MARISOL LÓPEZ
Mucho antes de que a Al Gore se le despertara, oportunamente, la conciencia ecologista que lo ha devuelto del mundo de los muertos políticos, el científico James Lovelock ya había apreciado los primeros signos de que la Humanidad caminaba hacia el desastre. Lovelock es el padre de la teoría Gaia, que toma el nombre de la diosa griega de la tierra y que formula la hipótesis de que todas las formas de vida del planeta constituyen un sistema que se viene autorregulando desde hace más de 3.000 años. Afirma Lovelock, ahora defenestrado por los verdes por su defensa de la energía nuclear como la única opción "limpia" que permitiría a la civilización mantener su frenético ritmo de producción, que si un día estallara una guerra atómica y toda la Humanidad sucumbiera, la Tierra respiraría, aliviada, por haberse librado del hombre, al que consideraría un experimento terrible y fracasado.
Mientras Gore y sus colegas andan defendiendo el Kyoto que su Gobierno no firmó y ejercen de gurús medioambientales quemando queroseno en jet privado y recaudando miles de dólares por conferencia, Lovelock contempla desde su casa a las orillas del río Devon, en Inglaterra, la agonía del planeta que propició la aparición de nuestra especie. Los gobiernos idean ingeniosas campañas con dinero público para que los ciudadanos cerremos el grifo a la hora de lavarnos los dientes, mientras las petroleras se frotan las manos alentando el deshielo del Artico que esconde en sus fondos los últimos lingotes del tesoro de combustible fósil por el que Rusia y Estados Unidos pugnan en echarle el guante.
En este genial ejercicio de hipocresía, los gobiernos de las potencias desarrolladas se muestran terriblemente concienciadas sobre las consecuencias de los males desencadenados desde los tiempos de la Revolución Industrial que les permitieron auparse en los primeros puestos del bienestar que, probablemente ya no podrán alcanzar los más pobres, aquellos que llegan tarde y, además, salpican en lugar de acatar ciegamente el parche ideado en Kyoto. Tal vez lo que contemple Lovelock desde su finca en la campiña inglesa no sea otra cosa que el movimiento imparable de Gaia a punto de levantar su mano para aplastar definitivamente al mosquito molesto en el que nos hemos convertido. Y el paso de toda esta civilización, con nuestros descubrimientos, nuestras maravillas, nuestras guerras, nuestras esperanzas, nuestras grandezas, nuestras miserias, no sea más que un fugaz zumbido ante los oídos grandiosos e inmisericordes del Universo que nos acoge... De momento.