M. B.
Mañana domingo se celebra en Toro una de las pocas «procesiones de los difuntos» que aún perviven en España. Denominada también Fiesta del Cementerio, está organizada por la Cofradía de Jesús y Ánimas de la Campanilla y responde a uno de los fines más antiguos de esta agrupación religiosa de marcado carácter semanasantero, como es «rogar por las almas de los difuntos», como ha recordado su presidente, José Manuel de la Fuente.
Según cuenta el historiador José Navarro Talegón, esta procesión se enmarca en las «obligaciones» que para con los difuntos tenían todas las cofradías de ánimas, de las que existía una «en casi todos los pueblos». Antiguamente, la fiesta de los difuntos -que tiene lugar al domingo siguiente a la Fiesta de las Ánimas- se celebraba dentro de las iglesias, puesto que era en torno a los templos donde se hacían los enterramientos, pasando después a tener lugar en los cementerios cuando comenzaron a ser construidos a las afueras de los municipios, de ahí que se comenzasen a organizar también las procesiones. En Toro, dice el historiador, estos ritos tuvieron lugar inicialmente en los corrales de la ermita de la Virgen del Canto.
En la localidad, al parecer, existieron varias cofradías de animas. José Camarón Valderas relata en un libreto editado por la agrupación religiosa que en el documento que da fe de la visita efectuada en 1805 por la autoridad eclesiástica a las parroquias de Toro, se menciona a la Cofradía General de Ánimas del Purgatorio y a la Cofradía de las Ánimas Generales de Hijosdalgo. Este mismo autor piensa que la unión de la antigua Cofradía de Jesús y Ánimas de la Campanilla con la de Nuestra Señora de la Concepción y Luz, germen de la actual y cuya nominación ha desaparecido como tal, debió producirse antes que con la del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, precisamente «para poder pedir por las calles», puesto que «sólo podían hacerlo las Sacramentales y las de Ánimas».
Todo indica que el nombre de Ánimas de la Campanilla le sobreviene del instrumento que tocaban por las calles durante la noche para pedir limosnas con las que poder pagar las misas para rogar por la salida del purgatorio de los difuntos. La cofradía que ha llegado hasta nuestros días con este título se unió finalmente a las del Dulce Nombre de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de las Angustias Soledad, quedando simplificado el nombre en la actualidad como Cofradía de Jesús y Ánimas a nivel más popular. Esta denominación quedó recogida en las ordenanzas de 1841, en las que se establece el cargo de Depositario de Ánimas, que «era el hermano que se encargaba de recoger las limosnas que sacaban los cuatro cofrades pedidores en cada noche, sábados del mes de noviembre», según cuenta Camarón.
En el capítulo séptimo, las ordenanzas tratan sobre la petición de limosnas con la campanilla. Así, se señala que sólo se podía eludir esta responsabilidad «por causa muy justificada» y que «si no lo hiciera por negligencia, debería abonar la cantidad más alta sacada de los otros tres». Si la actitud fuera reincidente, la normativa interna dice que el hermano sería despedido de la Cofradía y «no se le asistiría ni a él ni a su mujer con misas ni cera en sufragio de sus almas». El capítulo ocho se refería a las obligaciones de los cuatro capellanes, consistentes en asistir los actos litúrgicos del colectivo, los entierros y acompañar a los cadáveres hasta el sepulcro, así como celebrar las misas que le encargasen el abad y el depositario.