¿Quién busca a quién?

 
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EMILIO J. JUSTO Probablemente todos hemos tenido alguna vez la experiencia de que alguien querido se nos anticipa. Vamos a escribirle una carta o a llamarle por teléfono y, antes de hacerlo, esa persona nos escribe o nos llama. Es una sencilla vivencia, por un lado, desconcertante, pues querríamos haberlo hecho nosotros primero, y, por otro, es algo que nos ilusiona, pues significa una bendición. Alguien se ha fijado en nosotros gratuitamente.
Algo así debió sentir Zaqueo, ese pequeño recaudador de impuestos en quien fijó su mirada Jesús. Él quiere saber quién es Jesús, viéndolo entre la multitud que lo seguía. Y sorprendentemente, Jesús lo busca a él. Lo mira, lo llama y va a su casa. De esta forma, Jesús entra en la vida de Zaqueo y la transforma.
La historia de este encuentro personal nos muestra, al menos, dos realidades. En primer lugar, podemos ver que el amor de Jesús es primero y se anticipa. No responde a nada, sino que lleva la iniciativa. Y esto nos muestra la autenticidad del amor de Dios manifestado en Jesús. "El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados" (1 Juan 4,10). En un sobrecogedor texto del Antiguo Testamento Dios dice a través del profeta: «Daba respuesta a los que no me preguntaban, iba al encuentro de los que no me buscaban; decía "aquí estoy" al pueblo que no me invocaba» (Isaías 65,1). Así pues, Dios nos busca antes de que nosotros preguntemos por Él o vayamos hacia Él. Dios tiene la iniciativa por puro amor.
Y en segundo lugar, el encuentro de Jesús con Zaqueo nos enseña que las personas no cambiamos por puro voluntarismo o exigencias imperativas, sino como fruto de ser bendecidos. Cuando Jesús muestra su cercanía a Zaqueo y va a su casa, él se transforma, se hace solidario, busca la justicia. Ha sido valorado y amado, y esta bendición renueva su vida. Lo primero que necesitamos no es la obligación ni la reprimenda, sino la bendición y la confianza. Desde ahí sí es posible cambiar la vida, pues además de saber lo que hemos de hacer, necesitamos la fuerza y el amor de otros para llevarlo a cabo.
Una advertencia final para quienes juzgan a Jesús y a Zaqueo: Jesús nos busca también a nosotros que quizá estamos perdidos y a lo mejor ni siquiera queremos verle.

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