21 de julio de 2017
21.07.2017
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El chiscón del señor Piti

La ley y el sentido común no siempre coinciden y la compasión no está en el diccionario de los políticos

21.07.2017 | 00:13
El chiscón del señor Piti

Los niños de la calle Feria volábamos. En serio que volábamos. Dejábamos caer aquellas bicicletas de carcasas imposibles por la cuesta mortal del arco de Doña Urraca o aún más arriba, tras la subida en carne viva a la muralla. ¡Avisad si viene algo!, nos decíamos. Y nos disparábamos pedaleando con la inconsciencia que exigía aquella edad en que abucheábamos sin misericordia a todo lo que se oponía a nuestra idea de la libertad.

En esas tardes gloriosas, mientras desafiábamos al fantasma de la prudencia, que siempre merodeaba por allí con su cara de palo y sus modoscazcarrientos, había otra figura que nos prestaba atención. Nos miraba de lejos, con una pose altiva de actor secundario de western, fregándose las manos contra una bayeta lamentable y con un cigarro macilento colgado permanentemente de la bomba del labio. Era Piti, el dueño de un chiscón milagrosamente alzado sobre la nada, un espacio increíble donde ese hombre se ha ganado la vida hasta ahora mismo recauchutando ruedas de motos, engrasando bicicletas, remediando averías menores. Cosas así. Llevaba siempre un excesivo mono azul, que lo hacía más escurrido de lo que él ya era, y abría los paquetes de tabaco por debajo, como se hace en los oficios que conviven con la grasa. Con esa imagen suya me quedé para siempre. Nosotros nos acercábamos a verlo trabajar en su reino de carteles de carreras de motos, llaves inglesas de todo calibre y baldes de agua sucia. A él no le gustaba demasiado que entrásemos allí. Se veía que no estaba acostumbrado a ponerse en fila detrás de nadie. Pero bastaba que uno de nosotros fuese a consultarle sobre un freno demasiado agarrotado o con la cámara de una rueda en la mano para que nos atendiese con el mismo interés que pondría en un cliente de mayor fuste.

Para nosotros, el señor Piti era una garantía. Mientras él estuviese, nada podría sucederle a nuestras bicicletas, que era como decir a nuestras vidas. Y, por traslación inexplicable, nada podría sucedernos tampoco a nosotros. Era el chamán, el brujo que preservaba las claves de una zona de la vida que nuestros padres no dominaban, nada que ver con asuntos de la escuela ni mucho menos de la iglesia, las dos sedes que preocupaban en casa. Él simplemente estaba allí, mirándonos como para tasar nuestra pericia mientras caíamos a tumba abierta por aquellas cuestas; se limitaba a levantar la vista y dejar por un momento lo que estaba haciendo achinando mucho los ojos. Luego volvía a lo suyo. Todo lo más, nos daba alguna recomendación indiscutible que nosotros escuchábamos con veneración. Y luego, lo mejor. Chavales, si viene alguien estoy en el Cordero o en el Crespo. Y allí nos quedábamos, en nuestra epifanía de pequeños guardianes del templo mientras él iba a echar la quiniela o a engañar el final de la tarde con un vaso de vino.

Piti se ha jubilado casi a la vez que cerraron Las Tres Tiendas. Irremediablemente, van cayendo los últimos emblemas de la calle Feria, poco a poco desconfigurada. Recientemente, el tabucode Ciclos Piti fue derribado para liberar la muralla. Y ahora hay quienes pretenden cargar a costa del dueño los quince mil euros que ha supuesto la demolición. El gesto, evidentemente, no va contra el señor Piti -yo quiero seguir llamándolo así- sino contra el alcalde de la ciudad, que ha tomado otra decisión más sensata invistiendo casi a Piti de Antígona.Pero la saña política no se para en barras cuando se trata de dejar arañazos en la piel del enemigo aunque por el camino se lleve por delante a un modesto propietario -para mí un dios, uno de aquellos titanes de la calle Feria-que ha trabajado desde los años 60 hasta ahora mismo en un negocio de poca monta, seguramente en baja desde hace tiempo,y que le habrá ido dejando vivir a trompicones. Aunque la ley avale a quienes han dispuesto, aireándolo sin cortapisas, que el señor Piti ha de pagar esos gastos, ya sabemos que la ley y el sentido común no siempre coinciden (no hablaré de la compasión porque esa palabra no está en los diccionarios políticos). Para eso elige la ciudadanía a sus representantes. Para que se esfuercen en estar a la altura de las circunstancias, como en este caso ha hecho el alcalde sin aspaviento ninguno. Chesterton expresabacon gracia aquella súplica tan suya: "Concédenos, Señor, lo superfluo, que sin lo necesario ya nos vamos pasando nosotros". Algo así está ocurriendo en este asunto. Que el Partido Popular, bajo sospecha en los juzgados y con conspicuos militantes en la cárcel, abandere aquí, sujetándose a ley, la necesidad de endosar los quince mil euros de la demolición de su templo laboral al propietario en vez de respaldar la decisión del alcalde solo puede considerarse un ejercicio de cinismo político. Por eso nos cansan. Y nos avergüenzan.

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