11 de abril de 2017
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Cincuenta años de Las Siete Palabras

Cómo un grupo de jóvenes forjó una cofradía cuya procesión es ya clásica de la noche del Martes Santo

11.04.2017 | 01:20
1988, año del primer desfile de Las Siete Palabras con mujeres en sus filas.

cuando en 2001 escribí para este diario los 25 fascículos que formaron el coleccionable "Pasión de Zamora", vendidos conjuntamente con los diarios de aquella cuaresma, en uno de ellos, el número 7, relaté la fundación de la hermandad, contando con las opiniones y recuerdos que me brindaron dos buenos amigos, Juan Manuel Nieto Nafría y Fernando Primo Martínez, fundadores de la hermandad en 1967 durante su etapa estudiantil en Salamanca. De nuevo acudo a esas mismas fuentes.

Con Juan Manuel y Fernando trabajan también en el proyecto inicial Luis Hernández Sánchez Portela, Félix Frades Morera, Ramón Cifuentes, Fernando Primo Martínez, José Luis Tornero Roca y María Dolores Galache, decididos a dar un impulso joven a la Semana Santa zamorana con la fundación de una nueva hermandad. Dicho y hecho. Ramón Cifuentes causa baja en los inicios y se agrega Blanca Lozano que también reside en Salamanca. Se unen a la idea desde Zamora Carlos Andrés Fernández y Alberto García Cortés. Todos ellos, al confeccionarse la primera lista de la hermandad, son apuntados con el número cero.

Fernando Primo se reúne en Zamora con Dionisio Alba Marcos, que le facilita un ejemplar de los estatutos de la Hermandad de Penitencia para que sirvan de modelo y orientación a su proyecto. La intención de Nieto Nafría es la de de honrar a Jesús en el Calvario, denominando de las Siete Palabras a la hermandad y quieren como imagen titular la de un Crucificado. Barajan varias, la del Cristo de la Buena Muerte en San Vicente (aún no se había formado la hermandad que le daría culto a partir de 1975), y la del Cristo de San Torcuato. Ambas son desechadas al ser imágenes de Cristo muerto ya que desean que sea una imagen de Cristo en la cruz, vivo o en agonía. Félix Frades apunta que en el templo de Santa Lucía hay una imagen de Cristo en la agonía que los fieles de los barrios bajos llaman "Cristo de la última palabra", que se encontraba en el trascoro del templo y en deficiente estado de limpieza y conservación.

Hablan con don Luis Rubio Petite, párroco de la Santa María de la Horta, a cuya jurisdicción eclesiástica pertenecía el templo de Santa Lucía, para sacar la citada imagen en procesión, obteniendo la correspondiente autorización. Siguen con la redacción de estatutos que como novedad incluye la participación plena de las mujeres en la misma. Ellas vestirían un traje chaqueta de color azul marino y ellos un traje del mismo color. La idea inicial da paso al hábito de estameña blanca que ya utilizaban otras cofradías y abarataba notablemente el precio total, con caperuz de pana verde y fajín de distintos colores según la sección, dividida por cada Palabra de Cristo. En el primer proyecto de estatutos se limitaba la edad de permanencia en la hermandad a los cuarenta años y el ingreso únicamente a estudiantes, ideas que no fueron aceptadas por la autoridad eclesiástica. Igualmente hubo de suprimirse la inclusión de mujeres. Tendrían que transcurrir veinte años, en 1988, para que la hermandad, debidamente autorizada por el Obispado, pudiera acoger ya en su seno a las mujeres con idénticos derechos y deberes que los varones de la misma.

La primera junta directiva estuvo formada por: Juan Manuel Nieto Nafría como abad; capellán, don Luis Rubio Petite; secretario, Fernando Primo Martínez; tesorero, Alberto García Cortés; priores, José Luis Tornero, Félix Frades, Carlos Andrés Fernández y Luis Hernández Sánchez Portela; jefe de paso, Miguel Ángel Pertejo Andrés.

La primera procesión salió a la calle el martes día 9 de abril de 1968 con la imagen del Cristo sobre una pequeña mesa de color blanco ("parecía una tarta", llegó a decir con humor Nieto Nafría), que era propiedad de la cofradía de la Virgen de la Salud de la parroquia titular, aunque también se barajó la posibilidad de utilizar las andas en las que era sacado en procesión el Cristo del Amparo. Como señal de protesta ante la autoridad eclesiástica por su negativa a permitir el ingreso de hermanas, los espacios ocupados en la procesión por las palabras tercera y cuarta, en principio previstos para ellas, se dejaron vacíos.

La procesión salió a las doce de la noche de Santa Lucía y su primer itinerario fue el siguiente: calle del Puente, cuesta de Pizarro, San Pedro, San Ildefonso, plaza de Santo Domingo (hoy, Fray Diego de Deza), Arias Gonzalo, Obispo Manso, Antonio del Águila, Plaza de Pio XII (hoy, Catedral), donde se leyeron las Siete Palabras, para seguir por rúa de los Notarios, Ramos Carrión, Plaza Mayor, San Andrés, plaza de Eugenio Cuadrado (hoy, Plaza del Seminario), cuesta del Piñedo, San Juan de las Monjas, Horta, avenida del Mengue, Puente y Santa Lucía.

La noche fue desapacible pero no llegó a llover. Presidió la nueva procesión el alcalde de la ciudad, don Venancio Hernández Claumarchirant y los concejales don Ricardo Prieto y don Emilio Luelmo.

Como la mesa no podía salir del templo debido a la estrechez de la puerta, la imagen fue izada desde un balcón de la plaza de Santa Lucía, quedando guardada en el corral de una vaquería, sita en el palacio de Puñoenrostro, hoy Museo Provincial de Bellas Artes. Por la noche, antes de la procesión, sin luz, se sacó la mesa con la imagen tapada con una sábana y se la iluminó ya en presencia del público, operación que se repitió al año siguiente. Ello dio origen a la norma de la hermandad de sacar su imagen a la puerta del templo antes de que lo hagan los hermanos.

Paralelamente a las gestiones de la fundación, en los meses anteriores surgió un movimiento contrario, alrededor de la parroquia de San José Obrero, al ser considerada elitista, fundada por "niños de papá". Un grupo de personas arrojó durante algunos tramos de la procesión bombas fétidas, colocó estratégicamente hilo de sedal en algunos balcones de lado a lado de las calles con los que tropezaban los caperuces y lanzaron octavillas con coplas que provocaron la actuación de la Policía.

Este periódico, en la reseña de la procesión, no apunta incidente alguno y señala textualmente: "Una nueva hermandad nacida de la juventud zamorana, de muchachos estudiantes y universitarios y de bachillerato que han querido aportar, con su savia nueva, una nueva empresa a nuestra incomparable Semana Santa. En un principio se autorizó a que formaran en sus filas de cofrades los y las jóvenes zamoranas pero al final se limitó solamente a los varones. Sus organizadores se han propuesto distintos actos cuaresmales de penitencia, pudiendo pertenecer a ella toda clase de jóvenes aún sin ser estudiantes".

La imagen del Cristo de la Expiación o de la Última Palabra, ha sido considerada de autor anónimo hasta hace escasos años aunque en su día se le asignaron varias atribuciones sin mucha credibilidad. Según el documentado estudio del delegado diocesano de Patrimonio, don José Ángel Rivera de las Heras, es obra del magnífico escultor toresano Antonio Tomé, padre de la saga de los Tomé, que de forma tan excelente trabajarían por algunas provincias de nuestra comunidad, dejando numerosos retablos e imágenes de singular valor. Rivera de las Heras publicó este trabajo en el anuario 2010 del Instituto de Estudios Zamoranos "Florián de Ocampo". Junto a este Crucificado, Antonio Tomé cuenta con otras obras destacadas en nuestra diócesis entre las que descuellan el retablo de la iglesia de San Torcuato, (antiguamente de los Trinitarios) y El Resucitado de la iglesia del Sepulcro de Toro.

La Cruz que sostiene al crucificado fue tallada en 1968 por Hipólito Pérez Calvo, para garantizar la seguridad de la imagen de cara a su salida en procesión aquel año. La talla ha pasado por dos procesos de restauración en estos años, habiendo sido situada en el ábside del altar mayor del templo tras haber tenido culto un buen número de años en una de las capillas laterales tras la desacralización del templo de Santa Lucía en el que estuvo desde tiempos remotos.

La hermandad cumple cincuenta años de vida contando con un elevado número de hermanos, mal de mil seiscientos, y el excelente conjunto de siete imágenes de Cristo en la cruz que orlan su desfile penitencial, tallados por escultores de reconocido prestigio que cito por orden de su colocación en la procesión, José Luis Alonso Coomonte, Fernando Mayoral, Ricardo Flecha, Juan de Ávalos, anónimo del siglo XVII, Hipólito Pérez Calvo y Nuria Guerra Castellano, todos ellos propiedad de la hermandad.

Este año como recuerdo de esta efeméride, la hermandad iniciará su procesión desde el primer templo de la diócesis, rindiendo de esta forma veneración y fidelidad a la iglesia local, en la que está plenamente incardinada.

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