¿Qué rayos hacer?

Aceptamos que la muerte de un soldado es noticia

 
Juan José Millás
Juan José Millás 

JUAN JOSÉ MILLÁS. Nadie logra explicarme por qué cuando un soldado (profesión de riesgo libremente elegida) es herido en un conflicto bélico se convierte en noticia y cuando un obrero se mata en la obra, no. ¿Qué muerte era más previsible, la del soldado o la del obrero? Teóricamente, la del soldado. Los obreros no deberían morir en la cantidad en la que mueren. Ni siquiera deberían perder los brazos o las piernas en la cantidad en la que los pierden. Sin embargo, hemos aceptado como normal no sólo que fallezcan, sino que apenas se hable de ellos en los periódicos. Nos escandalizan más las muertes de los militares que las de los civiles. Quiere decirse que algo no funciona. Si entras en un foro digital para hacer una pregunta de este tipo, te dan respuestas paranormales. Al principio te irrita, pero al final acabas aceptando que hay asuntos que carecen de explicación racional.
En los alrededores del mercado de la Boquería, en Barcelona, venía practicándose el sexo de pago desde tiempos inmemoriales. El asunto era en verdad escandaloso, pero nadie se atrevía a ponerle el cascabel al gato hasta que un periódico publicó unas fotos realmente inquietantes, unas imágenes que conmocionaron a la opinión pública. Entonces llegó la poli y limpió la zona, ya veremos durante cuánto tiempo. Algunos lectores se quejaron por la crudeza del documento, pero da la impresión de que sólo actuamos a golpes de crudeza. A lo mejor convendría publicar en primera página la foto de los obreros despeñados desde los andamios. Te despeñas desde el Himalaya, adonde nadie te ha mandado ir, y te convierten en un héroe. Te falla el arnés de seguridad de la torre donde limpias cristales, adonde te llevó el hambre, y ahí te pudras. Va ser verdad que está todo patas arriba.
A veces veo el telediario junto a unos adolescentes que se cagan en todas las noticias (más que en todas las noticias, en el modo de darlas). Me vuelvo hacia ellos para que se callen y me preguntan si no me doy cuenta de que es todo un disparate. «Te la están metiendo doblada», dicen. Yo pongo cara de persona mayor, de persona que entiende, pero en el fondo reconozco que los malditos críos tienen razón. Así que no sé qué rayos hacer o adónde apuntarme.

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