13 de febrero de 2018
13.02.2018

Faltan palabras

La violación en la escuela resulta inverosímil

13.02.2018 | 00:18
Faltan palabras

N o sabemos qué decir sobre ese pobre niño de nueve años violado en Jaén por cuatro compañeros de entre doce y catorce. Tampoco sabemos qué decir de los violadores. Ni de los profesores, pues el atropello se produjo durante un recreo, en el colegio. Y aunque era la primera vez que lo violaban, ya había sido víctima de acoso sin que nadie se pispara de lo que sucedía. Así, de entrada, se nos ocurre que quizá el de nueve todavía creía en los Reyes Magos, incluso en el Ratoncito Pérez. Conozco casos que creen o que fingen creer a esas edades en la existencia de un orden mágico que compensa del desorden ordinario de la existencia. Claro, que hay desórdenes y desórdenes. El que nos ocupa resulta menos creíble que la existencia de las hadas. Me das a elegir entre creer en la existencia de Campanilla o la violación en grupo descrita más arriba, y me quedo con Campanilla. Esa violación llevada a cabo en el seno de la comunidad escolar y a las edades de los verdugos y del ajusticiado, resulta inverosímil.

La realidad nos la creemos porque sucede. Tiene a su favor, y con frecuencia en su contra, el hecho de suceder. De modo que no podemos cerrarla de golpe y dejarla a un lado de la forma en que abandonaríamos una novela cuya peripecia argumental resultara increíble. A la realidad la cierras y se vuelve a abrir, como los párpados después de lubricar el ojo. A veces, como en esta ocasión, se abre el canal, mostrando sus vísceras. Este tipo de agresiones, cada vez más frecuentes, son las vísceras de una realidad que tampoco por afuera tiene muy buen aspecto. No son la enfermedad, todavía no, de momento son un síntoma de una patología o patologías en las que chapoteamos moralmente como si el chapoteo moral fuera reglamentario. Digamos que se normaliza el horror. Las autoridades académicas "abren una investigación" y aquí paz y después gloria.

¿Pero qué hay de las palabras con las que necesitaríamos nombrar esa monstruosidad? ¿Quién las pone sobre la mesa? ¿De quién es la obligación de establecer el discurso? Usted, querido lector, y yo, no creemos en los Reyes Magos, pero apostamos por que se crea en ellos mientras sea posible. Y de esta forma no lo es a ninguna edad.

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