—Para que se haga cargo del tipo de entrevista: «¿Qué pensaría Stieg Larsson de todo esto?»
—No habría cambiado su vida en lo más mínimo. Seguiría fumando Marlboro Lights y bebiendo whisky. Era un hombre modesto y reservado. Odiaba convertirse en un mono de micrófono, y me reprochaba que yo lo fuera.
—Llamarse Kurdo imprime carácter.
—Me lo puso mi madre para irritar al gobierno turco, porque ese nombre estaba prohibido allí. Yo era el único en Turquía que se llamaba así.
—¿Es turco o kurdo?
—Muy kurdo.
—¿Cómo se siente usted al protagonizar una novela de éxito?
—Mi vida se cuenta extensamente en el libro. Larsson tenía una gran memoria y siempre controlaba la situación. Le di muchos detalles una noche en que estábamos borrachos, y todo está en el tercer tomo de «Millennium».
—¿Por qué le incluyó Larsson?
—Porque yo me negaba a leer sus novelas antes de que las publicara. Le decía que «no tengo tiempo para tonterías». El insistía, pero yo me resistía con más fuerza. Así que me anunció que «he escrito sobre tu vida en el libro, ¿lo leerás ahora?».
—No conozco a nadie que no esté leyendo «Millennium».
—Ha vendido quince millones de libros, de México a Hong Kong, no puedo entender su éxito. Estoy cada semana en un país distinto, me defino como el embajador de Stieg Larsson. Si yo hubiera escrito tres libros y me muriera, él habría hecho lo mismo.
—No sabemos muy bien por qué «Millennium» nos atrapa de esa manera.
—En primer lugar, Lisbeth Salander es bisexual y, acostumbrados a detectives corpulentos, ella pesa 44 kilos. En segundo lugar, describe con claridad el maltrato de mujeres en el mundo. En tercer lugar, retrata la Suecia que los suecos se niegan a aceptar, y arruina la imagen de un país de ensueño.
—En Suecia hay más casos de maltrato de mujeres que en España.
—Cada año mueren en Suecia 36 mujeres a manos de su esposo o de una persona de su entorno, y más de treinta mil son violadas. Los hombres son hombres, no importa que se trate de vikingos, españoles o kurdos. La igualdad no existe, es una fantasía.
—En «Millennium», Blomkvist es el propio Larsson pero, ¿quién es Lisbeth Salander?
—Cada mujer es una Lisbeth Salander, pero no lo sabe. Larsson la construyó como una mezcla de Pippi Calzaslargas, el Dalai Lama, Teresa de Calcuta y los guerrilleros del Kurdistán.
—Usted pagaba la revista de Larsson en que se inspira «Millennium».
—Cuando él tenía problemas, le ayudaba, y lo pagué todo durante cinco años. «Expo» era una publicación importante aunque minoritaria. Tiraba dos mil ejemplares, frente a los doscientos mil libros que vendió Larsson en un día en España. Si mi amigo no hubiera podido sacar su revista, yo no hubiera sido feliz. Él aportaba las ideas, yo el pragmatismo.
—¿Dónde se sitúa usted, en la guerra entre la compañera y la familia de Larsson?
—Es el asunto que más me duele. Soy un miembro de esa familia, su hermano menor. Ahora surge un conflicto entre una mujer y dos hombres —el padre y el hermano—. Si Stieg Larsson viviera, ayudaría sin dudarlo a la dama. Pronto se solucionará.
—¿Qué pensaba de la muerte Larsson, con ochenta cigarrillos y veinte cafés diarios?
—La muerte no estaba en su agenda, tenía previsto escribir diez libros de Lisbeth Salander. Cuando yo le recordaba que su madre falleció a los 54 años, me replicaba que los familiares de su padre eran muy longevos. Su desaparición a los 50 años fue una sorpresa, tenía la cara de un jovencito de 25.
—¿«Millennium» es también una reivindicación del periodismo, o vamos demasiado lejos?
—Los libros de «Millennium» aumentan la consideración de la prensa en el mundo, porque es útil para combatir los problemas. Larsson creía en el periodismo, pero no en los periodistas, porque no escriben lo que ocurre en las sociedades y hablan desde el punto de vista de los gobiernos.
—«Millennium» desprende un mensaje inmoral, el bien tampoco es la solución.
—Mi amigo era un hombre pesimista, por lo que existe el riesgo de leer sus novelas y pensar que las cosas seguirán igual. Yo soy más optimista, y creo que él hubiera cambiado de perspectiva al escribir más libros.
—Larsson fue su «negro», ¿se atrevería a la viceversa?
—Cuando escribía con su nombre no le publicaban en Suecia, por lo que lo firmaba con el mío y nos repartíamos el dinero. Yo no puedo escribir novelas de su calidad, pero vuelva a preguntármelo de aquí a cinco años, cuando tenga la misma edad a la que Larsson entregó «Millennium».