir, en suma, que, al igual que sucediera en Irak, la presencia terrorista invocada, más allá de coyunturas propias de la geografía de la miseria, es falsa y responde a una mera estrategia de penetración militar de EE UU en África. Y que lo que hay es otra guerra fría, con China en liza, en la que se disputan con intensidad creciente los recursos naturales del continente.
Versiones distintas. Seguramente las cosas sean algo más complejas. Dando por hecho lo «alarmante», a su juicio, de la radicalización saheliana, Valenciano cree que «ambas posiciones adolecen de cierto simplismo». A juicio de la dirigente socialista, «el PSOE está en una posición intermedia entre ambas lecturas». Sean como fueren las dosis de los ingredientes del cóctel, lo cierto es que el Sahel se ha convertido en un inquietante «agujero negro» con un riesgo de activarse como bomba de alcance internacional. No obstante, da la impresión de que, frente a versiones definitivas, aún es una preocupante geometría variable de peligros, un campo de batalla abierto en el que pugnan viejos y nuevos actores en un contexto de degradación de las condiciones materiales de la población.
El hambre avanza. Lo primero es la miseria. El Sahel es el territorio de las grandes hambrunas, la foto terrible de la desnutrición infantil. Y esto ha ido a más en los últimos veinte años a causa de una sumatoria atroz: las sequías recurrentes por el cambio climático y la globalización alimentaria, que se ha llevado por delante a buena parte del tejido agrícola de consumo local. Al haberse vuelto más barato importar alimentos básicos que producirlos, se han abandonado campos y cultivos autóctonos en favor de la importación de otros, convirtiendo a estos países totalmente dependientes de los precios internacionales. Además, otras muchas tierras se han dedicado a cultivos de exportación, cuando no a biocombustibles, sustrayéndose, así, a la lógica de la seguridad alimentaria. Resultado: más hambre, como recalca la FAO. Y, en este marco, las actividades delictivas en regiones fronterizas y, por lo tanto, proclives al contrabando y al bandidaje, han ido arreciando.
Es en este escenario en el que el proselitismo del radicalismo islámico ha entrado en juego, apoyado, además, en la creación paralela de redes sanitarias y alimentarias en las nuevas mezquitas. Y va haciendo mella en algunos países, como Nigeria y Níger. Ello, aún a pesar de que el secular islamismo africano esté construido con los mimbres de la moderación suní y el misticismo sufí, que siempre implicó un rechazo a la politización de la religión perceptible en la sociedad africana. Y, como no podía ser menos, la mezcla ambivalente entre grupos radicales y bandidaje en el Sahel se da por si sola: ambos se necesitan y se utilizan.
En tercer lugar, ciertamente existe una competencia brutal entre las potencias emergentes como China e India con EE UU y Europa por los recursos naturales del continente, que hacen literalmente de todo al efecto. Sin ir más lejos, Níger es ahora escenario de la «guerra del uranio», mineral del que es primer proveedor mundial, como otras tantas que hay abiertas en otras partes de África, la del coltán, el petróleo... Obviamente, esto no es ajeno al interés militar de EE UU.
Muchos actores. Ahora bien, estos factores de desestabilización tienen contrapesos fuertes que lo dejan todo abierto. De un lado, se trata del territorio nómada por excelencia. Y esto presupone un conflicto histórico preexistente, intenso y en vigor más allá del dosier islamista. Y del otro lado están los propios estados africanos, inmersos en un proceso en ciernes de recuperación de soberanía política tras el caos posterior a la caída del muro de Berlín.