28 de junio de 2017
28.06.2017
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Pedro y Pablo

Zamora no podría tener patrones más excelsos ni embajadores de más rango en la corte celestial

28.06.2017 | 00:08
Lágrimas de San Pedro. El Greco. Museo Soumaya, México.

San Pedro da nombre a las fiestas de Zamora y junto con San Pablo también patronazgo a iglesias de la capital y provincia: San Pedro y San Ildefonso, San Pedro de Pajares, Iglesia de la conversión de San Pablo, de Bretocino, San Pedro de La Nave, etc. No podíamos tener patronos más excelsos, ni embajadores de más rango en la corte celestial, a excepción de Jesús y María. Los dos apóstoles figuran en la historia del cristianismo como piezas clave de su fortalecimiento y expansión. Pedro es la piedra, Pablo la palabra, podríamos resumir. En el caso del primero, su personalidad es la más humana y franca de los relatos evangélicos. Nos lo describen con vida hecha, casado, con la suegra enferma, dedicado a la pesca. Un hombre de aldea sencillo, un ser cabal, honrado, trabajador, un poco simple, apasionado a veces y leal a su Maestro, aunque con baches y no pequeños. Pedro es el arquetipo del creyente entre luces y sombras que conlleva el camino de la fe. Presume de ella pero carece de fuerza para mantenerla cuando vienen mal dadas: aquí tenemos a Pedro llorando su cobardía, su "si te he visto no me acuerdo" que todos hemos proferido alguna vez para salvar el pellejo o la conveniencia.

El cristianismo es el conjunto de muchos factores, a mayores de Cristo, y a uno no le extraña que, con líderes tan sinceros como Pedro que no ocultan su cobardía, el mensaje de su palabra prendiera en almas sedientas de verdad. La bravuconada de negarse a que Jesús le lave los pies contrasta con esas lágrimas de cobarde arrepentido, de traidor con remordimiento a mares: los de su llanto retratado infinidad de veces en el arte. El Greco hizo varios cuadros del tema y en ellos los ojos del máximo testigo de Cristo lo dicen todo como quien a duras penas quiere expresar lo que hubo de confesar antes y no lo hizo por falta de valor. El Greco, como Murillo o Velázquez que también pintó al apóstol sollozando, entendieron el espíritu de la Contrarreforma y al mismo tiempo nos transmitieron el mensaje de nuestra debilidad consustancial, de la cobardía que tenemos dormida todos, mientras no estamos sometidos a pruebas impensables.

Pablo, por otra parte, llega a la fe superando una soberbia belicosa, una intolerancia fanática. Ambos chocaron en el camino y a pesar de graves divergencias Pablo hará valer su postura universalista, tan radical para aquellos tiempos y así lo dice sin rodeos en Carta a los Gálatas: "...Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo". También los ojos de Pablo acusaron su relación con Jesús sufriendo una ceguera temporal tras la caída del caballo. Pero sus escritos abrieron los ojos de muchos a la fe del Maestro que le derribó en medio de la persecución.

Contemporánea del Greco fue Santa Teresa, admiradora, como le gustaba decir, de los santos pecadores, entre ellos, Pedro, Pablo y La Magdalena. Con su característica llaneza escribía para sus monjas consejo de oración y entrega a Dios, copiando de la determinación de San Pedro, y lo que determine su director espiritual, "...Mas no ha de mirar que sea tal que no los enseñe a ser sapos ni que se contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas". Por supuesto también tiene palabras de admiración al apóstol de los gentiles: "Miremos al glorioso San Pablo que no parece que se le caía siempre de la boca Jesús, como quien le tenía bien en el corazón". Los dos apóstoles suelen ir juntos en la iconografía artística así como en las advocaciones y culto.

El tándem apostólico no fue fácil de llevar pero ambos supieron mantener, al cabo, primacía y teoría, respectivamente, como un complemento que convergía en la fe esencial por la que murieron ambos en Roma, donde están enterrados. No es de extrañar que a la Santa de Ávila le atrajesen especialmente ambas personalidades fuertes y apasionadas, como la suya, y con una energía en la que se veía retratada sin disimulo. Los choques y divergencias entre Pedro y Pablo, dos maneras de entender el cristianismo primitivo, los sufrió en la propia orden carmelitana que se propuso reformar. "Eran estos gloriosos santos muy mis señores". Quizá, por carácter, congeniaba más con el segundo, y comentando una frase paulina escribía emocionada: "...Así me parece puede decir el alma porque es a donde la mariposilla que hemos dicho [el alma] muere y con grandísimo gozo porque su vida ya es Cristo".

Con ayuda de pintores y místicos, nos hemos propuesto aportar más adorno, si cabe, a los santos patronos de Zamora en fiestas.

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