PACO ANTÓN.
En el reloj del Ayuntamiento faltaban siete minutos para las diez, y el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, ponía los pies en la Plaza Mayor, exactamente en un lateral de la fachada de la Casa de las Panaderas, esquina con Ramón Alvarez. Allí le esperaba un impaciente Juan Vicente Herrera, presidente autonómico, que poco antes había conseguido zafarse del paraguas protector del servicial delegado de la Junta.
Justo en el punto opuesto de la diagonal, asomando por las calles Renova, Balborraz y los costados de San Andrés, pero contenidos por las vallas, se habían ubicado o habían sido ubicados en torno a un centenar de manifestantes que defendían cuatro o cinco causas diferentes y bastantes más siglas. No sé si fue el azar (lo dudo), la imprevisión de los propios reclamantes (evidente) o la premeditación de los águilas del protocolo y la seguridad (lo más probable), pero el caso es que la comitiva presidencial no tuvo que pasar por delante de los protestantes y de sus pancartas. El presidente del Gobierno y su cortejo accedieron a la Plaza Mayor por la fachada oeste de la iglesia de San Juan, procedentes de Ramos Carrión y Alfonso XII, con lo que dieron esquinazo a los concentrados. Parecido itinerario, aunque había pernoctado en Zamora, utilizaría poco después el primer ministro portugués, José Sócrates, para entrar en la plaza y ser recibido por nuestro presidente de forma muy efusiva.
En la otra punta de la Plaza, como decía, alzaban sus pancartas y banderas manifestantes de la UPL y del Prepal con lemas alusivos a la autonomía del Reino Leonés y derivados. Más rezagados estaban los cuatro voluntariosos de la Plataforma pro Hospital de Benavente, casi perdidos al fondo de Renova. Mejor situados, junto a algunos abanderados leonesistas, estuvieron y se dejaron oír bastante los manifestantes que reivindicaban la reapertura del ferrocarril de la Ruta de la Plata, con rótulos y carteles variopintos y variados de tamaño y contenido, en alguno de los cuales le recordaban a nuestro presidente que "Obama viaja en tren". Y en primera línea, a la entrada de Balborraz, tras las vallas y ataviados con impermeables, más de una docena de policías nacionales -se supone que fuera de servicio y foráneos- defendían las siglas de algún sindicato del cuerpo y las reivindicaciones que llevan meses exigiendo. La de los agentes del orden fue la protesta más numerosa, más ruidosa y hasta faltona, con un estruendo de pitos y gritos a coro de "Zapatero, embustero", que en algún momento fueron solapados por el "Zapatero, presidente" de algunos ciudadanos, además de afines al leonés, bastante indignados por la vehemencia de los guardias. Allí asistí a algún que otro fogoso "cambio de impresiones" entre espectadores de opiniones encontradas, los del "no hay derecho a montar esta protesta en Zamora" y los del "aquí no pinta nada el presidente".
Tan caliente se puso el patio, que cambié de emplazamiento. Y a través de la Plaza del Fresco y de Mariano Benlliure, llegué al otro lado de la Plaza. Encaramado y pegado a lo Spiderman a una columna de los soportales laterales, tuve una visión privilegiada de los presidentes y de todo el ritual (son las ventajas de estar en tierra de nadie o de esperar toda la vida a que alguna vez ganen los míos). Ambos presidentes se plantaron a escuchar los himnos de Portugal y España a escasa distancia de mi columna paladín. Después, revisión de tropas, saludo a la larga fila de autoridades? y, al llegar a la altura del Café Central, Rodríguez Zapatero rompe el protocolo -¿se dice así?- y decide darse un baño de pueblo saludando y sonriendo al personal, que allí estiraban la mano y le hacían fotos incluso quienes un minuto antes le ponían verde. Yo lo tuve a menos de tres metros, pero en el momento cumbre, cuando iba a chocar los cinco con el presidente, la columna que me sostenía dijo basta y me tiró al suelo. Se acabó de golpe tanto privilegio. Siempre estoy a punto de y nunca llego. Así me luce el pelo.