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Cartas de los lectores

Óscar Antón Vacas
Vía Crucis de Madrid
Cuando, después de una semana de haber estado en «las mejores vacaciones de los últimos años», y piensas en aquellos días, sólo puedes hacerlo con nostalgia. Salimos mi novia y yo de Zamora el 18 de agosto y, con la excusa de ver el Vía Crucis, pasamos tres días en Madrid visitando, además, el Jardín Botánico, el Museo de Ciencias Naturales o el inacabable Zoo. Pero lo importante era lo que acontecía el viernes a eso de las 19.30. Aquella mañana vimos todos los pasos que participaban en el Vía Crucis, uno por uno. El detalle de las pancartas informativas delante del de Zamora fue un punto muy a favor para nosotros. «Es precioso», oía a mi alrededor y yo, cada vez, sacaba más pecho, que se viese bien que en mi camiseta ponía «Zamora». Era La Crucifixión, pero podía ser otro paso cualquiera (¿quién de nosotros no ha pensado por ejemplo en El Prendimiento, La Caída o, sobre todo, La Lanzada?). Cuando por la tarde llegamos a Alcalá (entre Cibeles y Sol), no podía creer que estuviese entre tanta gente. Un acontecimiento así no se vive todos los días. Según nos acercábamos a La Cibeles, la multitud era cada vez mayor, no podíamos adentrarnos más. Veías alrededor y cada vez parecía más imposible que yo estuviese ahí. Al poco llegó el Papa. Aunque lamentablemente no pude verle, no pasaba nada. Por las pantallas gigantes no perdía detalle. Después de ver el Vía Crucis, nos pusimos a esperar a la procesión que iba a ser única, ¡Cuántas Semanas Santas juntas! La espera era larga pero, por fin, a eso de las 11 de la noche, se veía a lo lejos el primer paso: La Virgen de Regla de Sevilla. La estampa era impresionante. En serio, impresiona. Pero no es, personalmente, lo que me gusta. Demasiado lento, demasiados aplausos, demasiado oro. Tras una pequeña espera, se acercaría El Prendimiento de Málaga (La Santa Cena de Murcia debió tirar directamente a su sede, no me digáis por qué). Bailó delante de nosotros porque estábamos entre malagueños. Me gustó mucho. La escena entre Pedro y Malco cobró un realismo impactante. Los pasos ahora vendrían más juntos, siendo el primero el inédito Las Negaciones de San Pedro. Digo inédito porque apenas debe haber imagen de esa estación en España. Este era de Orihuela y destacaban Jesús y San Pedro. A continuación vendrían una serie de pasos que resumiré brevemente: La cuarta estación, el Cristo de Medinaceli me llevaría una gran decepción. No me causó nada especial como me prometieron los madrileños, pero sí me gustó el Cristo del Gran Poder, así como el Cristo de La Caída (Úbeda), aunque no fuese de lo mejor de Benlliure. Luego llegarían nuestros vecinos leoneses con su Nazareno y el Cirineo. Destaco su forma de bailar el paso y el propio Cristo. Fue una pena no poder ver todas las figuras del grupo escultórico de La Verónica (Jerez), aunque sí lo pude hacer con La Desnudez de Granada. El Cristo o el soldado que sujeta los dados son de mención. Y, por fin, a eso de la una de la madrugada, llegaría a Zamora. Primero el Merlú, con su toque de corneta y los golpes secos del tambor. Hicieron fondo justo donde nosotros y, cuál fue mi sorpresa cuando nos dieron almendras garrapiñadas. Los malagueños preguntaban «¿Qué es eso?». Tras mi explicación ellos se sorprendieron, asintiendo con la cabeza, de una tradición tan curiosa que seguro tomaron nota para ellos. Se reanudó la procesión y la espera mereció la pena. La Crucifixión nos bailó y los pelos se nos ponían de punta. Qué maravilla de imagen. Ahí estaba, en Madrid camino de la Puerta del Sol. Quién se lo iba a decir a Ramón Álvarez. Pero la procesión continuaba con otro paso de Málaga, el Cristo de Mena. Impresionante los legionarios cantando El Novio de la Muerte al son del baile del paso. Increíble. «l Descendimiento de Cuenca era otro de los grupos sin exceso de oro. Fue una de las imágenes que más me gustaron, al igual que las dos siguientes: La Piedad de Valladolid y el Yacente de Soria. ¡Qué gran parecido con el de Zamora! Y es que el discípulo de Gregorio Fernández incluso superó a su maestro. Tras un largo día y después de finalizar la procesión, nos dirigíamos al hotel a dormir. Pero que sorpresa cuando, al acercarnos a Sol por Carrera de San Jerónimo, vimos a lo lejos a nuestro paso. Estaba descansando, mirándonos. Decidimos acompañarlo hasta el Ayuntamiento; era una oportunidad que no podíamos dejar escapar. Y bien que hicimos porque, ver caminar a La Crucifixión delante del Congreso de los Diputados con Thalberg de fondo, no tiene precio.

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