13 de agosto de 2017
13.08.2017
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La vida me sube al Cantábrico una vez más

Las playas lucenses aparecen mansas y familiares, como son las de Porto Novo en el Atlántico pontevedrés

13.08.2017 | 02:04
La vida me sube al Cantábrico una vez más

Hubo unos pocos años que la ilusión me hizo sentí cierto enrolamiento a la tradición española, que se ha sentido latina y ha llamado "Mare Nostrum" al Mediterráneo. Allí tuve un apartamento cuyo emplazamiento en las alturas me proporcionó los amaneceres más románticos viendo nacer el sol sobre la parte más oriental de España. Pero la venta de aquel aparta-mento ha motivado que no haya vuelto a Benidorm; y el "Mare Nostrum" dejó para siempre de ser el que había sido "mare meum". La vida cambió la fugaz ilusión de mi yo latino.

Sin embargo esa ya larga vida me sigue llevando al mar de nuestro norte, que me hizo asturiano en los principios, luego cántabro más de treinta y cuatro años y euscaldún este ardiente verano, que me ofrecerá un agosto completo en la "Perla del Cantábrico", la que ellos llaman Easo y todos los españoles la decimos San Sebastián. Presiento que esta próxima estancia junto al mar del País Vasco me hará conocer al menos eso me presentan las placenteras imágenes de la playa de la Concha en la televisión una parte pacífica de ese Cantábrico que he conocido en todas sus facetas, que son todas las que puede ofrecer un mar.

La profesión de mi padre (maestro nacional) nos llevó al occidente asturiano, no muy lejos del Cantábrico que comienza a ser gallego en Ribadeo. Las playas lucenses aparecen mansas y familiares, como son las de Porto Novo en el Atlántico pontevedrés. El Cantábrico en Asturias, me ha resultado poco pacífico en lo común, sin que falten las galernas propias de ese mar, cuando las playas de Gijón y sus alrededores se tornan tempestuosas. Los cuatro años que los estudios de Teología me tuvieron en Comillas, me hicieron conocer de Septiembre a Junio todas las caras que ofrece mi mar apacible unos días, sin que invitara a un baño, si no se aprovechaba algún día de paseo o francesada para disfrutar la traicionera playa de Colindres. (Pude experimentar esa traición en los apuiros que superaron mis dos fuertes compañeros Zamanillo de Santander y Merino de Palencia). Sufrí el ruido ensordecedor del mar sobre la Peña en un invierno en el que me vi obligado a solicitar cambio de habitación para poder dormir; entonces vi en mi propio susto el furor de la galerna. Muy opuesta a los días de Mayo, cuando los inexpertos incurrían en la locura de estudiar sobre la cornisa del alto edificio y yo me distraía bajando a la peña y contemplando paciente los movimientos de las langostas y otros bichitos en el langostero que allí tenía la Universidad. En Comillas, como luego en otros lugares , pude ver por un lado la fiesta de la playa y por otro la actividad laboriosa de las faenas portuarias. Cuatro cursos, en la tranquila vida de la Universidad que llevaban los Jesuítas en Comillas, donde me serené del ajetreo estudioso que había soportado nueve cursos en el Seminario de Zamora, dan para mucho: se asistía a las explicaciones del profesor de turno y existía la posibilidad de viajar por los alrededores (el Prefecto me enviaba a pueblos de Asturias para ayudar a los Párrocos). En esos viajes por la costa podía estudiar la vida laboriosa de los trabajadores costeros, en el puerto y en la localidad a la que llegaba el pescado.

Y desde el año 1970 comencé a disfrutar largos veraneos en la localidad santanderina de Laredo, donde tuve mi primera ilusión cumplida con un pequeño apartamento, que vendí después de veinte años para comprar el que tuve en Benidorm. Enajenado éste, he vuelto a Laredo -ahora en alquiler- por períodos de un mes otros doce o catorce años, La playa de Laredo, tan segura que se la llama "la playa de los niños", está situada en una extensa bahía; pero tendiendo la vista sobre la playa y llevándola a alta mar, es posible ver el Cantábrico levantisco que retiene a los barcos en puerto o los zarandea sobre las olas peligrosamente. Allí, cuando podía disfrutar de dos meses de vacaciones seguidos, pude observar mi Mar Cantábrico en varios aspectos que presentaba, ya que dos meses junto al mar en el Norte dan para muchos espectáculos costeros. Comprendo el aburrimiento que este largo relato habrá ocasionado en los lectores; pero, si han hecho honor a su observación serena, han podido adivinar los diversos aspectos que el Mar Cantábrico puede brindar a quien lo vea con ánimo de saber el complejo mundo que tiene delante. Yo me dispongo a atender alegre a la llamada que la vida me ofrece para volver a disfrutar de unos días a la vera del extremo oriental de nuestro Mar Cantábrico y gozar una vez más del clima tan soportable en el verano vacacional.

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