M. C.
Cuando alguien deja su tierra para comenzar de nuevo en otro lugar, a veces tan diferente en costumbres como en idioma, hay una parte del alma que se queda en el hogar que se abandona; por eso nunca se olvida... Hoy día son muchas las personas que se ven obligadas a convertirse en inmigrantes, situación que nunca es fácil. Y menos aún, teniendo en cuenta que hay determinadas nacionalidades estigmatizadas con un rechazo inicial, alimentado principalmente por prejuicios que perjudican, no sólo al inmigrante, sino también a quien lo posee. Y es que la inmigración también aporta, fuera de toda la carga negativa que ésta conlleva, una riqueza multicultural que hace crecer a quienes la comparten.
En el caso de Toro, quien hasta hace muy poco tiempo era el director de Cáritas Interparroquial de Toro, Antonio Jesús Martín, aporta una serie de datos sobre los casos de extranjeros que se encuentran en la localidad. Así, calcula que en Toro habrá unas 25 nacionalidades, aunque los extranjeros más numerosos son los rumanos, los búlgaros y los ecuatorianos. Además, el número de inmigrantes en la ciudad sobrepasa los 800, de los que un 70%, aproximadamente, reside de manera legal. Del total, alrededor de un 50% presenta una situación estable, con un trabajo, una vivienda y los niños escolarizados... aunque también es verdad que en estos momentos la situación general, y no sólo la de los inmigrantes, no es tan buena como cabría desear, puesto que la crisis afecta, en gran medida, a la pérdida del empleo. El otro 50% «tiene mucha movilidad, siempre buscando trabajo».
Según su experiencia, afirma que, en la mayoría de los casos, «lo que más necesitan los inmigrantes es alguien que les escuche». Parte de sus problemas de integración se deben a las diferencias que existen en cuanto a la procedencia y a los condicionamientos sociales, de forma que, en general, están mejor considerados los sudamericanos, «crean menos rechazo», y es que considera que la lengua es un factor clave en lo que respecta al nivel de integración. Por el contrario, la nacionalidad peor vista es la rumana, debido a que en ocasiones «vienen los de etnia gitana en plan clan, unos 50 juntos, que hacen asentamientos y crean conflictos», mientras que otros se integran «sin problemas».
En este sentido, asegura que la mayoría de inmigrantes realizan un gran esfuerzo por integrarse en la vida de la ciudad, puesto que piensan en tener un futuro aquí. Sin embargo, «los que piensan en hacer dinero y volver, pero no piensan en integrarse», encuentran muchas barreras sociales, culturales y lingüísticas.
En lo referente a la situación laboral, los inmigrantes desempeñan diversos trabajos, especialmente «los que la gente de aquí no quiere hacer», dado que se les suele dar el trabajo «más bajo porque no imponen condiciones, ni laborales, ni económicas». Y sin embargo, muchos de los extranjeros que llegan aquí tienen un buen nivel cultural, con «buenas carreras y buenos trabajos en su país».
Un 90% de los inmigrantes, añade Martín, se acerca a Cáritas para demandar, fundamentalmente, ayuda legal, de resolución de trámites burocráticos, de escolarización, ayudas para encontrar trabajo o vivienda, ropa, comida... esto es, «lo más inmediato». Y lo primero que les ofrece Cáritas es acogida, escucha y atención, así como asistencia burocrática, la posibilidad de un empleo, ayuda para encontrar vivienda y la integración de los niños.
Como conclusión, Martín de forma personal, añade que «creo que el contacto con otras personas y culturas es enriquecedor», aunque considera que «también tiene que haber un control, así como ayudas para estos países, porque nadie deja su país por gusto».