07 de junio de 2017
07.06.2017
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Un paseo con viejos recuerdos

La infancia entre juegos y trastadas en Valdegallina, donde pasé tantos ratos con mis abuelos

07.06.2017 | 00:18
Un paseo con viejos recuerdos

M ientras se prolongan las dos horas entre la misa y la comida en La Hiniesta, sueldo dar un paseo hasta el número 41 de la calle (carretera) de Andavías para ver la fachada de lo que fue la casa de mis abuelos. Y durante ese paseo me enfrasco en el recuerdo de aquellos lejanos tiempos en los que, siendo niño, vivía con mis abuelos maternos.

Era mi abuelo un modestísimo labrador, del cual recuerdo tres pequeñas fincas, en las que ayudé a cultivar -mejor cuidar- en las tareas que puede realizar un niño menor de ocho años. Un bacillar, no grande, estaba junto al puente que cruza la vía de ferrocarril, a la altura de la Revuelta. Un pequeñísimo "roto" se encontraba en Valdegallina, un estrecho valle que bajaba hasta un hermoso soto, de los que bordeaban el regato; mis abuelos cultivaban allí un melonar. Y la pequeña finca dedicada al cultivo del cereal se encontraba en la llanura en los terrenos que se cultivaban entre La Hiniesta y Roales.

Del último sólo guardo, aún hoy, unas pequeñas señales de cortaduras en mi mano izquierda. Mi rechazo a utilizar "dedil" en la mano para segar, me procuró alguna cortadura. Mis pocos años hacían que no segara con una hoz normal, mi abuelo me obligaba a utilizar una hoz pequeñita ( "un hocín"). Los muchos años transcurridos han conseguido eliminar, casi del todo, las señales que quedaban de aquellas dolorosas cortaduras; por tanto es muy débil el recuerdo de la tierra sembrada de cereal.

Del bacillar, tengo los recuerdos de mis propias "diabluras" y una anécdota del encuentro de mi abuelo con el guarda de la vía. Mis trastadas consistían, aparte de la selección de las uvas más maduras o más llamativas por su tamaño, contraviniendo en esto al mandato de mis abuelos que me prohibían elegir yo los racimos de mi propio consumo, en jugar en el cercano puente de la vía. Consistía mi juego favorito en descolgarme por la barandilla del puente y esconderme en las pequeñas plataformas que hay bajo los principios o finales (según se mire) del mismo puente. Es una labor muy arriesgada; pero ¿quién pone límites a la osadía de un niño de pocos años? Seguramente no habría realizado semejante "hazaña" en una edad más propicia a los razonamientos; pero entonces sólo primaba la agilidad que me permitía semejantes desmanes. La anécdota de mi abuelo fue curiosa: Como puede apreciarse, incluso ahora, para llegar al lugar ocupado por el bacillar de mi abuelo había que cruzar el puente; y, para ello, había que seguir el camino que hace un considerable rodeo hasta encarar el puente. Para evitar ese rodeo y dado que entonces la vía no era más que un larguísimo camino que esperaba la piedra y los raíles que ahora llevan a los trenes hasta Galicia, nosotros, a pie o sobre las caballerías, cruzábamos la vía antes de que el camino tomara la curva. Un día, mi abuelo iba con su pollina y ya iniciaba el sendero que llevaba al cruce de la vía, cuando vio al guarda de la vía y, naturalmente, se dio la vuelta para seguir el camino normal. Se entabló un breve diálogo: "Si no estuviera yo aquí -dijo el guarda- hubiera usted pasado por la vía", "Y, si usted no hubiera estado ahí -dijo mi abuelo- no me veía". El guarda se echó a reír y le dijo: "Pase usted, si quiere, también por esta vez". Mi abuelo dio las gracias y pasó.

En Valdegallina pasé muchos ratos y recuerdo haber vivido una vida muy alegre, no solo en el "roto" sembrado de melonar, sino, sobre todo, en el soto próximo, donde me reunía con un grupo de niños de ambos sexos y jugábamos a todo lo que se permitía sin juguetes y sin otros elementos utilizados en los juegos de entonces. Para ello, solía llevar la burra y atarla en el soto para que no se marchara. Un día, sin embargo, el juego no salió gratis. En lugar de llevar la burra al soto, la dejé apeada fuera del melonar. Pero, apeada y todo, la burra pasó saltando al melonar y se despachó a gusto con las sandías y melones que esperaban a madurar para ser llevados a casa. Un largo rato me llevó disimular el desaguisado, cortando todas las piezas deterioradas y tirándolas en un zarzal, para que mis abuelos no se dieran cuenta de mi ausencia en la guarda y aprovechamiento de la pollina. Muchos más recuerdos me asaltan en esas horas de paseo del mediodía; pero basta con esos para hacer agradable la lectura de mi colaboración. Lo hará mi recuerdo en la carretera que cruza La Hiniesta camino de Andavías.

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