Una bodega de Toro asegura producir el vino ´más bio´ del mundo

Los productores del Volvoreta 2011 afirman que es "el primer vino salvaje de elite, sin sulfitos"

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JUANMA DE SAÁ/ ICAL La bodega Volvoreta, de la Denominación de Origen Toro asegura haber producido el vino "más bio" del mundo, que califican de "parto natural", es decir, sin sulfitos añadidos "para no matar nada". "Ni levaduras autóctonas ni el resto de la vida que tienen de forma natural las uvas de nuestra viña, a la cual apoyamos para que sea lo más parecida posible a su estado salvaje", señalaron desde la empresa.

Los responsables de la bodega, quienes califican al Volvoreta 2011 de "elegante, muy frutal, floral, perfumado, balsámico y con aromas y sabores inimitables", recalcaron que este vino "ya es merecedor, antes de salir al mercado, de más de 92 puntos en las mejores guías nacionales e internacionales".

En este sentido, la firma adscrita a la DO Toro recordó que en añadas anteriores, ya hubo vinos que recibieron "excelentes puntuaciones" del prestigioso "gurú" internacional del vino, Robert Parker, así como de la revista estadounidense para expertos ´Wine&Spirits´ y los 97,5 puntos acreditados en la pasada edición de BioCordoba.

En 2008, Volvoreta fue elegido con su proyecto "pionero" de la Universidad de Barcelona y el equipo de investigadores de Bioquímica y Biología Molecular del Cáncer, con resultados "concluyentes".

En ese mismo año recibió el Premio al Mejor Productor Ecológico de Castilla y León y, un año después, el Premio Nacional Biodiversidad entregado por el Ministerio de Medio Ambiente de España por un proyecto empresarial con prácticas sostenibles en el viñedo, según indicaron a la agencia Ical fuentes de la bodega. "En 2011, nuestra experiencia junto a investigadores de la Universidad de Madrid confirmó niveles máximos de resveratrol en muestras de uvas analizadas, casi 30 veces más de lo convencional, conseguidos de forma natural, superior a los 30 miligramos por litro", añadieron, en alusión al compuesto antimicrobiano que se acumula en altas concentraciones en la uva y sus derivados, entre otros alimentos, tras infecciones bacterianas o fúngicas y que ayuda a limitar la dispersión del agente patógeno. "Hemos dado un paso de gigante, retrocediendo más de 2.000 años para aprender a utilizar la madera y el barro de barricas y tinajas", concluyeron las mismas fuentes.

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