17 de abril de 2017
17.04.2017
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La Pasión y la prosa literaria

Tomás Sánchez Santiago, Antonio Gamoneda o Miguel Martín, letras para describir un sentimiento

18.04.2017 | 00:42
Cristo del Amparo.

La Semana Santa de Zamora es el más relevante acontecimiento religioso, social y cultural de nuestra ciudad. Su influjo se extiende por todos los campos del arte y de la cultura.

La literatura no ha sido ajena a una manifestación de esta magnitud, y nos ha dejado muestras en diversos autores y obras.

Sin ir más lejos, en la Biblioteca del IES Universidad Laboral cuelga un cuadro de Jesús Gallego Marquina, pintor y poeta, en el que aparece el propio autor junto al ilustre escritor de la Generación del 98, Miguel de Unamuno, presenciando la procesión de Jesús Nazareno. Una reproducción del lienzo luce en la sede de la Cofradía en la calle Viriato.

Pero, centrándonos en lo estrictamente literario, y concretamente en prosa, en las próximas líneas van a desfilar Antonio Gamoneda, Miguel Martín, José Manuel de la Huerga, Tomás Sánchez Santiago, Mario Crespo o José Villalba Garrote.

El caso de Antonio Gamoneda quizá sea el más curioso. En 1970, la editorial Everest publicó una guía de Zamora firmada por el ganador de premios tan relevantes como el Cervantes en 2006 o el Premio Nacional de Poesía en 1988. En una reciente conferencia en nuestra ciudad, en respuesta a una pregunta del profesor y poeta Rafael García Lozano, calificó este texto como véterotestamentario, reconoció que la obra contiene errores y se disculpó ante los zamoranos por una obra de la que, evidentemente, reniega.

Aun así, en esaguía, hay una página dedicada a las "Semanas Santas" zamoranas que merece nuestra atención:

"La frase podrá parecerte una redundancia irónica, pero vas a permitírmela: la Semana Santa de Zamora solo es posible en Zamora. Con ser muy numerosa y meritoria la corte de imágenes procesionales, si las imágenes desfilasen en otro paisaje urbanoque el determinado por las puertas, ábsides y torres, las procesiones quedarían reducidas a una religiosidad callejera en la que lo circunstancial (las flores, la música solemne, la severidad multicolor de los hábitos penitenciales) no alcanzaría el grado de recreaciónestética que en Zamora se logra.

El espíritu de seriedad con que se organizan estas dramáticas festividades está, sin duda, ligado a una muy antigua tradición. Cierto que la condición penitencial ha sido dulcificada por el pensamiento moderno, pero no parecen existir otras diferencias esenciales con las celebraciones que, por ejemplo, en el s. XV gobernaba la Cofradía de la Vera Cruz. Permanece el silencio, el marco multicentenario, la oscilación luminosa de las hileras nocturnas, la extensa policromía de hábitos y caperuzas, policromía en la que, de los más severos a los más frescos, todos se tornan colores penitenciales. No olvidarás la poderosa sugestión del blanco en los sayales y altos caperuces en la noche del Jueves Santo. Algo sorprendentemente serio es la presencia en los desfiles de la figura que el pueblo llama Barandales; oirás retañer sus esquilones y decidirás que lo que debiera ser grotescoen el orden auditivo, se resuelve en expresividad dramática.

La imaginería integrada a los "pasos" avanza desde el Crucificado de las Injurias, atribuido a Becerra, o el Cristo yacente de Gregorio Fernández, hasta las recientes creaciones de Pérez Comendador o Víctor de los Ríos. También Mariano Benlliure se encuentra bien representado. Pero, al lado de estos nombres, en trascendental localismo, han sido los propios imagineros zamoranos los mejores proveedores de sus procesiones: Ramón Álvarez, Ricardo Segundo y Miguel Torija, entre otros artífices, lo afirman con sus obras.

Aunque el mejor fondo sea la vieja sillería románica, te advertiré que fuera de la Semana de Pasión, puedes lograr la contemplación de los grupos escultóricos en su correspondiente Museo.

Con las naturales diferencias de matiz local, la Semana Santa de Toro se programa en un plano de importancia costumbrista y estética que no desmerece en nada frente al de la Capital.

En Bercianos de Aliste, el Viernes Santo tiene una celebración singular. A mitad de camino entre el desfile y la representación "viva", se practica un Descendimiento del Cristo articulado, previo a la procesión del Entierro. Los cofrades visten la que será su auténtica y personal mortaja. El pueblo canta agria y emocionadamente. El paisaje abierto pone un acento de verdad rural en la dramatización religiosa.

Menos extraño resulta que aparezca nuestra Semana Santa en una novela ambientada en Zamora, la premiada Calle Feria (2007) de Tomás Sánchez Santiago. Y, por supuesto, con ese título, la procesión que aparece es la de Excombatientes, hoy Cofradía de Jesús en su Tercera Caída, y que desde San Lázaro avanza inmediatamente en su itinerario por la calle Feria hacia el centro de la urbe.

"Más adelante sabríamos por qué papá mantenía esa indiferencia al paso del desfile de Lunes Santo, conocido también como la procesión de Los Excombatientes".

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"El cortejo salía ya formado de la iglesia de San Lázaro a las ocho en punto. Las primeras autoridades llegaban hasta allí en coches relucientes que bajaban despacio, todos juntos y a última hora, por la Ronda de la Feria, escoltados por un par de motos negras que les iban abriendo paso".

Evidentemente, las cosas han cambiado mucho.

Otra novela que se sirve de la Semana Santa en su hilo argumental es Iros todos a hacer puñetas (1987), del zamorano Miguel Martín, que llegó a ser director de RTVE en la época de Adolfo Suárez. M. Martín fue también el guionista de la famosa serie televisiva "Los ladrones van a la oficina".

En una ciudad imaginaria, de nombre Salamora, pero con un parecido absoluto con nuestra ciudad, esta novela, de tono humorístico, parte del robo del paso de La Borriquita que es ocultado en la antigua Casa del Pueblo, en San Martín.

Leamos algunos fragmentos:

"A las cuatro en punto de la tarde tenía que salir "La Borriquita". "La Borriquita", sí, "La Borriquita", que nadie se refiere al Paso por su verdadero nombre de "Entrada triunfal de Jesús en Jerusalén"".

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"Quienes miran las figuras del Paso por encima de las cabezas que tienen delante, reciben la impresión de que las ven andar; el leve desplazamiento a un lado y a otro, tan medido, hace simular a las imágenes un paso corto, de paseo".

La Borriquita también tiene un papel destacado en la novela, La 4ª (2014), de Mario Crespo. En su Libro Primero, el protagonista, todavía adolescente, es obligado a participar en el desfile procesional por su padre. Un grupo de compañeros, que le acosan en su instituto, se burlan de él. Huye, y es alcanzado cerca de la Iglesia de la Magdalena, donde recibe una brutal paliza que le deja en coma.

"Desfilaba con una palma de un metro cincuenta de alto flanqueando al grupo escultórico conocido como la Borriquita -portado a hombros al paso de una marcha militar-, cuando giré la vista y vi al grupo de chavales con el que había tenido problemas en la escuela, los matones. Me la tenían jurada y les estaba ofreciendo un motivo de agresión. Si me veían, dejaría de ser un respetable enemigo para convertirme en un pardillo. Y eso no estaba dispuesto a tolerarlo, pues tenía mucho orgullo, y también valor, y si no me había convertido en un líder era porque esos cuatro desgraciados habían decidido hacerme la vida imposible.

Los dos más listos se encontraban en primera fila, los dos más tontos les escoltaban. Espectadores cualesquiera que acudían a ver la procesión en calidad de peligros potenciales dispuestos a acometer la primera gamberrada que se les ocurriese.

Debí de ser para ellos como una bendición, como el maná que estaban esperando para mitigar su tedio. En cuanto fui consciente de lo que me esperaba, sentí miedo, diría que hasta terror. Recuerdo que nada más atisbar sus poses chulescas intenté abandonar la fila y huir entre los espectadores. Pero mi padre me agarró y me dijo "tú vives en otro mundo", mientras me empujaba de nuevo hacia la hilera. No había salida; a un lado el paso de la Borriquita con su bamboleo y su olor a sudor, al otro los espectadores, por delante y por detrás la fila de niños gilipollas que desfilaban con sus palmas creyéndose importantes por un día".

Seguimos con nuestro recorrido literario-semanasantero, y nos detenemos para hablar de la novela policiaca Mucho dinero (2010) de José Villalba Garrote.

En la noche de Miércoles Santo, durante la procesión conocida como "Las Capas Pardas", el industrial y cofrade Virgilio Casas muere sufriendo extrañas convulsiones, muerte que oficialmente es diagnosticada como un paro cardiaco. Pero un policía que ha presenciado la escena, decide investigar el sorprendente fallecimiento.

"El traquetear destemplado de las matracas volvió a oírse, esta vez muy cerca; era la inconfundible llamada al silencio que debe de reinar en el devoto desfile de la Hermandad de la Penitencia. Enseguida llegaron los primeros hermanos penitentes, desfilando pausadamente, algunos descalzos, cubiertos todos con capas alistanas de lana parda sobre trajes oscuros. Algunos cofrades llevaban debajo de la capa ropas antiguas, vistosos chalecos y botones charros. Desfilaban con las cabezas inclinadas mostrando sumisión e iban cubiertos con pesadas capuchas caprichosamente bordadas. En sus manos portaban un farol de llama viva.

La imagen de los cofrades era imponente. Sus sombras titilantes sobre las piedras del muro antiguo del Palacio del Obispo, producidas por los rústicos faroles, tenían vida propia y exhibían un halo fantasmal. La escena se podía remontar a los siglos del verdadero Medioevo. Las sombras, transformadas en espectros oscuros de la noche, avanzaban, acompasadas de lamento, por el murallón de piedra, a paso muy lento, estremeciéndose. Las acompañaba el imprevisible resonar trágico y quebrado de las matracas y la cadencia tenebrosa del bombardino que se iba acercando. La impresión fue tan severa que hasta la pareja de jóvenes turistas a la izquierda de Leocadio permaneció callada y expectante, borrados de sus rostros cualquier asomo de guasa. Las mujeres de su derecha se persignaron. Ainoa, la pequeña, miraba para todos los lados, asustada. Marisa la cogió en brazos con un apacible y cálido arrumaco. La niña se sintió más protegida, pero no por ello se alteró su carita de estupor. La inquieta Ruth tampoco estaba en ese momento para dar saltos de alegría.

El sonido del bombardino era un gemido como de ultratumba, tan grave que parecía venir del propio reino de las sombras. Y aquella marcha fúnebre, qué decir de ella, era tan solemne que erizaba los cabellos del más pintado.

El hermano bombardino, envuelto por una sacra aureola, iba en medio, donde la formación tomaba forma de cruz latina.

Tras él y coronando la procesión marchaba una talla anónima de finales del siglo diecisiete que representaba a un lastimero y austero Cristo en la cruz. A los pies del Cristo del Amparo en el cadalso solamente había un manojo de cardos secos y una calavera esotérica que popularmente se conoce como "La Niña". El paso desfilaba transportado por doce hermanos sobre unas sencillas andas de madera e iba alumbrado por cuatro humildes faroles. La escasa y danzante luz de las llamas de los faroles le daba a la imagen crucificada una apostura de arrebato y, a los que la contemplaban, esa zozobra legendaria, tantas veces auscultada y asumida por una gran parte de la humanidad. Un sacerdote desfilaba tras el Cristo, engalanado con un más que elegante hábito. Muy cerca y marcando el paso, sonaba el remolón tomtomtom? de un sobrio tambor.

Pero lo sorprendente es lo que aconteció después. Un cofrade de avanzada edad inició una serie de movimientos que desentonaron sobre el resto de hermanos penitentes. Recordaba a una persona embriagada, descompasado del resto, inventor él de nuevos giros epilépticos de un anárquico ballet surrealista. De pronto, tajando el silencio, comenzó a gritar y a reírse. Desenfrenadamente el cofrade, histérico, la emprendió con su tosco farol de hierro fundido, batiéndolo con furia, lanzando mandobles a diestro y siniestro, como si luchara contra un espíritu invisible que solamente él podía percibir. Casi le quitó la cara a una señora mayor que sin dar crédito miraba embelesada lo que ocurría. A fuerza de golpetazos, por dicha al vacío, se fue haciendo un hueco cada vez más grande entre el gentío. No duró mucho la contienda virtual porque enseguida el pobre loco cayó al suelo como si el enemigo invisible le hubiera clavado una daga en el corazón. El farol "de pajar" se soltó de sus manos, planeó trazando un recorrido limpio para suerte de la concurrencia y rodó cuesta abajo, encendido, hasta que un hermano cofrade lo paró con el pie".

He dejado para cerrar este artículo, la novela Pasos en la piedra (2016) de José Manuel de la Huerga, ganadora del Premio de la Crítica de Castilla y León hace escasas semanas.

La acción trascurre en Barrio de Piedra, una pequeña ciudad de la Meseta, que vive intensamente la Semana Santa de 1977, aquella en la que se legalizó el PCE. Barrio de Piedra presenta grandes similitudes con Zamora, algo que el lector advertirá desde el plano inicial: Balborraz, Mirador del Troncoso, el Castillo junto a la Catedral, la muralla, el río?

Pero no es solo Zamora, es también Toro, Medina de Rioseco o Valladolid, como el propio autor confiesa en sus "Agradecimientos, referencias" finales.

De la Huerga crea su propia ciudad, y también su propia Semana Santa, tomando aquello que ama de cada procesión castellana y creando momentos de belleza extrema, solo posibles en ciudades como la nuestra.

El avezado y purista semanasantero zamorano advertirá fusiones, como una Veracruz con matracas o el Yacente de la Colegiata, y se sumergirá en una Semana Santa que no existía, y que, sin embargo, ya es realidad en las mentes de muchos lectores.

Disfruten de algunos pasajes:

"El Prendimiento, a buen ritmo, recorría río arriba el paseo de los Tres Árboles hasta el Puente de Hierro. Allí comenzaba el ascenso a la ciudad amurallada por el extremo este. Era menos empinado que por Balborraz, pero aquella curva alargaba el esfuerzo mantenido".

"Le comunicaron al deán de la Catedral que se ahorrara la admonición que traía preparada y se pasó directamente al Juramento del Silencio. Le hicieron seña al director del Coro del Colegio de los Frailes, el hermano Víctot del Val, y este extendió sus brazos para que las cuatro filas de niñosentonaran el tradicional Miserere al que se uniría el resto de participantes: "Miserere mei, Deus: secundummagnammisericordiamtuam"".

"Y Flagelación seguiría los pasos de Prendimiento, a cierta distancia. Con su paso de Los Azotes daba comienzo a su procesión de regla, conocida popularmente como Los Borrachos".

"Llegados a pie ligero a la cabecera de la marcha de Los Borrachos, la Leica de Peter enmudeció. Su dedo se encasquilló ante aquel espectáculo de exaltación de la sangre a finales del siglo XX. Balborraz abajo, arrastrándose, ocho hombres tapados con caretas negras iban disciplinando sus espaldas desnudas. Cierto que no estaba permitido el látigo de cuero con terminaciones de plomo, como parecían estar diseñados los látigos genuinos del paso de Los Azotes".

"Nunca La Dolorosa, entre ramos de gladiolos blancos, había bajado tan despacio por Balborraz. La tradición de la mañana del Viernes desnudaba los pies de la mayoría de penitentes vestidos de terciopelo verde y capuchón negro. Ninguno de los veintiún hermanos que llevaban a hombros a la Señora de Barrio de Piedra quería pasar a la historia por enseñar zapato. Aquella Virgen era la imagen de mujer más querida en la ciudad y en ella se proyectaban los anhelos de toda la población".

"La Elevación de la Cruz era otro de los conjuntos escultóricos más estimados por los estudiosos del arte sacro. Seis figuras eran sorprendidas en el momento de la maniobra del izamientode la cruz romana desde el suelo. Un Jesús recién clavado buscaba el aire que le faltaba, en tanto que era aupado por cinco sayones: dos en escaleras apoyadas en cada brazo del madero, otro en la base del tronco, empujando y centrando la vista en el horizonte, y dos más que frente a ellos tiraban de sendas cuerdas amarradas a los brazos de la cruz. El gesto de caderas descoyuntadas de estos últimos, a pesar de la inverosimilitud de la postura , conseguía una inolvidable fuerza expresiva".

Desde luego, yo ya soy un barriopetrino más. Me encantaría enseñar Literatura en su Instituto José Zorrilla, o pasear por su casco viejo o su barrio modernista?, pero en Semana Santa tendría que volver a Zamora.

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