ANTONIO CIVANTOS
Mentidero de Madrid /// decidnos: ¿Quién mató al conde? /// Ni se sabe ni se esconde /// Sin discurso discurrid /// Dicen que lo mató el Cid /// por ser el conde Lozano /// ¡Disparate chabacano! /// La verdad del caso ha sido /// que el matador fue Bellido /// y el impulso soberano.
Estos versos satíricos fueron dedicados, según cuentan las crónicas, por don Luis de Góngora y Argote a la muerte de don Juan de Tarsis, conde de Villamediana, que fue asesinado, una noche de agosto de 1622, casi a la puerta de su casa, calle Mayor de Madrid, por un hombre que salió del portal de los "pellejeros". Naturalmente, la Policía hizo todo lo posible por no encontrar ni al asesino ni al inductor, aunque todo el mundo supo después que el primero fue un tal Ignacio Mendes, natural de Illescas, nombrado más tarde Guarda Mayor de los Reales Bosques, y el segundo se sospecha que fue el mismísimo Conde Duque de Olivares, en venganza de las numerosos epigramas que a su costa escribió el poeta, pues don Juan de Tarsis, además de libertino, putañero y jugador, era poeta, y también, según dicen, estuvo muy enamorado de la reina, Isabel de Borbón, esposa del rey Felipe IV.
Pues bien, vivimos la actualidad española entre dimes y diretes, sobre todo a raíz de la sentencia del juez Bermúdez, el cual ha aceptado a pies juntillas todas las pruebas y declaraciones presentadas por los policías que declararon en el juicio. Me refiero más que nada a la prueba de la famosa mochila de Vallecas -con su «periplo extravagante», según la asombrosa redacción del magistrado-, gracias a la cual la Policía pudo dictaminar la marca del explosivo utilizado y también a la detención, ipso facto, de la mayoría de los acusados, en virtud de la tarjeta del teléfono móvil en ella encontrado.
Se trata, claro está, de una mochila mágica, como la bola de cristal de una bruja adivinadora. Y el caso es que dicha mochila no fue vista por ninguno de los tédax que registraron los trenes, sino que apareció misteriosamente en la famosa comisaría, como por arte de birlibirloque. Nada por aquí, nada por allá, y ¡zas!, aparece la mochila reveladora. También resulta extraño que los focos donde explotaron las bombas fueran restregados, en plan zafarrancho marujón, con lejía el Herrero, lava la señora, lava el caballero; y a toda prisa, como a joropo sacado, cuarenta y ocho horas después de la masacre, por lo que ha sido imposible averiguar, in situ, la marca del explosivo y que, según ocho peritos que trataron de efectuar un análisis decente sobre los restos, casi un siglo después, no ha podido ser Goma Dos ECO, por la presencia más que sustancial del "dinitrotolueno", o como quiera que se llame.
Amigos míos, ha sido el único atentado terrorista de los perpetrados en España en el que no se ha dictaminado la naturaleza del explosivo mediante un análisis directo sobre los focos de explosión. Y, para colmo de despropósitos, a Zougam, uno de los que colocaron las bolsas, resulta que lo vieron dos personas distintas en dos lugares diferentes y casi a la misma hora. Curiosamente, y al contrario que en el atentado islamista de Londres, ninguna cámara ha podido identificar a los criminales dentro de los trenes.
Claro que lo más sorprendente de la sentencia es la absolución del cerebro de la banda, el Egipcio, señalado por la fiscalía como el inductor y autor intelectual de la masacre. Un fiasco para las esperanzas de la Policía, medios de comunicación del Régimen y otros apesebrados de postín. Entonces, ¿quién es el cerebro de los atentados?
Mentidero de Madrid /// decidnos: ¿quién llevó la muerte al tren? /// ni se sabe ni se ven /// sin discurso discurrid /// dicen que fue el moro Bin /// por ser el chico barbudo /// ¡disparate cojonudo! /// la verdad del caso ha sido /// que el matador fue Bellido /// que con mil votos se fue /// y no sabemos su apellido.
¿O sí lo sabemos?