La vieja batalla del hijo del molinero

La decisión de la Confederación de rebajar el azud de las aceñas del Vado aniquila el deseo del dueño de poner en marcha la maquinaria del único molino restaurado

 03:22  
Enviar
Imprimir
Aumentar el texto
Reducir el texto
La aceña de Dionisio Oliveros tras el proceso de restauración.
La aceña de Dionisio Oliveros tras el proceso de restauración.  M. B.

M. BARRIO Dionisio Oliveros no quiso estar presente cuando hace dos o tres semanas los operarios de la Confederación Hidrográfica del Duero (CHD) procedieron a rebajar -«suavizar» lo llaman los técnicos del organismos estatal, y «destruir» dice Dionisio- considerablemente la altura del azud que elevaba y derivaba el caudal del Duero hacia las aceñas del Vado o Bao de Toro. Sí bajó por allí después de hecha la «avería», y entonces no pudo contener las lágrimas. «Me llevé un disgusto muy grande», dice. No pudo evitar que le vinieran a la mente entrañables recuerdos de la infancia, y vio cómo se había ido al traste su viejo deseo de recuperar el azud y volver a poner en marcha la vetusta maquinaria de la aceña número 7, en la que su padre trabajó gran parte de su vida.


Al igual que sus cuatro hermanos, Dionisio es ribereño por derecho propio. Allí nació, a la orilla del Duero, en una de las pequeñas casas en las que habitaban las familias propietarias de las siete aceñas, que aún hoy se conservan y utilizan, al igual que el edificio que acogía a los agricultores que llevaban el grano a moler; tarea que podía prolongarse durante varios días, así como la cuadra donde resguardaban a los bueyes o las mulas que tiraban de los carros en los que se transportaban los sacos. Tiene 78 años y su fe de nacimiento constata que era hijo de molinero. Su padre, Anastasio Oliveros Matilla, adquirió en 1940 dos aceñas y media -la primera, la séptima y parte de la segunda- en la margen derecha del río, a tres kilómetros de Toro por la actual carretera N-122 (la otra media se la permutó en 1975 a su dueño por una pocilga). Lo hizo en contra de la opinión de su mujer, quien le pedía «que no gastara dinero ahí, que solo iba a servir para disgustos», como así ha sido, recuerda ahora su hijo. Sin embargo, pudo más la «ilusión» de hacerse con la propiedad de unos bienes de los que durante varias generaciones venía haciendo uso su familia como arrendatarios, pagando la correspondiente maquila. El padre de Dionisio adquirió por 3.000 pesetas los tres molinos hidráulicos a María García Guerra, a quien previamente se los había vendido aquel al que llamaban «El burro cargado de oro», un vecino de Toro que, según se rumoreaba en la época, poseía no pocos lingotes del preciado metal.


Aunque comenzó moliendo harina panificable y para piensos, pocos años después tuvo que dedicarse exclusivamente a esta última, debido a la decisión del Gobierno de Franco de prohibir que los molinos molturasen la dedicada a consumo humano, presionado por las industrias harineras que comenzaron a florecer. Las aceñas del Vado dejaron de funcionar definitivamente en 1961 a consecuencia de la rotura o «descorche» del azud por la presión del agua, aunque lo cierto es que su actividad había ya languidecido tras ser devorada por las industrias del gremio. Hay que tener en cuenta que debían permanecer inactivas durante una buena parte del año, en que se procedía al arreglo de los daños producidos en la presa durante las crecidas del río.


Dionisio Oliveros dejó de trabajar con su padre en las aceñas cuando tenía 16 años, mientras que otros de sus hermanos siguieron la estela familiar. Sin embargo, ha sido precisamente él quien ha abanderado y defendido con mayor ahínco la causa de recuperar esta antigua pieza de la arquitectura popular toresana. Con los años, la práctica mayoría de las aceñas del Bao desaparecieron arrebatadas por el tiempo y el abandono, pero dos de ellas quedaron en pie. Una de las dos -la otra, la número 6 mantiene el esqueleto del edificio, aunque en malas condiciones-, la séptima y mejor situada, fue restaurada por Dionisio en el año 2005, gracias a una ayuda del grupo de acción Torguvi, de ahí que esté «obligado a enseñársela» a quien se lo pida. Puso un tejado nuevo, rehizo las escaleras y el piso superior y recolocó la antigua maquinaria, que data de la década de 1860, en la que estas aceñas fueron reconstruidas en piedra y ladrillo, tras la riada que las arrasó. Hasta ese momento habían permanecido en pie desde que fueran levantadas en la Edad Media. Su anhelo era reconstruir las palas de madera de la rueda hidráulica, así como las compuertas de entrada y desagüe, con el fin de poner en funcionamiento de nuevo la estructura.


Para todo ello necesitaba, primero, reconstruir el azud, y a esta tarea fue a la primera que se embarcó. Así, al inicio de los años 80 presentó ante la CHD la primera solicitud, que fue denegada alegando el organismo público que «en 1972 habían caducado las concesiones» para el aprovechamiento público del río, que permitía desviar el agua hacia los molinos. En 1988 presentó un escrito en el Ayuntamiento para que éste solicitara a la Confederación que el citado aprovechamiento fuese incluido en los libros de Registro de Aguas de la Cuenca del Duero, petición que también fue rechazada.

Desde entonces ha seguido insistiendo reiteradas veces en la petición, como así lo demuestran los numerosos documentos que guarda. En uno de ellos la Confederación le comunica que no consta en el registro de este órgano ministerial el aprovechamiento del río para las aceñas del Vado en Toro, lo cual enerva especialmente a Dionisio, al que de nada ha servido presentar a los técnicos las viejas escrituras en la que consta la propiedad de los molinos y de la concesión del aprovechamiento de las aguas por parte de la familia Oliveros. «No me escuchan, simplemente me dicen, casi con desprecio, que los papeles que tengo no sirven para nada», se lamenta Dionisio


A Dionisio Oliveros le hubiera gustado que «el presidente de la Confederación» le concediera «siquiera diez minutos para poder explicarle todo bien». Por ejemplo, que, a su criterio de ribereño, la existencia del azud «no influía para nada en el movimiento del río, porque las compuertas de los molinos están abiertas y el agua discurre por los cauces»; comentarle también que la presa «no retiene el agua cuando hay crecida, como ellos dicen, porque las aguas lo que hacen es nivelarse», es decir, que las aceñas «no hacen daño para nada».


Mª de los Ángeles Martín, toresana de adopción y estudiosa, entre otras muchas cosas de las aceñas, molinos y batanes de Toro, se enteró ayer por este diario de que la CHD había procedido a «suavizar» el azud del Vado con el fin de «facilitar la circulación del agua y el que los peces puedan subir y bajar sin problemas». Es un acción enmarcada dentro del Programa de Mantenimiento y Conservación de Cauces. «Es una barbaridad, si se cargan el azud se cargan todo», decía a la vez que recordaba que cada presa «tenía su altura adecuada y cada año la arreglaban los molineros», quienes, añade, antiguamente «tenía cada uno su parte de pesquera, el corral de pesca». A su juicio, su presencia «no entorpece en absoluto el paso de los peces, han pasado a lo largo de los siglos por los cientos de aceñas que hay a lo largo del Duero». Para el presidente de la «Asociación Amigos de los Molinos» de Zamora, Fernando Fernández Vasallo, es además, «ridículo» que la CHD alegue que la intervención no va afectar a la aceñas, ya que, éstas «son un conjunto integrado por el edificio y el azud, y no tiene sentido quitar el agua al molino; es como si a una persona le cortan las piernas y dicen que no le afecta». Además, no entiende porqué se restauran aceñas como las de Zamora y las de Toro, sin embargo, «se destruyen», cuando ambas dan testimonio de que esta es «una provincia molinera por los cuatro costados». Ni que decir tiene que Dionisio es de la misma opinión, «las tres pesqueras de Zamora están arregladas, por tanto, no todos somos iguales ante la ley, como dice la Constitución», apunta, en este sentido.


Con agua o sin ella, el hijo del molinero tiene claro que el próximo año, cuando baje el caudal del río, reconstruirá las compuertas y hará después las palas de madera, porque, como dice, «por encima de todo quiero que se conserve lo que mi padre compró con tanta ilusión y esfuerzo, pero también porque es un bien cultural y quiero que se conozca tal y como fue». En las inmediaciones se pueden ver las piedras que Dionisio había venido acumulando durante años para reconstruir el azud. También las que la CHD ha quitado de la propia estructura para rebajar la altura, así como los restos de enormes troncos de árboles secos «que ni siquiera se han molestado en retirar», apostilla. Una tarea que él mismo tendrá que hacer si quiere evitar «que se vayan contra el molino cuando haya crecida». Mientras tanto, en su casa guarda como un tesoro el Libro de las Aceñas del Vado, en el que se recogen las actas de los acuerdos adoptados por los propietarios en base a las ordenanzas que regulaban su funcionamiento, desde 1.900 hasta que cesaron en su actividad.


COMPARTIR
 
  HEMEROTECA
  CONÓZCANOS:  CONTACTO |  LA OPINIÓN DE ZAMORA |  LOCALIZACIÓN Y DELEGACIONES |  PROMOCIONES    PUBLICIDAD:  TARIFAS |  AGENCIAS |  CONTRATAR  
laopiniondezamora.es es un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de laopiniondezamora.es. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 


  Aviso legal
  
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Granada  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Provincia  |  La Nueva España  | Levante-EMV  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad 2009