Actualmente dirige la clínica dental Virgen del Canto.
Esther de la Rosa se considera tan toresana como dominicana, dado que «llevo aquí la mitad de mi vida, de mis 40 años, llevo 19 en Toro». Pese a que es licenciada en Derecho, y a que trabajó como Notaria en su país, aquí le resulta tan difícil encontrar un trabajo, que aprovecha cada oportunidad que tiene para ampliar su formación. Reconoce que echa «mucho de menos» la celebración de las diversas fiestas, puesto que en su país «todos se unen en cada celebración, sacando la fiesta a la calle, con música, con mucha alegría, y todos los que participan aportan algo, que comparten todos juntos».
Señala que ahora, tanto sus hermanas como ella, «tenemos que hacer las cosas por las que antes pagábamos para que nos hicieran en casa», pero «son cosas que hay que encarar, porque ahora nos tocó a nosotros, pero en otras ocasiones les tocó a los españoles emigrar, en mi país hay muchísimos españoles».
Por otra parte, asegura que «lo que más echo de menos es el calor humano, porque después de tanto tiempo aquí, hay gente a la que veo a diario, pero sin embargo, ellos se muestran indiferentes». Incluso matiza que a veces «hay gente que no se nos acerca porque tienen miedo de que les contagiemos el color de la piel».
Su hermana, María Elisa de la Rosa, que es licenciada en Veterinaria, lamenta que aquí no puede ejercer su profesión. Añade, además, que son nueve hermanos, todos con estudios universitarios. Además, indica que «aquí todavía veo que existe algo de discriminación, y eso duele».
Por su parte, la colombiana Luz Elena Gallego, de 43 años, comenta que ahora está trabajando en el campo, aunque anteriormente también ha trabajado en la hostelería. Lleva ocho años en Toro, y diez en España, y aquí vive con sus tres hijos y con su pareja, pero el resto de su familia permanece en Colombia. Añora las fiestas en su país, porque «son mucho más alegres». Asegura que «echo de menos mi país una barbaridad».
El matrimonio formado por Piedad Rivera, de 36 años, y Miguel Ángel Isatigasi, de 34, ambos ecuatorianos, está de acuerdo en que «para nosotros es muy difícil la vida aquí, y sobre todo cuando llegan fiestas como la Navidad, por la distancia de la familia, y también porque hay tradiciones diferentes».