EL ESPEJO DE TINTA

Saludar a Dios

 
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Angel Macías. 

ANGEL MACÍAS. Martín Ramos pertenece a la antigua raza de los Titanes. Es un héroe de las alturas, representante de la cantera de montañeros zamoranos. Martín es un súper hombre que escala cumbres imposibles como una ofrenda al intento de los hombres de dominar la naturaleza y poniendo con ello ante nuestros ojos la pequeñez de lo humano frente a los colosos de roca. Esta semana nos contaba su última expedición al Himalaya y su ascensión de dos "ochomiles" en sólo unos pocos días.
Lo cuenta no con el lenguaje de la épica sino con una pasmosa normalidad con la que nos sorprendería, incluso leyendo la carta de un restaurante exótico. Sisha Pangma, Karakorum, Gasherbrum, K-II. Habla de subir y bajar montañas de más de 8.000 metros como si fueran los toboganes de un parque acuático o un paseo por las laderas de Valorio. Casi se diría que en realidad se escapa a las tierras del Yeti de vacaciones, a descansar de su trabajo. Que el riesgo en su vida lo aporta su servicio profesional como bombero. Pero no, Martín es resistente, noble y natural como el nombre de uno de sus patrocinadores, "arquitectura en madera y piedra". Su madera es la misma que hace que su padre, el cronista Herminio Ramos, remonte cada día el mal que vela sus ojos y siga leyendo y escribiendo con el insaciable apetito de quien son las letras su vida. Te toparás con él, en la calle o en sus rincones favoritos y no te verá, pero en su "punto de mira" sigue escrutando con la misma luz y minuciosidad el alma de Zamora.
Hace unos días pasé en avión sobre los Alpes, rumbo al norte de Italia. La reiteración de hileras de montañas que conforman la cordillera, semejaban las fauces abiertas del planeta con varias filas de dientes esperando el momento oportuno para cerrarse sobre su presa, los indefensos pueblos y ciudades asentados en su seno. Las casas, agrupadas en valles donde culminan gargantas marcadas como cicatrices sobre el suelo, son anécdotas, granos del terreno. Cualquier objeto más pequeño, inexistente. Desde la altura, la presencia del hombre sólo se intuye. Martín escala por sendas por las que nadie o muy pocos han subido antes. Se va alejando del ruido, de las miserias humanas. Según estudios médicos, en las expediciones a montañas de más de 8.000 metros, los montañeros presentan cifras de saturación de oxígeno muy bajas, comparables a las de los pacientes con insuficiencia respiratoria grave, aunque van mejorando con el tiempo de aclimatación.
Con su tesón y humildad, cuando Martín hace cumbre, suelta el piolet, se libera de las ataduras y respira el aroma del triunfo, debe sentirse a la vez inmenso y diminuto. Imagino que la baja saturación de oxígeno haga que sentidos y actividad cerebral se concentren sólo en lo esencial. En esa atípica lucidez en la que se puede ser plenamente consciente de uno mismo y de la verdadera dimensión del mundo. El montañero, en la cima del mundo, saluda a Dios.

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