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Paisaje sacro

Cuatro obras de arte, pertenecientes al patrimonio toresano, se exponen en la muestra de «Las Edades del Hombre» en Soria

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La Virgen de la Transparencia, de la Colegiata.
La Virgen de la Transparencia, de la Colegiata. Foto M.C.

M. C. «Las Edades del Hombre», exposición itinerante de arte sacro, y que celebra este año su XVI edición en Soria bajo el título de «Paisaje interior», tiene sabor a la tierra. En esta ocasión, son cuatro las obras toresanas que se pueden admirar en la exposición: el cuadro «San Jerónimo y el Ángel del Juicio», la imagen del «Ángel Custodio» y la imagen de la «Virgen del Transparente», pertenecientes a la Colegiata, y el cuadro «El Calvario», del Monasterio de Sancti Spiritus.


La muestra, que permanecerá abierta hasta el mes de diciembre, consta de unas 200 obras de toda Castilla y León y están expuestas en la concatedral de San Pedro. Por lo que respecta a los cuadros que se encuentran en la exposición, uno de ellos es «San Jerónimo y el Ángel del Juicio», obra perteneciente a la Colegiata de Santa María la Mayor. Se trata de un óleo sobre lienzo de autor desconocido, seguidor de José Ribera, realizado en el segundo cuarto del siglo XVII, que supone una copia fiel del cuadro original de Ribera, de 1626. Además, «es una buena copia», apunta el historiador toresano José Navarro Talegón, que supera las dimensiones de la pintura original y «resuelve el minucioso tratamiento analítico de la flacidez de las carnes, de las rugosidades de la piel y de otros pormenores». No obstante, Navarro señala que el pintor simplifica la obra, aunque «mantiene dosis elevadas e impactantes de realismo».


En esta obra se observa que, al igual que sucede en la pintura original, se ha renunciado a plasmar los valores atmosféricos, de forma que el paisaje que aparece está limitado a una pequeña referencia, localizada en primer término. Por otra parte, las figuras humanas, pese a la oscuridad que domina el fondo del cuadro, destacan debido a la luz que «las bate por un solo plano».


En cuanto a los símbolos que se incluyen en la pintura, tanto la pluma como los libros remiten a las labores intelectuales del santo, que fue un amante de la cultura clásica, así como traductor de la Biblia y Doctor de la Iglesia. En la obra se representa el momento en el que el santo escribe una carta, mientras con el brazo extendido señala a un angelito, al que vuelve la mirada con asombro, que con el sonido de su trompeta llama al Juicio Final. Por otra parte, el aspecto casi desnudo y débil de su cuerpo, junto a la calavera, hacen referencia a la vida de privaciones y penitencias que este hombre llevó en el desierto.


Navarro apunta la posibilidad de que esta pieza llegara a la Colegiata cuando su abad era el vallisoletano Gabriel García de Corral, entre los años 1632 y 1646, aunque reconoce que «mis exploraciones no han podido confirmarlo». Respecto a su estado de conservación, la pintura fue restaurada en 1984 por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid.


Otro de los cuadros cedidos por Toro, perteneciente al Real Monasterio de Sancti Spiritus, es el «Calvario» de Lorenzo de Ávila, óleo y temple sobre tabla realizado entre los años 1535 y 1540, que procede de la iglesia de San Esteban de la localidad de Pinilla de Toro. Fue restaurado en 1986, también por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid.


Respecto a su composición, la figura central es el Crucificado, que aparece en posición frontal, sujeto a una cruz «en forma commisa o en tau», precisa Navarro, con la inscripción INRI fijada mediante un espigo. El paño femoral consiste en una estrecha banda de lienzo blanco, que tiene un nudo, una caída y un remate que ondea, todos ellos drapeados. Pero Navarro se lamenta de que se muestre «muy barrido en varias limpiezas salvajes de últimos del siglo XVII y de la centuria siguiente».


La tipología del Cristo es la característica de Lorenzo de Ávila, con un «canon muy alargado, con los detalles anatómicos ligeramente marcados mediante veladuras a temple, acusa cierta rigidez», aunque también muestra delicadeza en sus facciones. Y tanto María como el apóstol Juan están colocados de "»riguroso» perfil y de tres cuartos, y presentan una actitud hierática con una «cierta inexpresividad distante». El fondo es amplio, pero se presenta diversificado y ordenado «en seis franjas sucesivas», que se han iluminado de forma desigual «a fin de incrementar la sensación de profundidad».

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  Cata de aceites en la Panera de San Juan

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