06 de abril de 2018
06.04.2018

Sin sombra

La realidad se nos cae de la manos, algo le ha ocurrido

06.04.2018 | 01:11
Sin sombra

La actualidad se nos va cayendo de las manos como una de esas novelas de mil páginas que hacia la mitad comienzan a repetirse. Uno ha sido desde la adolescencia muy aficionado a la actualidad porque en ella veía una réplica de sí mismo. La actualidad venía a ser el espejo al que uno se asomaba para ver si había llegado el momento de afeitarse o de cortarse el pelo. A veces, se acercaba uno tanto a la actualidad que la veía doble, pero ni entonces se cansaba de ella. Hubo un momento de nuestras vidas en el que la actualidad funcionaba como una buena novela por entregas. Íbamos al quiosco de los periódicos cada mañana y regresábamos al hogar con el nuevo capítulo de la actualidad debajo del brazo, dispuestos a metérnoslo en vena con el primer café. Resultaba más difícil quitarse de la actualidad que del tabaco. De hecho, consumíamos la actualidad fumando, pues la nicotina actuaba como un excelente neurotransmisor de las noticias.

No sabemos qué rayos le ha ocurrido a la actualidad para que se nos caiga de las manos antes de levantarnos de la cama, durante esos minutos en los que escuchamos la radio mientras la musculatura, relajada por las horas de sueño, vuelve a su ser. Quizá se trata de una actualidad desactualizada, que es como un té sin teína, o una actualidad con deficiencias narrativas. Una actualidad sin argumento, en fin: una actualidad de vanguardia. Los críticos de literatura modernos nunca han sido muy partidarios del argumento. Consideran que es un corsé para el escritor con ambiciones formales. Peor que eso: piensan que la trama solo tiene sentido para lectores poco ambiciosos. Es posible que esa idea acerca de la peripecia argumental se haya extrapolado a la realidad. Pero el experimentalismo funciona en pequeña dosis: al final uno acaba regresando a Ana Karenina o a La Regenta, donde los materiales narrativos se articulan de cara a un objetivo perfectamente inteligible. De ahí que la última palabra de las novelas de siempre fuera FIN. Para que no hubiera dudas.

Decía Robert Musil, con perdón, que el argumento era la sombra de la novela como el dolor es la sombra de la enfermedad. A lo que uno añadiría que no se puede vivir sin sombra. Ni sin enfermedad.

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