El último alfarero

La muerte, a los 47 años, de Félix Rodríguez "el cacharrero" pone fin a la tradición alfarera toresana de hace siglos y también a cuatro generaciones de artesanos

 
Félix Rodríguez "el cacharero" trabajando en su alfa, situado en el "Regateo de los olleros"
Félix Rodríguez "el cacharero" trabajando en su alfa, situado en el "Regateo de los olleros" Foto M. B.
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M. Barrio

Sabía que le había llegado su hora y por eso quiso dejarlo todo bien atado. Cumplidor y, sobre todo, fiel amante de un oficio que había heredado de sus ancestros, no quiso dejar el trabajo a medio hacer. Por eso, antes de partir pidió a sus colegas, pero por encima de todo amigos, de Pereruela que se encargaran de cocer las aún muchas piezas que dejaba pendientes del remate final. A ellos también quiso legar el horno que adquirió hace algunos años, sabedor de que nadie tiene intención de continuar la saga en el seno de esa extensa familia a la que tan unido estaba y la cual ahora quiere rendirle un pequeño homenaje póstumo a través de este reportaje. Aunque no hay nada concretado, en la cabeza les ronda también la idea de poder organizar una exposición en su localidad natal para que sus vecinos puedan rememorar la obra del último alfarero tradicional de Toro.

El pasado 6 de mayo Félix Rodríguez Vega, a quien todos conocían en Toro como Félix "El cacharrero", se fundía con esa tierra que durante décadas acarició con sus manos para darle forma. Tenía 47 años y falleció, tras una larga enfermedad, lamentándose «de no poder seguir trabajando» en su viejo alfar situado en las afueras del casco urbano, en las inmediaciones del Regato de los Olleros, donde tradicionalmente se localizaron los alfares toresanos.

Aprendió el oficio de su padre, Félix Rodríguez Calvo, con quien comenzó a trabajar desde muy pequeño, y era el cuarto de una generación de alfareros que lamentablemente ahora se extingue. «Mi abuelo era más rústico, lo cacharros que hacía era más la cocina, pero mi tío hacía de todo, era más fino trabajando, él mismo dibujaba los platos y le gustaba decorar las piezas», comenta una de sus muchas sobrinas. Inmaculada Vaquero, con visible melancolía. Era soltero y no tenía hijos, aunque sí medio centenar de sobrinos que le adoraban y admiraban y «muchos amigos», apostilla, «porque era muy abierto, le conocía todo Toro...es que era muy buena persona, muy sencillo». "En cada una de tus creaciones te veremos, te recordaremos y te sentiremos, pues dejaste tu alma, tu sencillez y un pedazo de corazón en el interior de cada una de ellas", le ha escrito su amigo Mario González en su poética despedida.

«Le gustaba mucho su oficio, disfrutaba con él, era su vida», entrelazan al evocar su presencia en la feria de la cerámica y la alfarería de San Pedro en Zamora, donde «era muy conocido y no dejó de participar hasta que enfermó». Un certamen que se inició con la representación de piezas de Pereruela, Moveros y Toro como zonas tradicionales de actividad alfarera de la provincia. A la familia y a los amigos de Félix les gusta decir que fue el último alfarero toresano tanto como recalcar que era «totalmente artesano, en su taller no había nada mecánico». Utilizaba el torno alto o de pie compuesto por rodal, árbol, rueda, pesos, alfagía, mesa y asiento, que primero fue de piedra -la rueda de piedra heredada de su padre- y después de madera -el que le fabricó su cuñado Antonio Vaquero, también fallecido-. Durante muchos años utilizó el horno de criba descubierto, una variante del céltico, aunque finalmente había adquirido uno algo más moderno. Para modelar las piezas, de pasta rojiza, empleaba instrumentos que, aunque en forma y tamaño no diferían de las de otros alfares, sí tenían una denominación particular: tiradera, caña, pelleja, peine, los cuales guardaba en un puchero empotrado en la pared. Decoraba su trabajos con motivos geométricos o vegetales realizados con "juaguete" o arcilla blanca y después las vidriaba. Este carácter ornamental aportado a las piezas es lo que, a juicio de los expertos, consiguió prolongar la vida de este alfar toresano, adaptándose con ello a los cambios socioeconómicos de los tiempos, lo que hizo que las piezas fueran perdiendo, en parte, su carácter utilitario, aunque seguían manteniendo las formas tradicionales. No obstante, en algunas casas de Toro y Tagarabuena que siguen practicando la matanza casera aún se puede ver la rúbrica F. Rodríguez en los baños sangradera -para recoger la sangre del cerdo- o la olla mantequera -para conservar alimentos- A Félix le gustaban especialmente los botijos, especialmente los que tenían forma de toro, dice su sobrina; también los platos decorativos en los que reproducía la Colegiata y los cuales se negaba a vender; pero sobre todo la gustaba la "jarra de truco" –una pieza con numerosos pitorros de los que tan solo comunica uno a través del asa hueca con la panza– porque con ella divertía a sus sobrinos. La tipología de sus piezas, además de las mencionadas, era muy diversa.

Entre las dedicadas al uso agropecuario se encuentran la media cántara con su característica sisa en mitad del cuello , que era una antigua medida de vino; el barril. utilizado por los segadores para el transporte de agua cuando iban al campo a trabajar; la cantimplora, en la que los pastores llevaban el aguardiente, y el cañadón para el ordeño del ganado ovino. Los pucheros, las ollas, la pota para la miel, las castañeras, el salero-especiero, el botijo guindero, las fuentes de asar, los baños zamoranos, los cántaros, las jarras de vino, la jarra de posada, destinada a contener el agua para la higiene personal, la botella utilizada como calentador corporal y las tazas de cuarto eran otras de sus producciones, en este caso de uso doméstico, aunque la mayoría hayan perdido su función y hayan pasado a ser objetos decorativos, e incluso hostelero como la jarra servidora de vino.

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