PACO ANTÓN.
El mes pasado viví sin vivir en mí la mar de preocupado por el congreso del PP, en una permanente zozobra por saber cuál sería el rumbo político que tomaría el primer partido de la oposición y, sobre todo, por intuir quién ganaría el combate del siglo, que al final se aplazó, entre Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre. Tenía que haber estado yo más centrado en asuntos como la declaración de la renta, pasar la ITV del coche, ver cómo hincarle el diente a la cesta de la compra, renegociar la hipoteca? E incluso en analizar estrategias futbolísticas para vislumbrar qué papel podría hacer España en la Eurocopa. Pero felizmente me inundó la cordura, obvié todas estas bagatelas y centré mis sentidos y todas mis expectativas en lo que ocurría en el trascendental cónclave de los populares y en cómo el líder gallego pasaba facturas atrasadas a antiguos compañeros de viaje que ahora se la habían encarado. Con Rajoy reelegido y de nuevo en el machito, ya me da igual hasta el precio de la gasolina.
A mí es que me pierde la política. Porque he comenzado julio con idéntica actitud y parecidas expectativas en el congreso federal del PSOE. En principio, pendiente de quiénes serían los delegados que representarían en Madrid a los socialistas zamoranos, que ahí nos jugábamos parte del futuro de la provincia. Y, luego, pues en vilo por comprobar si en la nueva dirección del partido se lograría la sacrosanta paridad entre hombres y mujeres, por ver en qué quedaba la ley de plazos sobre el aborto, por dónde irían las nuevas propuestas para reforzar la laicidad, si se aprobaba o no algo parecido a la eutanasia, si se suprimirían los crucifijos en los actos oficiales, si por fin se eliminarían los funerales de Estado, cuántos castellanos y leoneses entrarían en la Ejecutiva Federal? y, por supuesto, verificar si Rodríguez Zapatero sería reelegido como jefe del cotarro con el 98 o con el 99 por ciento de los votos.
Ni los unos ni los otros, ni el PP ni el PSOE, me han defraudado lo más mínimo. ¿Qué digo? Incluso me han sorprendido muy gratamente. Y los socialistas han acabado por alegrarme las vacaciones del todo. No sólo han encontrado en Leire Pajín a su Dolores de Cospedal, sino que incluso la delegación zamorana ha conseguido hacerse una foto con Patxi López. No se podía pedir más. Bueno, quizá alguien esperaba que Ana Sánchez saliera con algún cargo más, pero es que ya no le caben, que la senadora ahora es también miembro de la delegación española en la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa. Y no conviene abusar. En suma, que el congreso me ha llevado a tal éxtasis que hasta me he olvidado de las rebajas. Menos mal que ahí estaba el presidente y hoy renovado secretario general para recordármelo. No se les puede echar en cara a los socialistas que no haya hablado de los tipos de interés, del paro, del precio de los alimentos, del PIB, del Euríbor y de las hipotecas, de la Bolsa, del batacazo inmobiliario, de la energía, del petróleo y de la gasolina, de las eléctricas? Y no se les puede echar en cara, porque éstas son naderías a las que ZP ha encontrado remedio con el discurso sobre economía más sucinto y directo de la historia: «Españoles: no os acojonéis. Sed optimistas? ¡Y a consumir!».