01 de noviembre de 2017
01.11.2017

No tranquiliza ni lo que dicen ni lo que hacen

Cada uno es libre de defender sus ideas, pero no a costa de quienes piensan diferente

01.11.2017 | 01:16
No tranquiliza ni lo que dicen ni lo que hacen

El que más y el que menos se va haciendo idea de lo que está pasando en Cataluña. Se la va haciendo a base de informaciones y artículos de opinión que aparecen en distintos medios de comunicación. Pero claro, cada medio enfoca el tema en función de su punto de vista, su ideología y los intereses de la empresa que lo publica, de manera que nunca se está seguro que lo que se lee, ve o escucha, debe tomarse como referencia. Ni siquiera alimentándose de lo que dicen analistas con puntos de vista diferentes, aunque esta última opción pueda acercarse más a la realidad.

Las noticias que llegan a la gente no tranquilizan, porque no se sabe quién está detrás de ese movimiento independentista: si los oligarcas de Pedralbes o los izquierdistas de nuevo cuño. Porque, cuesta creer que sean los anarquistas quienes estén cortando el bacalao. Más bien, parece que se estén sirviendo de estos últimos para llenar las calles de gente, ya que son los que dominan ese tipo de actuaciones. Pero el sistema está montado así, y hay que apañarse con lo que tenemos, teniendo buen cuidado de no tomar como artículo de fe ninguna opinión que corra el riesgo de darse de bruces con la decepción, ese sentimiento que suele brotar de lo inesperado. Lo cierto es que, si se es un poco analítico, se llega a la conclusión que tanta información como se publica termina convirtiéndose en propaganda, y esa propaganda a los que más beneficia es a quienes, entre bambalinas, han organizado el follón de la independencia, a esos y a la extrema derecha, hasta ahora dormida, que ha visto la oportunidad de salir de la fosa.

Y es que, en el galimatías independentista, pocas cosas parecen claras, de manera que aplicar el sentido común y sacar cada uno sus propias conclusiones quizás sea lo menos arriesgado. Una conclusión podría ser la de llegar al convencimiento que un país, que se precie de ser democrático, no puede permitir que se incumplan las leyes en parte de su territorio, ya que entonces dejaría de serlo. Pero lo que los independentistas pretenden hacer ver es que no cumplir las leyes forma parte del derecho inalienable de la persona, cuando la realidad demuestra no ser así, ya que, si se tratara de un derecho individual, lo primero que se impondría sería el no pagar impuestos, eliminar las fuerzas policiales y suprimir los ejércitos, cosa que parece que no es el caso. El show, montado en la sombra por Mortadelo y Filemón, se asemeja a una pseudo libertad colectiva, que utiliza la estrategia de "cuanto peor mejor", para que el sistema salte por los aires, que es el objetivo último de cualquier antisistema que se precie, ya provenga éste del sector anarquista, libertario, anticapitalista, o fascista.

No es necesario debatir si la implantación de un sistema regido por la acracia daría mejores resultados que el capitalismo actual, porque lo cierto es que no hay ningún país en el que se encuentre implantada para poder comprobarlo. Y es que eso de pescar en río revuelto, de manera soterrada, sin leyes, o sin que éstas se cumplan, no ha funcionado nunca, en ninguna parte, por muy idealista y romántica que sea la idea, y menos aún en un país, como el nuestro, que lejos de ser autosuficiente, depende de terceros de manera notable.

Allá, unos y otros con su propaganda y su contra propaganda. Allá, los que creen que separándose de España van a ser más libres. Allá, quienes se lo están pasando bomba portando banderas y ocupando las calles al son de la "Marcha Triunfal de Aida". Porque, lo de cantar "Els Segadors" o las canciones de "El Fari" no es lo que más importa, sino resolver temas más prosaicos, como el empleo, la educación y el reparto justo de los ingresos que genera el Estado. Allá ellos. Pero, eso sí, que jueguen a la independencia cumpliendo las leyes, y corriendo con los gastos del festejo, pagándolos de su bolsillo, sin endiñarle a los demás el costo de tales euforias. Porque, si se confirma lo que dice el Gobierno, nos va costar la broma, de aquí a final de año, la friolera de catorce mil millones de euros, lo que querría decir que, a usted y a mí, el Estado nos reduciría prestaciones, o nos impondría más impuestos para cubrir las consecuencias del dispendio. Más o menos 300 euros tendrán la culpa, si vivimos solos, o casi 1.000 euros si vivimos en el seno de una familia compuesta por tres miembros. Y eso no tiene la gracia que algunos pretenden hacer ver, por mucho que mezclen supuestos idealismos con la libertad de expresión, y referéndums con algarabías patriótico-folclóricas, ya que ese totum revolutum conduce más a un régimen totalitario que a otra cosa.

No solo no tranquiliza lo que dicen, sino tampoco lo que hacen. Porque cada uno es libre de defender sus ideas, pero no a costa de quienes piensan diferente, ni fumándose un puro con las leyes que los demás se encuentran obligados a cumplir, ni tampoco haciendo caso omiso de lo que recomiendan países como Inglaterra, Alemania, Francia o los EEUU, o instituciones como la UE y la ONU.

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