29 de noviembre de 2017
29.11.2017
Crónicas de un paso de cebra

Uno cree que va a hacer un viaje...

Un peregrinaje -y sus enseñanzas- por tierras francesas

29.11.2017 | 00:22
Uno cree que va a hacer un viaje...

El escritor del siglo XIX Hipólito Taine afirmaba lo siguiente: "Uno cree que va a hacer un viaje, pero enseguida es el viaje el que lo hace a él".

He vuelto de mi peregrinar por tierras francesas. Este año he recorrido la parte este del país, las zonas de Ródano Alpes, La Auvernia y La Borgoña, a la inversa de lo que relataba en su libro Aimery Picaud, un sacerdote de la provincia del Poitou, del que ya les hablé en alguna crónica anterior (de donde vinieron los maestros arquitectos y los canteros en la época románica a trabajar a Zamora) que escribió una de las guías más famosas sobre la Peregrinación a Santiago de Compostela. Se dice que el prestigio del apóstol se le debe a uno de sus más fieles seguidores en el siglo XII, concretamente al Papa Calixto II. De ahí que se le llame el Codex Calixtinus, quien por cierto nació por estas zonas por las que he pasado este año, era borgoñés.

Dicho autor constató cuatro grandes vías de peregrinación desde Francia a Santiago de Compostela:

1. Vía Turenensis: desde París pasando por Tours.

2. Vía Lemovicensis: desde Vezelay pasando por Limoges.

3. Vía Podiensis: desde Puy en Velay.

4. Vía Tolosana: desde Arles pasando por Toulouse.

La movilidad, los motivos del viaje y los tipos de viajeros en la época eran muy diversos, ejércitos, comerciantes, grupos pacíficos de obreros y maestros arquitectos para construir santuarios renombrados, peregrinos para cumplir una promesa o agradecer los dones concedidos por la divinidad o aquellos que sólo deseaban conocer nuevos lugares, etc.

También se distinguieron en la Edad Media varias clases de peregrinos: Los palmeros que iban a Jerusalén, los romeros, los que se dirigían a Roma y los peregrinos los que se dirigían a Santiago. Por esos lares a los que iban a este último lugar los llamaban los Jacquets, por el nombre francés del santo.

Aterricé en el aeropuerto de Lyon y de allí me dirigí a Clermont Ferrand, donde inicié el periplo por la zona de la Auvernia.

Volvían un año más a amarillear y a enrojecer las hojas de los millones de árboles que crecen por estas tierras volcánicas francesas de cuyos volcanes se han aprovechado desde tiempo inmemorial unas piedras oscuras, llamadas de "volvic" para la construcción. Hace 1150 años por una pequeña chimenea, el volcán Puy de Dôme expulsó magma y dejó un hueco descomunal. Mana desde entonces agua potable de calidad insuperable y hay numerosas fuentes públicas por todos lados. Ya bajaban en este otoño muy frías las aguas del río Allier, cuyos cantos rodados han servido para pavimentar multitud de suelos y fachadas de numerosos edificios. Cuentan con un vino afrutado, embotellado al final de la primera fermentación, el Beaujolais Nouveau, fácil de beber, y lo mismo te puede saber a banana que a piña y también cuentan con raza de vacas propias, las llamadas "Rubias" por tierras de Castilla y León y allí "Auvernaises", pelirrojas. Y así como nosotros poseemos el emblema del toro bravo diseminado por la geografía nacional, los de esta ciudad cuentan con el muñeco Michelín desde 1832, fecha en que Aristide Barbier fundara en ella una fábrica de pelotas de caucho que dio origen a la fábrica que lleva el nombre de la figura anteriormente citada.

Clermont Ferrand, fue colonia romana y antiguamente era conocida como Nemesos, cuyo nombre proviene del galo y según el geógrafo griego Estrabón, significaba: "Bosque sagrado", aunque en el siglo IX tomó el de la fortaleza de Clair Mont. Fue cuna de uno de los líderes galos más valerosos que se enfrentó a Julio César, a Marco Antonio y a las legiones romanas, Vercingetorix. Hombre de una fuerza descomunal, tras mucho batallar fue vencido, hecho prisionero, ridiculizado por las calles de Roma, torturado y después estrangulado. Hoy su estatua preside la plaza de Jaude donde se dan cita los habitantes de la ciudad.

También Zamora fue romanizada, testigo tenemos inmortalizado por Varrón, que realizó la escultura de ese otro jefe de la resistencia, Viriato, quien, traicionado por los suyos, fue asesinado vilmente por las tropas romanas, el cual preside desde su roca y en su Plaza, la vida de la villa.

La ignorancia, el radicalismo y la intolerancia entre los pueblos hacen posibles todos los desastres.

Y como de peregrinaciones va la cosa, recuerdo que se conserva un ara votiva romana en la pared, al lado de la puerta de entrada de la sede de la Policía Municipal de Zamora, dedicada al dios Menteviator, el dios de los caminos, a quien ellos se encomendaban cuando iniciaban un viaje. Suelo ir a verla cada vez que emprendo uno, por si acaso funciona.

Intento también seguir las huellas que por aquí nos dejaron los maestros canteros de los edificios románicos franceses, visitando las llamadas, cinco iglesias mayores de la Auvernia: Nuestra Señora del Puerto de Clermont Ferrand, La abadía románica de Orcival del siglo XII, una mole de piedras de volúmenes escalonados que sorprende al visitante, en medio de un tupido bosque, dejándolo sin palabras, San Saturnin, Saint Nectaire y San Austremonio en Issoire.

Continuas invasiones, guerras y revoluciones acabaron con muchos de ellos, sin contar con los desastres naturales, parece un milagro que se alcen silenciosos y altivos los distintos monasterios por los que paso.

Me adentró después, por el parque Nacional de los volcanes de la Auvernia y llego a un lugar mágico, repleto de leyendas de hadas, brujas y druidas, donde el tiempo se ha detenido, árboles y más árboles, bosques frondosos ensombreciendo el cielo, cuya simple contemplación humaniza un poco más al mundo.

Visité numerosos pueblos y ciudades como La Chaise Dieu, Puy en Velay, Brioude, Tulle, Vienne (donde nació el creador del guiñol, Laurent Mourget) Valence, Berze la Ville, Cluny, Paray Le Monial. Tournous, Charlieu, Lyon, Colmar, Besançon, Dijon Semur, la espléndida abadía de Fontenay, donde he podido visualizar por primera vez en toda su extensión lo que fue nuestro destrozado Monasterio de Moreruela, Vezelay, Troyes, Autum y un largo etc.

Si tuviera que destacar lo que más me ha impresionado del viaje citaría, del Museo romano de Autum, dos capiteles románicos bellísimos, el de la Eva reptante, donde la serpiente la envuelve en el momento de coger la manzana y a su vez, acaba semejándose a ella, que estuvo instalada en un dintel bajo de la Catedral de San Lázaro, para que todos los fieles pasasen por debajo agachándose, en época de Cuaresma, reconociendo sus culpas; también el del sueño de los reyes magos, tapados por las alas de un ángel mientras sueñan.

En Beaune, el Hotel de Dieu, hospital flamenco donde se recogían a los pobres y desamparados que se ha conservado intacto. Guarda entre otras obras el tríptico que encargó Rolín, el fundador, a Roger van der Weyden sobre el Apocalípsis.

La iglesia de La Madelaine en Vezelay de una robustez impresionante y con unos capiteles increíbles. El Pozo de Moisés en la Cartuja de Champmol a la salida de Dijon, donde las esculturas de los profetas anuncian un Renacimiento pleno ya en el año 1396. El tríptico del Maestro de Moulin, celosamente guardado y conservado en la sacristía, espléndida obra de un pintor flamenco donde sorprende la fuerza del color y la delicadeza que se desprende de la cara de la Virgen. El políptico de Colmar, (donde vuelvo a admirar el retablo de Issenheim de Mathias Grünewald) y donde un hombre argelino se acercó a mí con los ojos humedecidos, para indicarme amablemente una dirección, hablando un perfecto castellano que había aprendido cuando era niño de boca de su abuelo y este a su vez también lo aprendió del suyo. De Brioude, la historia del bandolero Mandrín, que robaba a los ricos para dárselo a los pobres y su trágica muerte. También la Basílica de San Julián donde contrastan los capiteles románicos de hermosa factura con las inigualables vidrieras actuales del vietnamita Pere Kim. El milhojas riquísimo que me comí en la confitería, El monje goloso, al lado de la potente abadía de la Chaise de Dieu, una explosión de sabores indescriptibles, cuyo suave dulzor me acompañó toda la jornada. La portada románica de la abadía benedictina de Charlie, tal vez del escultor Gesliberto con unos relieves muy bellos y estilizados de la escuela borgoñona.

Nos queda por estas tierras zamoranas la herencia del reflejo del santoral que aquellos viajeros medievales franceses nos trajeron hace muchos siglos, de las zonas que he recorrido este año: San Lázaro, La Magdalena, San Julián, San Antolín, San Cipriano, San Boal, San Leonardo? y constato además que no es que haya hecho un viaje, sino que el viaje es el que verdaderamente me ha trasformado a mí.

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