HERMINIO RAMOS.
Hablar de Pino del Oro es hablar no sólo del arribe, de su paisaje, del Duero o de esa maravilla que nos ofrece la mirada desde cualquier lado: el célebre puente, milagro de una época en la que el hierro comenzaba a comprometerse con las grandes obras. Es de justicia agradecer la entrega, generosidad y buen hacer de aquellos que representaron a esta provincia en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo de Madrid y que hicieron posible algunas de las grandes obras de las que todavía gozamos. El poder pesa, abruma y si no se lleva con la eficacia y eficiencia debida llega a hundirnos en la más miserable de las situaciones.
Aguas abajo y desde el viaducto citado, célebre en su tiempo y una referencia siempre, podemos encontrar las ruinas de la no menos célebre ermita de San Esteban, donde saltaban de las barcas del señor marqués de Santa Colomba sayagueses y alistanos en sus constantes ir y venir de ferias y mercados, hasta que la buena y eficaz política de don Federico Requejo y Avedillo terminó con aquel anacronismo, muy romántico pero injustificable en los comienzos del pasado siglo.
Pero la historia de Pino del Oro se cuenta por milenios, su apellido nos lo indica con toda claridad y los primeros estudios arqueológicos lo demuestran con esa claridad que las excavaciones bien programadas y magníficamente realizadas a lo largo de varias campañas nos han permitido disfrutar en las veinticuatro páginas del resumen de los trabajos llevados a cabo y de los hallazgos y reconocimientos realizados, todo bajo el título de "El bronce de El Picón". Este pago del término municipal ofrecía una serie de testimonios dignos de ser tenidos en cuenta y el equipo no se equivocó. El trabajo publicado, magníficamente documentado con gráficos y fotografías, nos permite seguir a los que conocemos la zona con rigurosa precisión y a los que quieran disfrutar de ese paisaje y sentirse seguros en las tierras que pisan y en las que descansan silenciosos pero vivos dos milenios de historia que esperan la mano milagrosa de los arqueólogos para devolverlos a la luz, ordenados, estructurados y clasificados, también desde la exactitud que puede dar la biología.
Adentrarse en el paisaje geográfico de Pino del Oro es, además, una aventura geográfica de cambios y de sorpresas verdaderamente atractivos aún para el simple curioso o amante de la naturaleza. Pero a eso hay que unir, aunque sea superficialmente, el accidente geográfico, la variedad o matiz de la geología y ya adentrándonos en lo que la arqueología nos ofrece en publicaciones de esta categoría, entonces, arrancar río arriba o río abajo o seguir por el Camino hacía El Castro, sintiendo bajo los pies la llamada permanente de lo que en parte nos han sintetizado en ese pequeño pero rico manual de "El bronce de El Picón", síntesis que constituye una lección magistral para pisar con respeto y mirar casi reverencialmente cualquier fragmento de algo poco corriente en aquellos pagos, porque sin duda allí se esconde una página de nuestra historia.
Un nombre he de recordar, el de Inés Sastre Prats, con esta magnífica síntesis sobre ese punto clave de El Picón. Esperamos, deseamos y rogamos que en nuevas campañas se impliquen nuestras instituciones provinciales y locales. Se integren y comprometan a colaborar en seguir elaborando arqueológicamente hasta conseguir sacar a la luz el rico filón arqueológico del oro de la historia, tan rico como el oro auténtico que hizo el milagro de asentamientos en estas geografías tan hostiles.
Geología, geografía, arqueología, historia, todo en unas páginas y en unos parajes cargados de atractivo, junto al Duero, mensajero de la historia que enlaza la fe y la técnica en una sola página, un lugar para pensar, oficio duro y difícil.