L. Á. VEGA
Limpio de polvo y paja. José María Sampedro Lopetegui, el empresario de origen zamorano perseguido por el Federal Bureau o Investigation (FBI) desde el año 2000 por sobornar supuestamente a un alto funcionario del Ayuntamiento de Washington para que se le concediese la limpieza de centros como el Pentágono, busca la forma de que los delitos que se le imputan sean declarados prescritos. El próximo mes de marzo se cumplen diez años desde que se iniciase la pesadilla del empresario, que nació en Zamora en 1956.
El FBI anda tras sus pasos desde que descubriese que la empresa del prófugo, CPF Corporation, con sede en Alexandría (Virginia), había pagado alrededor de un millón de dólares en sobornos al funcionario Edward David, jefe de mantenimiento de edificios del Ayuntamiento y responsable de estudiar las ofertas y adjudicar los contratos municipales.
David era vecino de Sampedro en una exclusiva urbanización del Estado de Maryland, y su relación se remontaba, según el FBI, a 1992. Gracias a los pagos, Sampedro se hizo con 19 contratos, que algunos años llegaron a reportarle hasta tres millones de dólares.
El alto funcionario, además, le recomendó a otros departamentos de la administración norteamericana, los que le valió hacerse con la limpieza del Aeropuerto Ronald Reagan, en las inmediaciones de Washington, o el propio Pentágono. En total, los contratos habrían alcanzado la friolera de 10.000 millones de las antiguas pesetas.
8,5 millones de dólares
Tras intentar llegar infructuosamente a un acuerdo con él, el FBI se incautó de 2,8 millones de dólares del zamorano, así como «un número enorme de coches», según consta en la relación de una audiencia judicial de septiembre de 2002, en la que su esposa e hija intentaron recuperar alguno de los vehículos. En la misma vista, el abogado afirmó que Sampedro poseía 8,5 millones procedentes de sus actuaciones «ilegales».
En el momento de la vista, Sampedro estaba detenido en España. Unos meses antes, en noviembre de 2001, había sido sorprendido por la Guardia Civil en la carretera Vigo-Benavente, a la altura de la localidad zamorana de Puebla de Sanabria. Aunque pasó por la cárcel de Topas, en Salamanca, y un tribunal acordó su extradición a Estados Unidos, Sampedro se las arregló para salir en libertad y convertirse de nuevo en prófugo. Así hasta ahora. Esta situación podría cambiar pronto. Al fin y al cabo, como indicó Sampedro en una entrevista a «El País» hace unos años, no hizo nada distinto que otros empresarios en Estados Unidos.
Sampedro ya no exhibe su rostro en las listas de los más buscados del FBI ni del Grupo de Localización de Fugitivos del Cuerpo Nacional de Policía. Quizá pueda recuperar pronto la libertad de movimientos perdida hace diez años.