CARMEN FERRERAS
Dicho así suena a fábula de nuestro tiempo pero, qué va, el conejo y el euro son los protagonistas indiscutibles de un nuevo cuento de Navidad, del que es autor don Pedro Solbes, intendente mayor del Reino de las Españas, insular y peninsular mayormente. Don Pedro nos ha echado en cara, después de estos años bajo la égida del euro, de no haber aprendido a "interiorizar" su valor, a pesar de las calculadoras que se nos entregaron a miles cuando empezó la tiranía del euro. El señor Solbes ha ejercido su pedagogía económica y nos ha puesto un ejemplo, parábola, fábula, alegoría o como quiera usted llamarlo.
El ministro de los dineros se ha fijado en un detalle que a todos nos ha pasado desapercibido, cuando los españoles salen de copas, como no calibran, suelen dejar de propina un euro, sin darse cuenta de que no dejan cien pesetas sino ciento sesenta y seis pesetas y unos céntimos que sí cuentan en el cómputo general. Eso es lo que dice el señor ministro. Y no es verdad. La propina ha pasado prácticamente a la historia. Ya no se dan propinas. Como mucho se dejan unos céntimos que nunca son suficientes. Con decir que el más resentido es el cepillo de los santos. Cuando en misa se pasa el cestillo, para hacer un euro los párrocos se ven morados. Como morados se ven para hacer un euro la mayoría de los camareros patrios que antes se sacaban un sobresueldillo con las propinillas de cada día. A ver, señor ministro, si no hay ni pa pipas, ¿cómo va a haber pa propinas? Imposible. Lo que demuestra que el españolito de la mitad hacia abajo ha interiorizado sobradamente el valor del euro. De dejar algo en el platillo, se dejan centimines que no conducen a ninguna parte salvo que se sumen a otros muchos centimines, pero se tarda en llegar a la monedica plateada con una arandelica dorada a modo de corona. Y para corona la que nos pusieron los ejercientes de la política cuando colocaron a España en la Europa del euro. Algo no hicieron bien, porque somos los más afectados de la Europa común, junto a los portugueses que tampoco salieron muy beneficiados en el cambio. No, si ya lo dice mi tía Niceta, otra vendrá que buena me hará. Y mire lo que ha hecho el euro con la peseta, conseguir que la añoremos cada día un poco más. Ayer comí conejo y no por prescripción ministerial sino porque tocaba y porque mi buena madre guisa el conejo de tal forma que si el mismísimo Ferrán Adriá pillara su receta, con el nombre que ya tiene, se forraba más de lo que ya está. Mi buena madre no tendría inconveniente en compartir con Adriá su receta. Pero, a ver, quién es el señor Solbes, por muy ministro que sea, para decirle a mi señora madre lo que su familia debe comer en Navidad, si resulta que la autora de mis días tiene ya interiorizado en su magín el menú de Nochebuena y el otro de Navidad y no he visto el conejo por ninguna parte, ya digo, tocó ayer después de algún tiempo. Si empiezan a meterse en las cocinas les auguro problemas, porque las amas de casa y todos cuantos se desenvuelven entre pucheros y fogones son muy celosos de ese trabajo diario tan poco valorado como para que encima venga un miembro del Gobierno patrio a enmendar la plana a las mejoras contadoras del Reino de España: las amas de casa. Esas señoras ante las que me descubro, heroínas de todos los tiempos, autoras de una épica singular, que hacen milagros con los escuetos sueldos que manejan no sólo para dar de comer todos los días a su grey familiar sino para cambiar el menú sin que el bolsillo se resienta más de lo debido. Tía Niceta se ha agenciado dos liebres y se las va a enviar de regalo al ministro para hacer un trueque, el cordero que él va a degustar en Navidad, por los conejos de monte que le envía mi tía. A ver qué le parece. Seguro que no cuela.