La familia, el mejor golpe de Nadal

El tenista mallorquín, número dos del mundo, basa gran parte de sus éxitos en el constante apoyo que recibe de su entorno más íntimo

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Nadal devuelve una bola a su rival, el croata Ivan Ljubicic, el viernes pasado en los cuartos de final del Master 1000 de Shanghai. / Foto Efe
Nadal devuelve una bola a su rival, el croata Ivan Ljubicic, el viernes pasado en los cuartos de final del Master 1000 de Shanghai. / Foto Efe 

RICARD CABOT Rafael Nadal (Manacor, 1986) es quien le pega a la pelota con toda la fuerza del mundo, el que celebra los puntos al estilo Jimmy Connors y el que levanta los trofeos, el último, el Master 1000 de Roma el pasado mes de mayo, el trigésimo sexto de su carrera. Tras el mejor tenista español de todos los tiempos se encuentra una familia que le arropa desde pequeño, en los buenos y malos momentos. Y también un extraordinario entrenador que, por encima de todo lo que pueda enseñar a su sobrino, le inculca humildad, «que tenga los pies en el suelo», repite siempre Toni Nadal (Palma, 1960), la persona que lleva la carrera profesional de Rafael y el principal culpable de que ésta resulte meteórica. Antes que el tenista está la persona. Esta es la consigna de los Nadal, que ha calado hondo en el jugador, respetuoso siempre con el rival, se llame Federer o uno perdido en la clasificación de la ATP.


Y es que para este padre de familia, que convive con Joana María, con la que tiene tres hijos: Marta, de ocho años; Toni, de seis y Joan, de cinco, el tenis es un trabajo más, del que disfruta como nadie. Se dedica plenamente a dirigir la carrera de Rafael, pese a que mantiene negocios de pistas de pádel y de vidrio con su hermano Sebastià, padre del campeón. «Él se encarga de que el negocio funcione y yo de que lo haga su hijo», bromea.


Se empeña en todo momento en que la vida le cambie lo justo, pese a que durante su estancia en Manacor, tras la conquista de su primer Roland Garros, en 2005, la situación llegó a convertirse en agobiante. Peor lo pasó Rafael, que lo único que busca en sus cada vez más cortas estancias en su ciudad natal es descansar y estar el máximo tiempo con la familia y amigos.


Toni, que en la década de los ochenta dejó a medias las carreras de Derecho e Historia, llegó a jugar en Segunda categoría nacional, colocándose entre los treinta mejores españoles. Pero no pasó de ahí. Sin embargo, el tenis lo llevaba en la sangre y se hizo un hueco como entrenador en el Club Tenis Manacor, una instalación a tiro de piedra de su casa y a la que en muchas ocasiones llegaba en Vespa acompañando a alguno de sus alumnos. Fue allí donde Rafael se enamoró del tenis. Un día del verano de 1990, con cuatro años recién cumplidos, el tetracampeón de París acompañó a su padre, que había quedado con su hermano, al Club de Tenis, y fue cuando quedó prendado del movimiento de la pelota de un lado a otro de la red. Los años pasaron y Rafael seguía destacando en fútbol, el deporte que practicaba, quizá influenciado por su tío Miguel Ángel, rutilante estrella del Dream Team de Cruyff, pero la condición de entrenador de tenis de su tío pudo más que cualquier otro condicionante. Y desde que Rafael tiene 11 años, Toni se dedica en exclusiva a la carrera de su sobrino.


Su tío y entrenador, antidivo por antonomasia, es el mejor acompañante que podría tener Rafael. El entorno del jugador es, precisamente, lo que más han destacado todos los expertos, por encima incluso de las cualidades del tenista. Rafael, por no saber, hasta desconoce el dinero que lleva encima. Su tío es quien le pone los pies en la tierra.


Su mentor le ha dado auténticas lecciones de vida, al margen de lo que le ha enseñado en las pistas de tenis. La primera vez que se proclamó campeón de España absoluto, Toni le enseñó una larga lista de campeones que, con el tiempo, se han quedado en nada. O como, en el vestuario del All England Tennis Club, tras acabar de perder de forma dramática ante Roger Federer su segunda final consecutiva en Wimbledon, en 2007, y viendo destrozado a su sobrino, le dijo: «No tienes derecho a llorar. Cualquiera pagaría por estar ahora en tu lugar. Tú no tienes ningún problema, sólo has perdido una final de un torneo de tenis». Si el tío Toni es quien controla los pasos del tenista en la pista, su padre, Sebastià, es el que maneja todos los movimientos de su carrera profesional. Recientemente separado de su mujer Ana María, circunstancia que, en palabras de Rafael Nadal, le ha afectado especialmente, cualquier decisión que afecte al tenista debe tener la bendición del padre. Es el encargado de controlar el patrimonio del deportista. Todo contrato, tanto deportivo como publicitario, ha de contar con su visto bueno, para bien de la empresa. Con novia desde hace un par de años, Xisca Perelló, una chica del grupo de amigas de su hermana María Isabel y que ya le ha acompañado en algunos torneos, Rafael vive en Manacor con su madre, a la que se siente más unido desde su separación.


En la factura del campeón mallorquín aparecen los estudios. Tuvo que abandonarlos en cuarto de ESO, después de que todo se precipitara y empezara a ganar torneos. Tan empeñados estaban sus padres en que estudiara, que un año se perdió Roland Garros porque tenía que hacer los exámenes. «Se hizo profesional demasiado pronto y era completamente imposible compaginarlo. Yo lo llevé muy mal. No podía consentir que no estudiase, pero la vida te acaba imponiendo las cosas», afirma, resignada, su madre.


La familia, establecida en Manacor desde el siglo XIV, es la primera fan de Rafael. Muchos de ellos comparten empresas y toda la familia participa en negocios inmobiliarios. A los miembros de la multitudinaria familia Nadal es habitual verles practicar deporte. El joven de 22 años es ahora el orgulloso dueño de 36 títulos individuales, seis de ellos Grand Slam, una medalla de oro olímpica y decenas de premios más a nivel internacional por sus logros deportivos y aporte a la humanidad. El número dos del mundo es un ejemplo a seguir para millones de niños que sueñan con ser como el campeón, un chico rodeado de una familia normal, que se caracteriza por ser sencillo y que está muy agradecido a la vida.

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