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Cartas de los lectores

Ceferino Cuadrado Matallana (Zamora)
Erasmo y Cervantes (I)
La razón de su unión está en la «acusación» de ser Cervantes erasmistas; y la de entrecomillar «acusación» por no ser un motivo de desdoro, sino lo contrario, a mi juicio. Pero antes habrá de hacerse examen de quien era Erasmo, aparte del que da nombre a las famosas becas. Desiderio Erasmo de Rotterdam (1467-1536). Ordenado sacerdote católico en 1492 (esto se suele silenciar). Como disintiera de la doctrina de la Reforma protestante, Lutero le tuvo por adversario. Profundo conocedor de las literaturas griega y latina, alcanzó un extraordinario prestigio y una grandísima influencia en el pensamiento europeo (erasmismo). Mas que precursor del racionalismo se le puede considerar pionero en la búsqueda de armonía entre la Razón y la Fe (eterna cuestión). Sus ideas progresistas y pacifistas (conciliadoras) le atrajeron la reticencia de un sector católico. Lo habitual de quien está en el fiel de la balanza. Hizo relevantes servicios a la Iglesia, como una versión griega del Nuevo Testamento, y su versión latina, aparte de trabajos teológicos; pero, sobre todo, su influjo en la colosal «Biblia Políglota Complutense», obra de la Universidad de Alcalá de Henares, bajo los auspicios de su fundador, el Cardenal Fr. Francisco Ximénez de Cisneros. Abarca los textos hebreo, griego, caldeo y latino. Solo se imprimieron 600 ejemplares. He tenido en mis manos un ejemplar facsímil, y no acabé de admirar la pulcritud y nitidez de la impresión, que hacía olvidar que la técnica de la época era meramente manual. También era admirable la armonía de composición de las columnas de textos paralelos y las versiones interlineales. No entro a valorar el verdadero mérito, el ingente trabajo lingüístico, pues en eso soy tan analfabeto como, por desgracia, ante una partitura. Por cierto, que en la parte hebrea colaboró Alfonso de Zamora, judío converso, como se ve, homónimo del santo jesuita cuya estatua preside el parque de Las Viñas. El influjo de Erasmo en la España del siglo XVI fue de una intensidad excepcional especialmente entre el alto clero y las clases seglares cultas. Se ha dicho que el Arzobispo de Toledo Carranza fue perseguido por la Inquisición como erasmista, erróneamente, pues lo fue por sospechas de luteranismo, terminando el proceso por absolución. Creo no estará de más tratar este tema. El hoy beato Juan Pablo II pidió perdón por ese episodio de la Iglesia, la Inquisición. Hace falta una magnanimidad y humildad heroicas para hacerlo por algo que le era ajeno a él y a la Iglesia que regía, por la lejanía en el tiempo. Como era de esperar, los ateos irreductibles y beligerantes aprovecharon la ocasión para decir a las gentes sencillas que si la Iglesia se había disculpado por tal causa (como por el manido «caso Galileo»), dentro de años o siglos lo haría por sus enseñanzas actuales sobre: la sexualidad, el divorcio, los homosexuales y su «matrimonio», el aborto, la anticoncepción, la manipulación de embriones humanos, la eutanasia y demás «cultura de la muerte», así como por el celibato sacerdotal, la no ordenación de mujeres, etc. Mandando a la pobre gentes el mensaje, nada subliminal, de: no seáis tontos, haced lo que os dé la gana, no esperéis a que «levanten la veda», como tarde o temprano harán. («Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz»). Alguien tan poco sospechoso en esto como Nietzsche explica la Inquisición por el estado de verdadero sitio de la Iglesia a causa de la Reforma protestante. Y es bien sabida la reacción de una ciudad cercada por un enemigo mortal que entrará a sangre y fuego; o la de un ejército puesto entre la espada y la pared o una Nación en la pendiente de perder su esencia como tal. En España la situación era aún peor, por los enemigos interiores -los peores-, moros y judíos. (Lo de la «convivencia de las tres culturas» es pura mentira, como la «Alianza de las Civilizaciones». Todos los Reinos de Europa central y occidental tenían en su Derecho Penal tipificados los delitos contra la Religión, ya desde el Derecho Romano, incluso antes de Justiniano, o sea el del Imperio. En España, desde el siglo XIII la legislación en la materia estaba contenida en el Fuero Real y, sobre todo, en el Título 26 de la 7.ª Partida (recopilación de Alfonso X el Sabio), que establecía que los reos condenados por tal motivo debían ser entregados a lo que el Santo Oficio llamaba «brazo secular», o sea el poder civil, por no tener jurisdicción para la ejecución de le pena. Garantías procesales: No se podía prender (detener) a nadie sin estar el hecho probado por cinco testigos contestes; para condenar se exigía confesión del reo o, en su defecto, otros dos testigos; los siete sin tacha legal. Si el acusado pedía perdón se le absolvía por dos veces. La condena exigía unanimidad de los jueces, todos doctos en ambos Derechos en Teología. -La «feroz condena» y «trato inicuo» a Galileo fue de tres (3) días de prisión-. Me he referido a «brazo secular», «poder Civil», «Reinos de Europa», sin mencionar la palabra «Estado». No existían en la época, como los conocemos ahora, y menos con la calificación de Nietzsche: «El Estado es el más frío de todos los monstruos fríos». En la coyuntura histórica, para la Iglesia la cuestión era, como en Hamlet, de «to be or not to be», ser o no ser. Queda pendiente examinar el «erasmismo» de Cervantes.

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